El pibe que se coló en el Dakar con los campeones

12 de julio de 2012 Marta Armero, Rusia Hoy
Desde su infancia en Siberia, Denís Mishin ya seguía las carreras por televisión. Una pasión heredada de su padre, un ingeniero mecánico que en 2001 se trasladó con toda su familia para empezar una nueva vida en Argentina y terminaron instalándose en Saladillo, a unos 200 km de Buenos Aires. En la edición de 2009 participó como traductor con el equipo Kamaz Master.
Celebración de la victoria del equipo ruso. Fuente: Denis Mishin.
Celebración de la victoria del equipo ruso. Fuente: Denis Mishin.

Después de la cancelación del rally en 2008 por miedo a atentados terroristas, al año siguiente se decidió volver a celebrar el Dakar pero trasladándolo a Sudamérica.  Y Denís quiso aprovechar la ocasión de poder ver en vivo a los pilotos del equipo Kamaz-Master en Buenos Aires antes de que empezara la carrera: “Entré en La Rural y tuve la oportunidad de conocer a Andréi Mokéyev, el copiloto de Chagin. Justo venían ellos, les paré y les hablé en ruso”. Aquello les sorprendió tanto que le propusieron quedarse. “Me ofrecían plata pero no la necesitaba, yo quería estar con ellos. Les empecé a ayudar con las traducciones y algunos papeles de los trámites”.

Cuando faltaban tres días para la carrera le preguntaron si tenía algo que hacer en los siguientes días: “Sólo tenía que llamar a mi mamá para preguntarle porque estaba muy nerviosa. Tres semanas antes falleció mi papá y mi mamá no tenía muchas ganas de dejarme ir”. Denís pasó el Año Nuevo con su familia y volvió a Buenos Aires justo para la salida. “Todavía no me daba cuenta de lo que estaba viviendo. Era chico, apenas acababa de terminar la escuela”.

El inicio del viaje

Así fue como Denís empezó su propio Dakar en la categoría de camiones acompañando a un equipo de 30 hombres capitaneados por Vladímir Chagin, al que define como “un tipo común y corriente, no es ningún profesional, es un mecánico camionero”.

Durante las siguientes dos semanas Denís tuvo que seguir el mismo ritmo de los pilotos, durmiendo de dos a tres horas al día, bañándose con el agua de los tanques de los camiones o en las estaciones de servicio y comiendo la comida que preparaba uno de los mecánicos. Y por supuesto traducir: “Todos me preguntaban, Denís acá, Denís allá, ¿qué pasó?, che Denís ¿no me llevas a comprar esto?, qué bonito esto ¿cómo se llama?, ¿por qué se hace esto así?...”

Él les ayudó a descubrir algunas de las mejores cosas de Argentina, como la comida: “Yo fui el primero que les llevó a comer asado y les enseñé los cortes, cómo pedir, y a los tipos les había encantado.

Después me preguntaban, cómo era que se llamaba ese cosita redondita, esa tripita… ah, chinchulines, y salían corriendo a pedirlo”.

Y a Denís le sorprendía cómo veían los rusos a los argentinos: “En África cuando se les rompía un camión lo tenían que arreglar allí, dejaban las herramientas en el suelo y, cuando se daban la vuelta, ya no estaban. Acá dejaban la llave y cuando se daban la vuelta el tipo les alcanzaba la llave y te traía un termo con agua caliente o fría”.

Pero también le llamaba la atención la reacción de los argentinos ante el Dakar porque en ese primer año la gente no conocía muy bien ese rally: “Nosotros íbamos siempre con la remera del Dakar. Cuando salíamos a comer la gente nos paraba, nos saludaba, nos preguntaban, pedían autógrafos pero muchos no sabían que Chagin era un campeón”.

Algunas aventuras

Denís recuerda dos etapas como las más difíciles de todo el rally, cuando cruzaron por el Aconcagua hacia Chile y en el desierto de Atacama. “Cuando iban por la cordillera empezaron a apagarse los motores por la falta de presión. Se bajaron del camión y vieron que por todos los agujeros de los filtros empezaba a salir aceite. Tuvieron que tratar de acelerar el camión para que no se les apagara y bajar lo más rápido posible. Decían que no se podía estar ahí porque se les tapaban los oídos y no oían nada, les daba un dolor de cabeza impresionante”. En el desierto las altas temperaturas les provocaron fiebre: “Hacía 50 grados a la sombra y luego por la noche te congelabas”

Al final del Dakar un ruso se impuso sobre otro, Firdaus Kabirov se colocó en primera posición y Vladímir Chagin en segunda. Pero Denís no quiso perder la oportunidad de saber lo que se sentía dentro de un Kamaz, así que cuando llevaban los camiones hacia el puerto él también subió. “Le pregunté al piloto a cuánto andaba y me dijo no sabía, y apretó el acelerador a fondo. Las tripas y el corazón se me pegaron al respaldo”

El mejor recuerdo que Denís guarda de Chagin es su afición a coleccionar monedas: “Yo le regalé monedas antiguas argentinas y se puso recontento. También le llevé a Lavalle a que comprara monedas”. A los demás les acompañó los últimos días para comprar souvenirs: “De lo que más se llevaron de aquí fue vino. Cada uno se llevó 1.800 pesos de vino”.

Al regresar a su casa en Saladillo, Denís había bajado cuatro kilos de peso y llegaba muy cansado. Se sentó con su madre para compartir el chocolate ruso que le habían regalado y enseñarle unas pocas fotos ya que le robaron la cámara en Atacama. Lo más curioso es que la mayoría de sus amigos no sabían dónde había estado en esos días: “Después algunos se enteraron dos o tres años después del viaje que había hecho”.

En 2010 Denís Mishin volvió a ser la persona de confianza que el equipo Kamaz-Master tomó para ayudarles como traductor en el Dakar.

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