La apertura del festival se realizó con cierto atraso y el público debió esperar más de la cuenta para poder ingresar, pero una vez adentro, la calidez de la música y los aromas envolventes de la comida, hicieron que todos se sintieran como en casa.

A primera vista, los gestos y facciones de los rostros del público no revelaban claramente sus orígenes. Los rasgos se mezclaron entre sí, y si bien la mayoría parecía tener relación directa con las naciones representadas, vale aclarar que varios de los presentes se acercaron por simple gusto e interés por la cultura eslava en general, inspirados tal vez por Martín Fuchinecco (argentino), quien junto a Dean Vivoda (de familia croata) encabeza la productora Most que estuvo a cargo del festival. 

Most significa puente en ruso, esloveno, croata, checo, eslovaco, polaco, ucraniano y serbio. Sus creadores tuvieron la intención de simbolizar la unión de los países eslavos, y a su vez, de éstos con las diferentes colectividades en Argentina. Martín toca la mandolina, el violín y la balalaika (es integrante del grupo Slavodka que también participó en el festival) y aprende el idioma esloveno por puro interés e influencia de su novia, quien tiene descendencia directa de parte de sus cuatro abuelos.

Los stands circundantes ofrecían ahumados artesanales, chocolates combinados con especias, bebidas variadas (desde kvas, hasta cerveza artesanal) y platos típicos. Inclusive hubo un espacio dedicado a la comida italiana. Un gesto muy conveniente teniendo en cuenta que en Argentina se consumen muchísimos platos oriundos de ese país.

Pero hubo un puesto en particular que se destacó por la contínua degustación de tés y la simpatía de su creadora, Gabriela C. Chromoy, que junto a su familia, invitó y alentó a todos los curiosos a oler, beber y comparar la peculiaridad de cada uno de sus blends. La marca de su pasión tiene nombre y apellido: Dacha, Ruskii Sekret (www.dachablends.com.ar)

Cada blend es un poema en si mismo, una caricia para el cuerpo y un deleite dedicado a redescubrir el sentido del olfato. Entre ellos encontramos Dunas del Magreb, Invierno en Kiev, Tierra de Colonos, Mandarin Imperial y Maia y Kolya (en honor a sus hijos).

Para diseñar este último, Gabriela tuvo en cuenta los orígenes que se ven expresados en los genes de sus chicos: un poco de té chino (porque intuye que sus ancestros caminaron por allí para cruzar Mongolia antes de llegar al norte), bergamota (de Grecia e Italia), pétalos de aciano de Polonia, claveles rojos de Rusia, naranja y limón (de Ucrania y alrededores), y por último, té misionero, ¨porque son argentinos y porque a este país llegaron muchos contingentes de la Europa del este¨, explica Gabriela.

El escenario fue, sin dudas, el corazón del festival, donde la música y la danza se abrieron paso cómodamente recibiendo aplausos y ovasiones. Entre los artistas invitados se encontraban Daniel Inger (música de Rep. Checa y Eslovaquia), el grupo Shareni Tanci (danzas balcánicas y de Europa del Este), Vieirah Kalinichenko (canciones de Ucrania, Rusia y Bielorusia), Slavodka (folk eslavo) y Svitanok. Inclusive la pintura tuvo su propio espacio de la mano de la pintora Nada Tomažič, quien expuso su obra en el preludio del salón inspirada en su Eslovenia natal.

La primera presentación de Shareni Tanci fue un anticipo de lo que sucedería mas tarde, cuando el público acabó por sumarse al baile invitado por los propios bailarines para formar una gran ronda. El cierre estuvo a cargo de los rusos y ucranianos que conforman el grupo Svitanok, quienes interpretaron algunas canciones tradicionales con variedad de instrumentos y voces.

Fue muy grata la experiencia de poder endulzarse los oídos con la maravillosa voz de Vieirah Kalinichenko mientras interpretaba ochi chernye, al mismo tiempo que saboreaba un rico té que acompañó a la perfección los matices de la velada, rodeada de los colores alegres que vestían las paredes, mientras los ojos se repartían  entre las miradas nostálgicas de los mayores y las sonrisas ingenuas de los más chicos.

Las redes sociales tuvieron mucho que ver con la organización y difusión del festival. Tal es así que varias personas se acercaron buscando conocer una cultura diferente a lo que están acostumbrados. Las devoluciones que se leen en los comentarios de los días siguientes  hablan de ello y de la buena predisposición general. Del mismo modo proponen que la próxima vez el festival se realice en un lugar más amplio. Se vislumbra que, tratándose de la primera edición, el balance ha sido más que positivo.

Pareciera que el suelo argentino actuara una vez más como escenario propicio para alcanzar la complicidad entre naciones que, probablemente en otro contexto histórico y geográfico, no hallarían la armonía necesaria para reunirse en un humilde rincón como este a intercambiar diferentes expresiones artísticas.

De alguna manera quedó demostrado que el arte y la buena voluntad poseen la capacidad de unir a las personas y que las sensaciones de melancolía por aquella tierra añorada o por los momentos que guarda el pasado, pueden vivirse con un poco menos de soledad, abriéndose así a la posibilidad de sentirse conmovido y acompañado desde una canción, una palabra, un bocado o una simple mirada.

El verdadero propósito del evento se vio resumido en las palabras del músico Daniel Inger, quien al final de su actuación parafraseó al escritor Gustavo Sterczek manifestando que ¨la cultura eslava es un gran país que no repara en las diferencias. El espíritu de este festival se basa justamente en acentuar las similitudes¨.

Para mayor información y consultas sobre futuros eventos: www.FestivalEslavo.com.ar