Hay quienes insisten en la necesidad de recurrir a todos los métodos habidos y por haber, introducir unas leyes más estrictas y ejercer un férreo control sobre su cumplimiento. Los adversarios de esta idea aseguran que las represalias no ayudan a superar la drogodependencia, mientras que la criminalización del sector beneficia a los traficantes.

En nuestro país de momento no tiene sentido legalizar las drogas, opinan los expertos. Coinciden en que, en primer lugar, ha de elaborarse una política coherente de lucha contra la droga y perfeccionarse los mecanismos de funcionamiento.

En la actualidad, todos los países miembros de la ONU vertebran sus estrategias de lucha contra el narcotráfico y la drogodependencia en base a la ‘Convención única sobre estupefacientes” de 1961, un documento aprobado hace más de 50 años. Es evidente que en el período transcurrido desde la aprobación de la Convención, además de aparecer nuevas sustancias y preparados, cambiaron las normas culturales y legales, determinados sistemas políticos han dejado de existir, desaparecieron algunos Estados y surgieron otros. Lo único que persiste en este mundo cambiante es el problema de las drogas.


¿Cuál es la tendencia en realidad?

Curiosamente, personas que representan posturas opuestas, perciben la existencia de tendencias también diferentes. En opinión de uno de los editores de la revista ‘Narcología’, el médico Alexéi Nadezhdin, “la tendencia de hace unos 15 o 20 años, cuando en Europa se abogó por la legalización de algunos tipos de sustancias estupefacientes, resultó ser un rotundo fracaso”.

El experto cita el ejemplo de Holanda, donde en los últimos años se redujo el número de los coffee shops, establecimientos donde estaba autorizada la venta de cannabis y productos que contenían extractos de esta planta. Al mismo tiempo, fue introducida la prohibición de la venta de hongos alucinógenos. En el Reino Unido se elevó el estatus delictivo del cannabis y en España se está discutiendo la posibilidad de volver a prohibir el cultivo de la planta.

“Es  lógica la renuncia a la legalización de la droga y a la actitud tolerante hacia el problema”, resume Alexéi Nadezhdin.

Lev Levinsón, dirigente de la alianza Nueva Política de Lucha contra la Droga, ofrece una evaluación completamente contraria de la situación. En su opinión, el mundo se está acercando de forma lenta pero segura al cambio del rumbo político elegido hace 50 años y, por lo tanto, la modificación de las normativas legales es tan solo cuestión de tiempo.

“El año pasado la Comisión Global de Políticas sobre Drogas presidida por el exsecretario general de la ONU, Kofi Annan, se pronunció con extrema decisión por un cambio en la dirección política y la elaboración de nuevas posturas, dado que la estrategia prohibitiva de la Convención de 1961 no dio los resultados esperados”, indica el experto. Algunos países europeos, Canadá y Australia, ya empezaron a alejarse la política represiva, prosigue.

La política oficial de la Federación de Rusia fue formulada por el director del Servicio Federal de Control de Drogas, Víctor Ivanov, al intervenir el pasado 20 de mayo en el Foro Mundial Contra las Drogas. Calificó el arriba mencionado informe de la Comisión Global de “provocativo” y manifestó lo siguiente: “No cabe la menor duda de que se trata de una acción de propaganda de drogas de gran envergadura y empuje, relacionada de manera directa o indirecta con los desorbitados ingresos que recibe el narcotráfico, evaluados por los expertos en uno 800.000 millones de dólares anuales”.

Subrayó que en la actualidad conviven “dos posturas completamente opuestas e incompatibles que se están enfrentando en una intensa lucha”.


No se puede erradicar, pero se puede disminuir riesgos

Al usar los partidarios de la “nueva política en la esfera de lucha contra las drogas” la palabra “legalización”, por supuesto que no quieren decir que en las calles uno pueda comprar marihuana o pedirse un pastel con hongos alucinógenos en un club. Sin embargo, a su modo de ver, es imprescindible revisar la lista de sustancias prohibidas.

“Es completamente evidente que el cannabis y sus derivados no han de figurar en la misma lista que los opiáceos. No es correcto que esté prevista la misma pena para un grado de peligro tan diferente para la salud humana”, explica Lev Levinsón.

Uno de los principales argumentos a favor de la “descriminalización” de la droga es el siguiente: la ampliación de la lista de sustancias prohibidas lo único que hace es que el problema se adentre cada vez más en la sombra y ello beneficia exclusivamente a los narcotraficantes. Los adversarios suelen replicar que el objetivo de los traficantes no es infringir la ley, sino asegurarse los ingresos, cuanto mayores, mejor.

Los partidarios de una línea política más suave suelen citar el indiscutible hecho de que las drogas llevan siglos existiendo y nunca la lucha contra ellas ha dado un resultado más o menos estable. En vez de prohibir, insisten, la población sensata ha de preocuparse por disminuir los riesgos, por ejemplo facilitando a los adictos a la metadona u otras drogas jeringas limpias y desechables, así como la información necesaria.

En varios países del mundo se está poniendo en práctica un programa denominado ‘Reducción de daños’. El objetivo inicial era prevenir la propagación del VIH entre las personas drogodependientes que recurren a jeringas para el consumo de las sustancias estupefacientes. Más tarde la iniciativa dio vida a un potente movimiento internacional e incluso a una especie de filosofía.

“Su esencia consiste en la simple idea de que uno no puede dejar la droga en el momento que se lo proponga, porque ha desarrollado una dependencia. Por lo tanto, hay que explicarle los riesgos y asesorarle sobre la ayuda con la que puede contar. De esta forma la gente sale de la sombra y se reincorpora a la sociedad”, explica Alexánder Delfínov, poeta, periodista y también uno de los pocos activistas del mencionado programa en Rusia.

Suelen dedicarse a esta difícil tarea voluntarios o personal contratado, médicos, psicólogos y gente con motivación, antiguos drogadictos o incluso personas que no han podido todavía vencer su adicción. En cada país el programa tiene sus particularidades y sus resultados.

“Así, en Alemania, en los últimos diez años se dio una completa solución al problema del consumo callejero de los opiáceos, gracias a una terapia sustitutiva con metadona, buprenorfina y otros fármacos y un amplio sistema de apoyo psicosocial”, prosigue Alexánder Delfínov. En 1995 la parte de los fondos asignados por el Ministerio del Interior a la lucha contra las drogas fue entregada al Ministerio de Sanidad y el resultado no se hizo esperar. En Australia, por ejemplo, donde desde hace tiempo ya están en funcionamiento los programas de reducción de daños, se ha podido parar la propagación del VIH. En Suiza, el país con la legislación antidroga más estricta, sin embargo está permitida la terapia sustitutiva. Estos programas existen incluso en China e Irán, países donde el tráfico de drogas se castiga con la pena de muerte.

Los derechos de un drogodependiente

Según Alexánder Delfínov, actualmente en Rusia los programas de reducción de riesgos casi no funcionan, dado que la terapia sustitutiva está prohibida y la única ayuda social que reciben los drogadictos proviene de los voluntarios.

“Basta con decir que para toda la ciudad de Moscú disponemos de tan sólo 10.000 colaboradores. Curiosamente hace 10 años la situación era mejor, pero luego todo cambió para peor. El Estado se negó a que dichos programas fueran financiados desde el extranjero o a través de la ONU, pero tampoco quiere asumir gasto alguno”, concluye.

Los colaboradores del programa trabajan directamente en las calles, acudiendo a sitios que frecuentan los drogodependientes y difundiendo materiales informativos sobre la prevención del contagio del VIH, la hepatitis y otras enfermedades, además de las sobredosis. Ayuda a quien lo necesite a encontrar un centro de rehabilitación u hospital, puede facilitarle ropa de abrigo en invierno o vendas para las heridas purulentas.

“Los drogadictos en nuestro país, por desgracia, suelen subsistir en unas condiciones infrahumanas y no cuentan con ayuda médica”, relata Alexánder. Las autoridades rusas habrían de estudiar la aplicación práctica de la política de lucha contra las drogas en otros países y elaborar una propia que se base en un trato humano y en la observación de los derechos del hombre”.



El camino de un drogadicto en Rusia

Mientras tanto, Rusia, igual que en muchos otros aspectos, sigue su propio camino. De modo que los debates sobre la legalización de la drogas están fuera de lugar y lo reconocen incluso los partidarios de la “descriminalización” de las sustancias estupefacientes.

“No plantearía en nuestro país la posibilidad de legalizar las drogas, teniendo en cuenta nuestras condiciones legales y realidades políticas. Pero de lo que sí habría que hablar es de diferenciar la pena por el tráfico ilegal de drogas y por su consumo, de suavizar las medidas represivas y las sanciones punitivas”, opina Lev Levinsón. Sin embargo, la tendencia que se está detectando en la sociedad es la de introducir unas medidas todavía más severas, prosigue.

Por ejemplo, el 1 de marzo de 2012 fueron aprobadas enmiendas al Código Penal de la Federación Rusa. En adelante el Artículo 229 (1), el del contrabando de drogas, impondrá por dicho delito la condena perpetua. Es la pena capital en nuestro país y las pruebas de la comisión del crimen han de ser contundentes, indica Alexéi Nadezhdin. “Por otra parte, el miedo ante el error judicial no debe hacer vulnerables las normas legislativas”, insiste.

En opinión del experto, en Rusia se está mejorando la legislación, en concreto se está introduciendo un castigo más severo para los traficantes, mientras que se suaviza la actitud hacia los consumidores: “En la actualidad el consumo de drogas es un delito administrativo y no penal. Si los drogodependientes no cometen delitos penales, no van a la cárcel”, explica.

Al intervenir en abril de este año en una rueda de prensa, el experto en jefe de Drogodependencias del Ministerio de Sanidad y Desarrollo Social de Rusia, Evgueni Briún, manifestó que, de acuerdo con los datos oficiales, en el país hay 550.000 adictos y su número no deja de crecer. Cerca de 70.000 permanecen en los centros penitenciarios. Y otro dato: uno de cada diez presos en Rusia fue condenado por un delito relacionado con las drogas.

“Ni siquiera las más severas represiones son capaces de cambiar la conducta de la gente ni de solucionar sus problemas. En Irán, por ejemplo, por el tráfico de drogas se ahorca, es la cruda realidad, se cuelga a la gente en unas horcas móviles montadas en unas grúas. Pero al mismo tiempo, tienen el nivel más alto del consumo de drogas”, contó en su entrevista a RIA Novsoti el presidente del Fondo Benéfico de Rusia - No al Alcoholismo y a la Drogadicción, además de psiquiatra y técnico en desintoxicación y rehabilitación de los drogadictos, Oleg Zikov.

En Japón, continua, donde los índices del consumo de drogas son los más bajos del mundo, nadie ahorca a nadie. “Es porque los japoneses desde el principio tenían claro que cuanto más incómodo se siente uno en la sociedad, más rápido creará una adicción a las sustancias estupefacientes. Y uno se siente extremadamente incómodo en una sociedad donde reina la violencia. Si queremos erradicar la drogadicción, hemos de conseguir que baje el nivel de la violencia social, política, psicológica y cotidiana”.

Seamos sinceros, la idea suena a idealismo si ha de aplicarse en nuestro país, por lo menos en la etapa actual del desarrollo de la sociedad rusa. Seguramente habrá otra solución…

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de Rusia Hoy.