El viajero que sólo haya estado en Moscú o San Petersburgo no puede afirmar que conoce Rusia. Lo mismo sucede con Nueva York y Estados Unidos. Cuando nos alejamos de estos puntos neurálgicos, centros de poder político y financiero, nos encontramos con otra cosa. A veces lo llamamos la Rusia o la América profunda. Con este adjetivo nos podemos referir a lo que está alejado del borde de una cavidad, pero también a algo que no es superficial ni fácil de olvidar. Joseph Brodsky explicó en una entrevista la gran diferencia entre el centro y la periferia de una urbe, refiriéndose a su San Petersburgo natal. En un momento dado, el premio Nobel descubrió que lo que parecía geográficamente el fin de su mundo, la periferia, no era más que un principio. Sí, era una frontera, pero sólo del mundo conocido: era el inicio de lo inexplorado, mucho más amplio y vasto. «Al dirigirnos hacia la periferia, nos distanciamos de todo lo que nos resulta familiar y salimos al encuentro del verdadero mundo». 

Las fotografías de Oleg Videnin nos recuerdan, desde las provincias, cómo mirar al Otro. Ante nosotros pasan cientos de rostros al día, ya sea por la calle o en pantallas, pero ni siquiera los vemos y mucho menos los recordamos. Descendemos por las largas escaleras mecánicas del metro ruso y, por el otro lado, en dirección contraria, se sucede durante varios minutos una larga hilera de anónimos, la condición primera del habitante de la ciudad. Los retratos de Videnin, sin embargo, son una afirmación de la diferencia, de la dignidad de todo ser humano estampada en su rostro. Rusia ha cambiado, pero ¿qué Rusia? Al contemplar sus imágenes en blanco y negro encerradas en un cuadrado pensamos que el progreso es sólo una fina capa de maquillaje. 

La pasión del artista de Briansk por la fotografía fue tardía. Sus padres le regalaron una cámara cuando era adolescente y aprendió de forma autodidacta todo el proceso de revelado y copiado. Con esa nueva afición se ganó un dinero vendiendo los retratos que hacía a los militares de paso por la ciudad pero colgó la cámara para cursar estudios de ingeniería forestal. Se labró un buen currículo en los medios de comunicación, primero como periodista y luego como productor de radio y directivo de televisión. Pero, en 1998, volvió a desenfundar la cámara, recuperó la autonomía anárquica de la periferia y, después de exponer su obra en Moscú, Sidney o Nueva York, ha sido elegido en este presente año como uno de los doce fotógrafos más interesantes del mundo, según el equipo de comisarios del Fotofest de Houston.

Encontraríamos otros nombres contemporáneos con la misma destreza para fijar la fragilidad humana, el mismo gusto por el secreto de la mirada. Los retratos familiares de Sally Mann serían un buen ejemplo. Pero es mejor remontarse a la fotografía americana de la década de 1930, cuando la Farm Security Administration encargó a fotógrafos como Dorothea Lange, Russell Lee o Walker Evans que documentaran el sufrimiento de la Gran Depresión. O revisar la obra de August Sander y su catálogo de la sociedad contemporánea de principios de siglo, un “atlas que ejercita” en palabras de Walter Benjamin. O In the American West de Richard Avedon, el resultado de cinco años recorriendo Estados Unidos e inmortalizando a “las personas que nunca escribirán la historia de América”. Aquellas miradas  que precedieron a los retratos de Briansk han sobrevivido hasta hoy, siguen hablándonos en tiempos de crisis.   

Para Evgeny Berezner, actual subdirector de proyectos fotográficos de ROSIZO, “Oleg Videnin es, en todos los sentidos, el fotógrafo más orgánico en el contexto actual. Parece que nos devuelve a los días en que la fotografía daba sus primeros pasos. Para hablar de ello también deberíamos retomar un tema clásico en nuestra historia nacional, el alma rusa. Si hablamos de dolor, de experiencias emocionales, estas fotografías siguen la línea principal de la literatura rusa que la ha hecho tan extraordinaria”.

La galería de personajes que nos ofrece Oleg Videnin no pretende ser un estudio antropológico ni fotografía documental. Para ello, bastaría con ser metódico y peinar la región de Briansk, a 380 kilómetros de Moscú, y fotografiar indiscriminadamente. Pero ése no es el proceder de Videnin. Él pasea por parques, acude a las celebraciones escolares o las fiestas populares, visita las casas apartadas donde viven ancianos solitarios, transita por carreteras, rastrea espacios sacados de las películas de Zviáguintsev. Los tesoros están en los márgenes. Observamos su modo de trabajar en el documental ‘Los rusos’, que le dedica el director Christin Klinger. La cámara sigue a Videnin mientras éste se mezcla, por ejemplo, con los jóvenes que festejan el final del curso, ellos con traje y corbata, ellas con vestidos y coletas. Toda la vida por delante. De repente, se acerca a un grupo y les invita a posar ante su cámara. Todo pasa muy deprisa, hay que captar la frescura del momento antes de que el modelo se canse. Sorprende la familiaridad, perdida en las ciudades, con la que se producen estos encuentros. Son unos desconocidos para el artista, pero durante unos minutos se produce un intercambio del cual la fotografía es fiel testigo.

     

Estas citas casuales constituyen la esencia del trabajo de Videnin. Busca en el desconocido un espejo en el cual el artista reconocerse. Del autorretrato canónico pasamos al retrato colectivo, cuyo hilo argumental es la personalidad velada de quien fotografía. Irina Tchmyreva, doctora en historia de la fotografía y activa comisaria de exposiciones, explica que “a pesar del alto precio que debe pagarse en la sociedad rusa moderna por el éxito, Oleg Vedenin se ha mantenido abierto a la vida espiritual de los demás. Aunque fue una tradición de la intelligentsia rusa, nunca hasta ahora se había expresado de esta manera en fotografía. Al ver estos retratos recuerdo unas palabras que escribió el académico petersburgués Dmitri Lijachov. Decía que las personas más inteligentes con las que se había encontrado era la gente del campo, por su alto grado de espiritualidad y comprensión de los demás”. Por eso, los personajes que pueblan la obra de Videnin son tan difíciles de olvidar, en la época actual de sobreexposición de rostros. Aunque no conozcamos los detalles de sus vidas. Pero tomemos por caso a Valentina, que aparece vestida de blanco en una fotografía de 2008. Cuenta Videnin que viajaba por una carretera secundaria y que le sorprendió ver a una niña sola, con vestido de fiesta, en medio de la nada. Al preguntarle si se había perdido, la pequeña le respondió que el día anterior había ido a una fiesta con sus padres, una boda, pero que al irse se habían olvidado de ella. Las decepciones con las que carga cada uno, las heridas y las desilusiones a veces salen a la luz cuando una pequeña rendija se abre en la mirada.