En la región de Vólogda, Beloziorsk es conocido primordialmente por el Lago Blanco donde, como en un espejo, se ve reflejada, inmóvil, la pequeña ciudad soñolienta. En Vólogda, a los turistas se les habla de las playas de arena del Lago Blanco y de cómo las fotos que se hacen allí salen “como si se hicieran en el mar”. Sin embargo, entre los recuerdos de los que hayan visitado Beloziorsk se encuentra también una familia extraordinaria que, junto con las campanas de la catedral de Preobrazhenski y con la puesta del sol sobre el Lago Blanco, es una fuente de orgullo para la ciudad.

Hace ya diez años que en el territorio del kremlin de Beloziorsk funciona uno de los museos más extraordinarios de la región del norte de Rusia. Ígor Ruchin, creador y director del museo, es arqueólogo de profesión. En Beloziorsk, donde se ha mudado desde Cherepovets, Ruchin comenzó por crear el museo histórico-militar “Guerrilleros de Seneo”, ofreciendo a los habitantes de la adormilada ciudad un vistoso negocio que está en boga: la reconstrucción histórica. Con el tiempo, los trajes de época hechos a mano, las armas y los objetos de la vida cotidiana de Rusia de los siglos XI-XIV pasaron a formar el la colección principal del museo “El Palacete del Príncipe”.

El guía turístico, cada vez que se encuentran con Ruchin en las puertas del museo, se dirige a él como “el Príncipe Ígor Alexándrovich”.

Vestido de druzhínnik (miembro de la guardia de los príncipes en la antigua Rusia), el director en persona sale al umbral a recibir a los visitantes. Con sólo mirarle, se comprende que así debió de ser un bogatir (héroe de la épica rusa): vigoroso, alto y de hombros anchos, de voz poderosa y de ojos de un color azul penetrante. El traje de antiguo guerrero ruso armoniza increíblemente bien con este hombre de negocios moderno.   

Su esposa y sus tres hijos menores, revestidos todos con trajes históricos de la antigua Rus’, ayudan a Ígor en el recibimiento de los huéspedes. El hijo menor, Gleb, está vestido como un pequeño príncipe y está encantado de encarnar una pieza de museo viva: con ilusión, asume la pose y se queda inmóvil, mirando fijamente al objetivo de la cámara. Tatiana, exhibiendo ante la cámara su traje, esconde cautelosamente los dedos para que la reciente manicura no delate a esta cuidada mujer moderna.  

La familia Ruchin tiene, en total, 6 hijos.  “Nuestra hija mayor ya está esperando un hijo y el mayor de nuestros hijos está a punto de irse a la mili”, cuenta Tatiana mientras va exponiendo ante los visitantes los souvenir: adornos y ornamentos al antiguo estilo ruso.

Tener una familia numerosa y un museo propio parece algo que no pega con la vida de una remota provincia que, en opinión de muchos, no tiene perspectivas de futuro. Pero al hablar con Ígor y Tatiana, gente fuerte y con iniciativa propia, la pregunta “pero cómo os las arregláis aquí” se antoja absurda y se disipa por sí misma.

“En nuestro museo no es que se puede, es que se debe tocar, probar y comprobarlo todo”, explica, orgulloso, Ígor. “Todo cuanto veis aquí lo hacemos con los mismos materiales naturales que solían usar antaño nuestros antepasados. Por ejemplo, para lograr que una camisa sea de color rojo, empleamos el tinte natural que se obtiene al hervir la corteza de roble. Claro que se trata de un proceso costoso y afanoso. Todo cuanto ganamos, lo reinvertimos en el museo. Nadie nos subvenciona.”

Hace unos años el museo “Palacete del príncipe” recibió una propuesta de ampliación y en el territorio del kremlin, Ígor fundó otro museo más. “Trabajar sobre el palacete nos inspiró. Se despertó interés por nuestra ciudad y empezaron a llegar turistas. Ahora Beloziorsk está buscando crear su propia marca comercial. Nos sugirieron seguir el ejemplo del Gran Ustiug, dando vida a los personajes de cuentos y leyendas. Pero nosotros, de nuevo, decidimos explorar la historia de la ciudad. Descubrimos que en la antigüedad los vikingos frecuentaban la ciudad muy a menudo: nuestra ciudad se encontraba en la ruta comercial de los varegos a los árabes.  Así surgió la idea de fundar “La casa de los vikingos”.  

Al son de los broqueles, Ígor canta con voz melodiosa las canciones de los antiguos vikingos, mientras que a sus visitantes se les anima a vestirse con pieles de animales, moler el grano en el molino de piedra y probar cerveza casera. El museo tiene su propio maestro cervecero y su propio herrero, capaz de convertir la rudeza del hierro en finísimos pétalos de rosa. Para los niños hay un programa aparte, que incluye tiro con arco y lanzamiento de jabalina. Beloziorsk no es un lugar turístico. Sin embargo, los museos fundados por Ígor reciben alrededor de diez mil visitantes al año.

“No es un número demasiado elevado – comenta Ígor – pero para Beloziorsk, donde viven tan sólo 10 mil habitantes, es una cantidad considerable. Hace poco, nos vino a visitar el profesor Dan Carlsson de la universidad de Gotland, Suecia, que se dedica a buscar las huellas de la presencia de los vikingos en la antigua Rus’. Le gustó tanto nuestro museo, que lo incluyó en la ruta turística oficial “En pos de los vikingos”. Me dijo literalmente así: “ustedes creen la infraestructura y nosotros los atiborraremos de turistas”. Pero ahora mismo no hay dónde recibir a los extranjeros en Beloziorsk. Y nosotros, ¿qué podemos hacer? Nuestra agencia de turismo “La casa del príncipe” es la única en la ciudad. En ella sólo trabajan tres personas. Cada vez que nos encontramos con los funcionarios del estado, les pedimos una sola cosa: que arreglen el kremlin para que los turistas no tengan que cruzar los charcos por los vados. Pero hay quien cree que somos nosotros los tenemos que encargarnos de las obras y nos lo dicen así: “vosotros sois los que ganáis dinero con nuestra historia, pues haced vosotros las obras”.