Domingo por la mañana en la ermita de Sant Quirze de Lloret de Mar, provincia de Girona, España. Un grupo reducido de mujeres y un niño esperan a la puerta de una iglesia a que llegue el sacerdote para empezar la misa. La escena no tendría nada de particular –o, quizás sí, dada la acelerada secularización de la sociedad catalana- si no fuera porque los feligreses son rusos, el sacerdote es un pope –el padre Serafim, para más datos- y la ceremonia que se celebrará a continuación seguirá el rito ortodoxo.

Esta ermita, consagrada en su día como templo católico, es uno de los espacios que ha conquistado la cada vez más numerosa comunidad rusa residente en Lloret. Según los datos facilitados por el Ayuntamiento, más de 1.800 ciudadanos rusos están legalmente censados en este municipio, cifra que representa un 4,5% de la población y que va al alza. Es la tercera nacionalidad, después de la española y la rumana. Pero la presencia rusa va más allá, y habría que añadir a los ciudadanos rusos que tienen aquí su segunda residencia, los miles de turistas y los que, por las razones que sean, han decidido no empadronarse.

Además de la existencia de una iglesia ortodoxa y de los datos del padrón municipal, hay otro indicio que da una idea de la devoción que los ciudadanos rusos sienten por Lloret: el sector inmobiliario. De acuerdo con el registro de la propiedad de la localidad, un 60% aproximadamente de las operaciones de compra y venta del municipio las realizan ciudadanos rusos. “Si no fuera por ellos, habría semanas que no firmaríamos ni un solo contrato”, afirman las mismas fuentes.

Son datos parecidos a los que maneja la inmobiliaria Finques Fenals. Su gerente, Rubèn Garcia, indica que hace unos siete años, coincidiendo con la bajada de demanda del cliente local, aparecen los primeros rusos con intención de comprar casas en Lloret. En aquel momento, eran pocos; de un altísimo nivel adquisitivo; en busca de viviendas de lujo y pagaban al contado. 

Con el tiempo, el número de rusos demandantes de vivienda ha ido en aumento –en este momento, más del 70% de los clientes de Finques Fenals son rusos- y también ha cambiado la tipología de comprador. Ahora son personas de clase media-alta, con un presupuesto medio de 300.000 euros y en muchos casos piden un crédito hipotecario para hacer frente a la compra. Son clientes que no alquilan, sino que compran, tanto primera como segunda residencia. Estos últimos no viven permanentemente en la localidad costera, pero pasan temporadas largas, unos tres meses al año.

Sol, playa y algo más

Este agente inmobiliario explica que ciudadanos rusos se han instalado en otras localidades de la Costa Brava, como Platja d’Aro, por ejemplo, pero la mayor concentración se produce en Lloret –y, concretamente, en el barrio de Fenals-, de modo que hay un 60% más de viviendas en manos rusas en este municipio que en el de al lado, Blanes. ¿Por qué?

Se lo preguntamos a las feligresas del padre Serafim. Entre ellas se encuentran Marina y Natalia, ambas moscovitas. La primera lleva 10 años viviendo en Lloret y la segunda, cinco. No hay que ser adivino para intuir cuál será la respuesta: clima, sol y playa, pero también tranquilidad (sobre todo en invierno), gastronomía y el hecho de que haya una numerosa comunidad rusa. “Poder relacionarte con otros rusos hace que te sientas muy cómoda aquí”, señala Marina, que vino a Lloret como turista por primera vez, se prendó del lugar y decidió volver para quedarse. 

Hay que mencionar que Lloret de Mar es la localidad de la Costa Brava que recibe más turistas rusos y que el municipio hace años que destina muchos esfuerzos a promocionarse en la Federación Rusa.

Rubèn Garcia añade otras razones a la lista. El municipio se encuentra a una hora de viaje tanto de Barcelona como de Girona; está bien comunicado con Francia; hay muchas urbanizaciones y mucha vivienda nueva, que es lo que busca el cliente ruso. Además, con 40.000 habitantes permanentes -en verano, la cifra se puede llegar a triplicar-, Lloret “es a la vez pueblo y ciudad”. 

En cuanto al barrio de Fenals, Garcia destaca que es una de las zonas más nuevas de Lloret, que está cerca del centro y lejos de la zona de ocio nocturna, donde los veinteañeros montan sus juergas atraídos por las ofertas de algunos tour operadores irresponsables que presentan este municipio como el paraíso de la fiesta y la bebida barata.

Otro Lloret es posible

Solo un ejemplo para ilustrar la magnitud de la tragedia del llamado 'turismo de borrachera': el verano pasado, unos 400 jóvenes se enfrentaron con la policía que intentaba restringir el acceso a una discoteca cuyo sistema de aire acondicionado había fallado, con lo que se habían producido varias lipotimias. Las imágenes de la batalla campal –que se saldó con 19 detenciones- dieron la vuelta al mundo.

Àlex Maillon, directivo de la agencia de viajes Novovira, sitúa el perfil de residente y turista ruso en las antípodas de estos jóvenes –tradicionalmente, británicos y alemanes, pero también franceses, por la proximidad geográfica- que han hecho tristemente famoso a este municipio, un estigma que las autoridades locales intentan quitarse de encima por todos los medios, legales, disuasorios, publicitarios y de todo tipo.

Novovira trabaja desde hace 16 años con el mercado rusohablante desde Lloret de Mar y, hace nueve años abrieron una oficina en Barcelona. Además, ante el creciente número de rusos residentes en la Costa Brava, inauguraron hace dos años la asociación cultural Ruskii Dom o Casa Russa de Catalunya. Organizan numerosas actividades culturales, dirigidas tanto al turista como al residente ruso y también a los autóctonos, por ejemplo, 14 festivales artísticos en Lloret, Barcelona y Niza (donde también hay una importante comunidad rusa); exposiciones; mantienen abierto desde hace diez años un museo del gato y preparan la inauguración de una biblioteca.

Un pie en Rusia, otro en la costa mediterránea

Como buen conocedor de la comunidad eslava de Lloret, Maillón comenta que cada vez hay más empresarios rusos que están trasladando sus negocios a Cataluña, sobre todo del sector de la alimentación y bebidas. También existe el fenómeno del marido que hace sus negocios en Rusia y que tiene a la familia instalada en Lloret disfrutando del clima mediterráneo y, cuando puede, viene a verlos. 

Esto podría explicar por qué, entre los rusos empadronados en el municipio, hay 220 mujeres más que hombres. La empleada de un estanco del barrio de Fenals, Aída, también lo ha observado: “Entre la clientela rusa habitual, tengo muchas más mujeres que hombres”, indica. Por cierto, las fumadoras rusas consumen slim (los cigarrillos finos) y compran el tabaco de caja en caja (no los cartones enteros).

“El ruso va donde va el ruso”, considera Àlex Maillón, quien cree que los ciudadanos de la Federación Rusia residentes en Lloret forman una comunidad bastante cerrada. “Les encanta la cultura española y la catalana, también el carácter de la gente”, pero “su cultura es completamente diferente y no acaban de considerar la de aquí como propia”, añade. 

Reconoce que los hijos de las familias rusas van a las mismas escuelas que los niños autóctonos, donde aprenden tanto catalán como español y hablan las dos lenguas “perfectamente”. Por cierto, también existe un colegio aquí y otro en Barcelona donde los sábados pueden recibir clases de ruso, para mantener un buen nivel de su lengua nativa. “Seguramente, hacen falta una o dos generaciones para que se integren completamente”, concluye Maillón.