Tras el hundimiento del barco a vapor Chelyuskin cerca del mar de Chukotka el 13 de febrero de 1934, el piloto Anatoli Liapidevski, de la Flota Aérea Civil soviética, fue enviado en una operación extrema para salvar las vidas de la tripulación del barco que había quedado encallado mientras trataba de atravesar la ruta del mar del Norte. La trayectoria profesional de Liapidevski era envidiable, pues se graduó en la escuela militar de Leningrado y formó parte del Ejército Rojo. A los 26 años le fue encargada la misión de comandar la expedición aérea que rescatase a los Chelyuskinitas, sobrenombre que recibieron los tripulantes del desgraciado barco durante los dos meses que duró su calvario.

Liapidevski estaba a cargo de un grupo formado por Sigizmund Levanevsky, Vasily Molokov, Mavriky Slepnyov, Mijaíl Vodopianov, Nikolái Kamanin e Iván Doronin. La tripulación del Chelyuskin consiguió escapar del hundimiento y, milagrosamente, lograron construir lo más parecido a una pista de aterrizaje sobre el hielo en la que Liapidevski tuvo que hacer llegar la aeronave, una ANT-4, más conocida como Tupolev TB-1. Finalmente, el escuadrón pudo llevar a los 111 supervivientes –toda la tripulación– a salvo a la cercana ciudad de Uelen, en los confines de la Tierra.

La historia de la aviación soviética apenas hacía una década que había despegado y ya contaba con su primera hazaña. El 9 de febrero de 1923 se considera la fecha de nacimiento de la aviación civil en la Unión Soviética –y de Aeroflot–, que se formalizó apenas un mes después con la creación de la sociedad voluntaria Dobrolyot, la semilla de lo que es hoy Aeroflot. El 15 de julio de 1923 pasó a la historia como la primera ruta aérea soviética, que unía las localidades de Moscú y Nizhni Nóvgorod.

El 26 de marzo de 1932 la aviación civil y la Flota Aérea Civil (GVF) fueron renombradas Aeroflot, un nombre más corto y de uso más sencillo, con el que la aerolínea pasaría a la historia.

El homenaje a la aviación

En su regreso a Moscú, Anatoli Liapidevski y los seis aviadores que regresaron del Lejano Oriente con los supervivientes del Chelyuskin fueron agasajados con la Orden de Lenin. Los pilotos pasaron a la historia por ser los primeros Héroes de la Unión Soviética, condecoración que había sido recientemente constituida, lo que, sin duda, fue uno de los hitos más importantes en la historia de la aviación soviética y, por supuesto, de la joven Aeroflot.

La Unión Soviética vivía un período de cierta prosperidad antes de que, como el resto del mundo, se enfrentase al horror de la Segunda Guerra Mundial. En este periodo de entreguerras tuvo lugar la presentación de numerosos proyectos por parte de los mejores arquitectos para diseñar edificios o estructuras sencillamente espectaculares en la Unión Soviética. Además, las grandes hazañas y las conmemoraciones revolucionarias siempre eran bienvenidas por el gobierno central.

El episodio del Chelyuskin y su final feliz fue aprovechado por las autoridades soviéticas para preparar la construcción de un nuevo edificio que representase la grandeza del estado soviético y de la aviación nacional, que atravesaba una época dorada.

Para semejante obra se recurrió a Dimitri Chechulin, que debía diseñar el nuevo edificio sede de Aeroflot. Chechulin era un prestigioso arquitecto de origen ucraniano que había participado en los concursos celebrados para presentar los proyectos del rascacielos Zaryadye –conocido como la Octava Hermana y que iba a ser sede del Comisariado de Industria Pesada de la Unión Soviética– y el Palacio de los Sóviets, el gran sueño estalinista. Ambas obras jamás llegaron a edificarse. En cambio, sí llegó a buen puerto el diseño de varias estaciones del inminente metro de Moscú.

El nuevo edificio fue calificado como “un monumento a la aviación” por los especialistas de una época marcada por el constructivismo en la inmensa mayoría de las artes soviéticas. Las líneas del majestuoso edificio eran puras, basado en formas rectas y pesadas con una impecable fachada blanca. En la parte superior del edificio se podían apreciar formas más aerodinámicas que acababan en forma de lanza, presidida por el emblema alado de Aeroflot.

No obstante, uno de los grandes atractivos de la suntuosa obra eran las siete esculturas que daban la bienvenida a los visitantes del edificio en siete enormes arcos situados en la entrada. Para ello se encargó a Iván Shader –el escultor predilecto de Stalin– la realización de las siete esculturas que inmortalizarían a Anatoli Liapidevski, Sigizmund Levanevsky, Vasily Molokov, Mavriky Slepnyov, Mijaíl Vodopianov, Nikolái Kamanin e Ivan Doronin, los héroes aviadores.

El lugar escogido para la construcción del edificio sería en los alrededores de la actual estación Belorussky. Sin embargo, el proyecto de Chechulin, como ya ocurriese antes con el rascacielos Zaryadye, no se llegó a realizar y sólo quedó en el plano y en las escasas imágenes de lo que pudo haber sido. No fue hasta 1981 cuando gran parte del proyecto del edificio Aeroflot de Chechulin se vio plasmado en la actual Casa Blanca de Moscú.

Historia viva surcando los aires

Tras 89 años de leyenda forjada en los cielos de todo el mundo, Aeroflot y sus pilotos tuvieron que prestar servicio en la Gran Guerra Patria. Posteriormente sus vuelos a Estados Unidos fueron prohibidos expresamente por el presidente norteamericano Ronald Reagan desde 1983 hasta 1990 como consecuencia de la Guerra Fría y transportó a los deportistas de los Juegos Olímpicos de Moscú en 1980, convirtiéndose, con el paso de los años y pese al colapso de la Unión Soviética, en una de las aerolíneas más reconocidas y con mejor salud financiera del planeta.

Controlada por el Gobierno de la Federación Rusa, Aeroflot es, además, un grupo compuesto por varias aerolíneas rusas –como Donavia o Vladivostok Avia– que en 2009 transportó a más de 8.700 millones de pasajeros que viajaron a las 93 ciudades de los 46 países a los que llega su flota en todo el mundo.

En agosto de 1959 se inauguró el aeropuerto Sheremetyevo de Moscú, el segundo en abrirse en ese momento en la ciudad tras el de Vnukovo, y pasó a ser el centro de conexiones para Aeroflot, mientras que sus oficinas se encontraban en la calle Arbat de Moscú.

En la actualidad, entre la localidad de Melkisarovo y el aeropuerto Sheremetyevo se encuentra el moderno complejo de oficinas de Aeroflot. La nueva sede de la compañía se caracteriza por sus dos edificios en forma de alas, rindiendo homenaje al histórico emblema de la aerolínea. La superficie de vidrio que arma todo el complejo permite que el azul del cielo se refleje en la fachada, pues es, sin duda, su hábitat natural aún estando en tierra firme.

El arquitecto Vladímir Plotkin ha sido el padre de esta moderna y futurista obra que cuenta con todas las facilidades y comodidades. Lejos del inmenso y majestuoso proyecto de Chechulin, la nueva sede es una representación del emblema de Aeroflot en tres dimensiones que inspira una total sensación de ligereza. Los tiempos cambian y, pese a que Liapidevski y sus seis compañeros pilotos no presiden la entrada de la nueva casa de Aeroflot, ésta sería un poco menos grande sin el recuerdo de sus héroes.