Hace menos de un mes, Río de Janeiro acogió la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible. No era cualquier cumbre, lugar ni momento. La conferencia conmemoraba la realización allí veinte años antes de la Cumbre de la Tierra, donde se aprobaron importantes acuerdos, entre otros temas, sobre cambio climático.

A diferencia de aquella conferencia, está ha sido un fracaso. La crisis de buena parte de los países desarrollados y el desaceleramiento económico de algunos en desarrollo tiene su parte de culpa. También el fantasma del fracaso de cumbres medioambientales previas de rango global, como la de Copenhague de 2009. Destinada a configurar el escenario tras la expiración este año del primer periodo del Protocolo de Kyoto, que regula las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) vinculadas con el cambio climático, el caos y el disenso dieron una estacada de muerte al mutilateralismo ambicioso. 

Movida más por el miedo al fracaso que por el deseo de éxito, la presidencia brasileña de la cumbre de Río buscó un consenso rápido. El primer día ya se había suscrito por unanimidad una declaración de buenas intenciones, vaga y poco ambiciosa, que no supone ningún avance en los temas decisivos.  

El procedimiento y el resultado eran previsibles. La última conferencia sobre cambio climático, celebrada en Durban, Sudáfrica, en noviembre pasado, lanzaba una advertencia. Allí, los líderes mundiales solo fueron capaces de acordar la continuidad de las conversaciones para tener en 2015 un pacto que comprometa a todos los países a reducir sus emisiones a partir de 2020. Así de indefinido y farragoso. Mientras tanto, solo algunos de los países inicialmente firmantes prorrogarán Kyoto. Rusia, suscritora en 1997, no lo hará. España, como parte de la Unión Europea, le dará continuidad. Pero esta diferencia da una imagen incompleta del balance entre los dos países. 

Las emisiones de gases de efecto invernadero de Rusia

En el año 2010, obviando cambios en el uso del suelo, Rusia era el cuarto mayor emisor de GEI del mundo, con 1.549 millones de toneladas de CO2 equivalente. Solo China y EEUU, muy lejos, e India, muy cerca, emitían más. 

Las emisiones rusas de GEI cayeron en picado (un 40% menos entre 1990 y 1998) y han repuntado después a ritmo moderado. En 2010, eran todavía un 34% más bajas que en 1990. Como su cuota está asociada a no superar las emisiones de 1990, Rusia es un acreedor de derechos, que transa en el mercado. 

Las emisiones de gases de efecto invernadero de España

En 2010, excluyendo cambios en el uso del suelo, España emitía 356 millones de toneladas de CO2 equivalente, un 26% más que en 1990. El descenso a partir de 2005 ha hecho poca mella en el incremento acelerado en la década y media anterior (entre 1990 y 2000 crecieron casi un 35%). 

El desempeño español es particularmente negativo, ya que incumple su humilde compromiso de Kyoto de no aumentar sus emisiones más del 15% con respecto a 1990, debiendo adquirir por ello derechos de emisión por al menos 500 millones de euros este año y los dos próximos. Alemania y Reino Unido, con objetivos más ambiciosos (reducciones del 21% y el 12,5%, respectivamente), y Francia, llamada a no incrementarlas, han honrando sus compromisos con holgura. Gracias a ellos, el conjunto de los 15 países de la Unión Europea que firmaron Kyoto va en camino de satisfacer el objetivo de contraer para este año un 8% sus emisiones con respecto a 1990, al acumular una caida del 11% en 2010.  

El futuro

Rusia soportó su reducción en el colapso económico y, posteriormente, la contracción demográfica y, sobre todo, el cambio en la estructura económica (desarrollo de los servicios a costa de la industria, más intensiva en energía) y los progresos en eficiencia energética, por la renovación de las infraestructuras, y la matriz energética (incremento del gas y la nuclear frente al petróleo y el carbón). La intensidad en carbón por unidad de PIB disminuyó en Rusia un 32% entre 1990 y 2006. 

No fue, en todo caso, hasta 2009 cuando Rusia abordó por primera vez de manera explícita la mitigación del cambio climático. Hoy sus planes son ambiciosos, pese a no prorrogar Kyoto. En 2011, anunció un recorte del 50% para el 2050. En la reciente Cumbre de Río se comprometió a reducirlas un 25% para el 2020. 

Para ello, pretende disminuir para el 2020 un 40% la intensidad energética de la economía con respecto al 2007. También busca ampliar al 4.5% (un porcentaje todavía bajo) la participación de la energía renovable en la generación eléctrica para 2020. 

Sin embargo, de mantenerse la tendencia actual, si el crecimiento económico alcanzase el 6% anual al que aspira Rusia, el consumo de energía y las emisiones de GEI crecerían un 40% para el 2030, hasta el mismo nivel que en 1990. Con medidas de eficiencia decididas, la Federación podría cumplir el crecimiento deseado logrando una reducción del 23% en la energía consumida y un 19% en las emisiones. Las medidas requerirían 150 mil millones de dólares, pero permitirían ahorrar más del doble en 20 años. Según varios expertos, Rusia es el BRIC con mayor potencial para disminuir sus emisiones con estrategias económicamente atractivas. 

Aunque con menores emisiones per capita (11,5 frente a 7 toneladas anuales en 2010) y tendencia de reducción en la última época de crecimiento económico, al revés que Rusia, el caso de España es grave. No solo no honra compromisos más humildes, sino que abraza tendencias singulares. A pesar de la dolorosa crisis, las emisiones de GEI habrían aumentado entre cuatro y ocho puntos el año pasado, debido principalmente a las ayudas al carbón, que dispararon un 96% la producción eléctrica con este combustible. Con este incremento, España emitió el año pasado entre un 25% y un 29% más que en 1990, frente al 15% prometido. 

La crisis económica debería aprovecharse no para hacer más sangre al más herido (recortes públicos bestiales sobre servicios básicos, significativas subidas de impuestos universales), sino para repensar el modelo económico, social y ambiental a favor del desarrollo sostenible que tan desacreditado pareció en Río y tan necesario es sin embargo en todo el mundo. Y si no miremos la serie de temperaturas que atesora la Convención Marco de Naciones Unidas para el Cambio Climático. O si preferimos, para no ir tan lejos, salgamos a nuestras ciudades e intentemos respirar, y que se nos irriten los pulmones. Río quedaba en Moscú y en Madrid. Y en cada una de nuestras casas. Sigue quedando.