El viajero que llega a Rusia por el aeropuerto internacional de San Petersburgo se encuentra dos anuncios en las vallas publicitarias: la inauguración en 2013 de la nueva terminal del aeropuerto de Púlkovo, que doblará la capacidad actual, y el lema ‘Rusia, un país de posibilidades’ de una entidad bancaria. El 4,9% de crecimiento medio en el PIB permite, desde luego, estos optimistas saludos de bienvenida.

 

Detrás de toda cifra macroeconómica se esconden luces y sombras, ya que las estadísticas reducen la compleja realidad a la mínima expresión. En el momento actual, tras el huracán financiero de 2008, gozar de una cifra de crecimiento positivo por encima del 3% sitúa a un gobierno en una situación holgada, incluso entre el pelotón de los países emergentes. Bajo esta luz Rusia, en efecto, es claramente un país de posibilidades. 

 

Pero, al mirar con lupa, se advierte que casi la mitad de los ingresos de Rusia en 2011 dependieron del gas y el petróleo, sector que absorbe dos tercios de las exportaciones. Si algo dejó en evidencia la crisis financiera fue que las economías basadas en sectores poco adaptables a cambios drásticos en el clima financiero, como son el del ladrillo o el del petróleo, tienen las de perder. De hecho, el consumo de crudo es el primero en sufrir un descenso abrupto en una situación de contracción económica.

 

Luego está el brío que la propia legislación puede ofrecer a emprendedores e inversores. Lo aconsejable sería que, si no se es capaz de articular estímulos, al menos se pusiera el mínimo de obstáculos. Según los datos de 2009 ofrecidos por el Banco Mundial, un empresario ruso perdía de media un 20% de su tiempo en trámites con la administración.

 

En el reciente informe ‘Doing Business 2012’ del BM y la CFI se sitúa a Rusia, representada por su capital, en el puesto 120º entre las 183 economías analizadas en el estudio. Pese a este dato poco halagüeño, una buena noticia. El país eslavo figura entre los 30 países que más han hecho por facilitar la vida a empresarios e inversores. Con todo, aún queda un gran trecho para equipararse en ese esfuerzo a Singapur y Nueva Zelanda. En el país oceánico, un emprendedor puede registrar su negocio en quince minutos por 118 dólares. Pero la lupa nos vuelve a revelar otro detalle: según este estudio, Moscú se encuentra a la cola, de entre las treinta ciudades rusas que han sometido a examen, por lo que respecta a facilidades para poner en marcha un negocio. Como representante, la capital aún no da una imagen sólida como favorecedora de las actitudes emprendedoras y hace un flaco favor al país en los estudios globales.

 

En 2011, la Agencia de Iniciativas Estratégicas, con el objetivo de hacer de la Federación de Rusia un destino atractivo para la inversión, desplegó un paquete de medidas, que comprendía desde los plazos administrativos para abrir un negocio hasta el apoyo decidido en sectores de innovación. Pero, a todas luces, a Rusia aún le queda un largo camino por recorrer en cuanto a reformas se refiere.

 

No obstante, según declaraciones en los distintos simposios del Foro Económico Internacional celebrado recientemente en San Petersburgo, la opinión es unánime: Rusia es el país favorito en potencial inversor. La economía se mueve por impulsos, afectos e intuiciones. Si en el ambiente se respira la firme idea de que Rusia es un país de posibilidades, ni el decrecimiento sostenido de la población en estos últimos quince años ni la dependencia del petróleo modificarán a corto y medio plazo esa creencia.

 

Subasta de un edificio emblemático

 

Las oportunidades, además, pueden llegar de los lugares más insospechados. ¿Se imaginaba un inversor que, con 264 millones de dólares en la cartera, podría hacerse con el hotel de titularidad pública más carismático de Moscú, el Metropol? Esa cifra es el precio de salida en la subasta para el icónico recinto hotelero de cinco estrellas, que abrió sus puertas en 1901.

 

Nacionalizado en 1918 y rebautizado como ‘La segunda casa de los soviets’, cuenta con 72 suites donde todavía se conservan tanto el mobiliario como las obras de arte de su época de esplendor. Dentro de un mes y medio, cuando se celebre la subasta, se producirá el cambio de propietario –pasó al gobierno municipal en virtud de un decreto de 2009 impulsado por Vladímir Putin- a manos privadas. En una operación de la misma naturaleza, el consistorio se embolsó 112 millones de euros gracias a la venta del Hotel Nacional, situado frente al Kremlin. Famoso por ser durante un tiempo residencia de Lenin, además de por tener una de las tarifas más alta del mundo, ahora pertenece a ‘Smart Finans Group’ o, lo que es lo mismo, al magnate petrolero Mijaíl Gutseriev.

 

Otra oportunidad para beneficiarse de este tipo de inmuebles es concurrir a las subastas que promueve la comisión encargada de velar por el patrimonio de la ciudad. En ellas se opta a alquileres de edificios clasificados como de interés arquitectónico que se encuentran en mal estado. El ayuntamiento ofrece un contrato de arrendamiento de 49 años, siempre que el interesado cumpla las siguientes condiciones: adelantar el primer año de alquiler a precio de mercado y realizar las reformas en un plazo inferior a cinco años. Una vez acabadas, el alquiler se reduce al simbólico precio de un rublo. Dependiendo del edificio y de su estado de conservación, la inversión se puede amortizar entre 4 y 15 años.