Una independencia no deseada


Cabe recordar que el Imperio Zarista no se interesó por Asia Central hasta mediados del Siglo XIX, cuando conquistó la zona como parte de su pugna con el Imperio Británico. Esa expansión incorporó a Rusia nuevos territorios, pero también una población de etnia altaica (excepto los tayikos, de origen persa) y de religión musulmana, muy difícil de integrar. Por ello, los Zares se limitaron a explotar las riquezas locales, y al diseñar las fronteras administrativas respetaron, grosso modo, las tenues estructuras político-sociales existentes en la zona. Por el contrario, los soviéticos rehicieron las fronteras interiores incontables veces, hasta dejarlas como las conocemos hoy en día. 

En consecuencia, la descomposición de la URSS EN 1991 y la consiguiente conversión de sus divisiones administrativas en fronteras internacionales entre las nuevas Repúblicas fue muy problemática, y de hecho ninguno de los dirigentes locales era partidario de una independencia que les vino sobrevenida. Es decir, el Asia Central no se autodeterminó por decisión propia, sino que en realidad fue abandonada a su suerte por la recién nacida Federación de Rusia, que la percibía como una carga. Por ello, las élites locales del Partido Comunista se vieron obligadas a construir unas identidades nacionales inexistentes en la zona, ya que sus poblaciones se regían por la lealtad al clan al que pertenecen.  

En casi todos los casos esos procesos evolucionaron hacía regímenes de carácter presidencialista y más o menos autoritarios, perpetuando en el poder a sus primeros dirigentes: Nazarbayev en Kazajstán y Karimov en Uzbekistán son Presidentes desde 1991; Rajmonov en Tayikistán desde 1992, cuando dio comienzo una cruenta guerra civil que duró cinco años y causó decenas de miles de muertos; en Kirguistán Akayev (en 2005) y Bakiyev (en 2010) fueron depuestos por sendas revoluciones populares, siendo el actual mandatario Atumbayev el único elegido democráticamente; por último, Niyazov en Turkmenistán llevó al extremo el culto a la personalidad, haciéndose llamar “Turkmenbashi” (líder de los turcomanos), y su presidencia vitalicia sólo se vio interrumpida con su muerte por infarto en 2006. 

Los riesgos y amenazas para la seguridad


Tras la independencia afloraron las pugnas históricas entre etnias, agravadas por el hecho de que las nuevas fronteras dejaron aisladas a diversas minorías: hasta cinco millones de uzbekos en distintos países, o tres millones de tayikos y un millón de kazajos tan sólo en Uzbekistán, pasaron de pronto a vivir en el extranjero. Esto ha causado incidentes, como los de las ciudades kirguises de Osh y Jalalabad en 2010, cuando la minoría uzbeka fue atacada y se produjeron centenares de muertos. Por citar otro ejemplo significativo, la ciudad de Bujara, importante centro cultural tayiko, quedó enclavada en Uzbekistán. Esas fronteras han venido a perturbar el modo de vida de las comunidades, basado en los intercambios comerciales y el libre movimiento de poblaciones tradicionalmente nómadas. 

En lo referente a las fronteras exteriores, en la actualidad sigue existiendo una gran preocupación por la inseguridad en Afganistán, ante la posibilidad de que, debido al progresivo repliegue de las tropas de la coalición internacional, se desestabilice toda la región, sobre todo por la amenaza del islamismo radical. Las cinco Repúblicas son mayoritariamente musulmanas, pero de la escuela moderada Hanafí y con una limitada presencia de la religión en la vida pública, por la influencia de siete décadas de comunismo. Sin embargo, desde la independencia de 1991 se ha producido un cierto revival islamista, y grupúsculos radicales han aprovechado la falta de libertades políticas para crear organizaciones terroristas muy activas, como el “Movimiento Islámico de Uzbekistán”. 

El problema se agrava porque parte de la financiación de esos movimientos terroristas procede del tráfico de opiáceos a través de Asia Central, con Rusia como destino final, dónde que se consume el 20% del total mundial de heroína y mueren hasta 50.000 personas al año. El cultivo de adormidera en Afganistán ha crecido exponencialmente la última década, y su transporte se ve facilitado por la falta de control efectivo de las fronteras y por los vínculos étnicos transfronterizos (hay más tayikos étnicos en Afganistán que en la propia Tayikistán). Como es lógico, este negocio criminal supone un factor desestabilizador de primer orden para países como Tayikistán, con un PIB per cápita de tan sólo 2.000 dólares. 

Por último, cabe citar la cuestión de la lucha por los recursos naturales, ya que las Repúblicas del Asia Central se dividen entre las esteparias (Kazajstán, Turkmenistán y Uzbekistán), que tienen muchos hidrocarburos y poca agua, y las montañosas (Kirguistán y Tayikistán), en las que la ecuación se invierte. Los planes del Gobierno tayiko de construir una gigantesca central hidroeléctrica en Rogun, capaz de cubrir las necesidades de todo el país e incluso exportar electricidad a Afganistán, ha disparado las alarmas en Tashkent, ante la posibilidad de que el caudal del Amu Daria disminuya drásticamente, y los uzbecos han replicado cortando los suministros de gas el pasado invierno, tensando hasta el límite unas relaciones de por sí bastante complejas. 

En resumen, Asia Central constituye hoy en día una de las regiones geopolíticas de mayor interés mundial, como crisol de los principales riesgos y amenazas para la seguridad (conflictos regionales, crimen organizado, terrorismo, inseguridad energética), y en la que los principales actores internacionales, incluida Rusia, tienen intereses crecientes y en ocasiones contrapuestos, como se estudiará en un artículo posterior.