La consultora Mercer ha analizado los precios de 200 productos y servicios, que incluyen la vivienda, el transporte y el ocio, de 214 ciudades del mundo con Nueva York como patrón de referencia. Los precios se calculan en dólares americanos. Este año la ciudad que ha quedado clasificada en primer lugar por el alto coste de vida es Tokio, en segundo Luanda, en tercero Osaka, en cuarto Moscú y en quinto Ginebra. Hay que tener en cuenta que, a la hora de calcular el coste de la vida, el tipo de cambio de la moneda nacional tiene un papel importante, así como  el ritmo de la inflación, que en Tokio es inexistente y en Moscú, en cambio, es considerable.

 

Sin embargo, no todo se determina por estos indicadores macroecónimos como el cambio del dólar y la inflación: ya en el siglo XIX se descubrieren muchos detalles interesantes sobre la correspondencia de precios en Rusia y otros países. En el libro “Los nuestros en el extranjero” del ensayista Nikolái, publicado en 1890, se describe cómo un comerciante y su esposa se pusieron al corriente del nivel de precios en París cuando deseaban alquilar una habitación. “¿Cómo? ¡Diez francos! – exclamó Nikolái Ivánovich. - ¡Pero si esto es un robo! Unos cuchitriles así en una torre como esta en Petersburgo cuestan medio rublo al día. ¡Y aquí cuatro rublos!”. En esta situación el comerciante no tuvo en cuenta el sobrecargo por el hecho de tratarse de un centro turístico; a diferencia de París, en esos años Moscú y San Petersburgo no atraían tantos viajeros.

 

También tenemos el caso contrario. El francés Astolphe de Custine en 1839 quería alquilar una habitación en Nizhni Nóvgorod. En una taberna, para que él pudiera instalarse, echaron a todos los clientes de una de las numerosas salas con las que contaba el local y retiraron las mesas para poner una cama. “Trato hecho. Tomé por asalto una fétida taberna por la que tuve que pagar más que para la habitación más lujosa en el hotel más caro de París. Pero el orgullo por la victoria conseguida me compensaba todos los gastos. Solo en Rusia, donde no conocen fronteras los caprichos de los amos, capaces de hacerse pasar por los más fuertes del mundo, un restaurante se puede convertir en un instante en un dormitorio”, recordaba Custine. Se puede decir que en este caso en el sistema de precios ruso había un incremento por la tiranía, la arbitrariedad y el servilismo.

 

Cuando se habla sobre el coste de vida para los extranjeros en una u otra ciudad, a menudo se considera que los productos y servicios se los ofrecen solo empresarios locales. Sin embargo, por supuesto, esto no es cierto: muchos negocios son de propiedad extranjera. El Moscú del siglo XIX en este sentido era muy original. En las afueras no había ninguna tienda. Y en las calles centrales los mercaderes extranjeros muy a menudo controlaban sectores enteros. Todos los puestos de comerciantes rusos estaban ubicados en una zona del centro de la ciudad. El comercio de varios tipos de accesorios técnicos y pinturas estaba concentrado en manos de alemanes; los representantes de la nación francesa controlaban el comercio de objetos de lujo, moda, sobre todo para señoras, y peluquerías; también solían regentar pastelerías que vendían bombones.

 

El mercader Nikolái Vishniakov describe las relaciones de los comerciantes, rusos y extranjeros, con las autoridades de Moscú: “Formaba parte de nuestras costumbres y hábitos dirigirnos a la administración para que interviniera. Confiábamos poco en los tribunales porque casi siempre dependían de los sobornos. Era más eficaz dirigirnos al gobernador general”. Por su parte, el gobernador general tampoco se quedaba atrás: “En 1850, tras conceder nuevos estandartes al regimiento de infantería de Moscú, exige un convite para los soldados y la sociedad de mercaderes le asigna 700 rublos. El regimiento Yeguerski entra en Moscú y él extorsiona 800 rublos. El regimiento de Vladímir entra en Moscú y por exigencia del gobernador general se asignan otros 700 rublos para el convite”.

 

Evidentemente, los comerciantes recuperaban todas estas cantidades a costa de los compradores, es decir, en la configuración de los precios también había un cierto sobrecargo administrativo. Con todo, los comerciantes extranjeros en Moscú no se diferenciaban de los rusos en cuanto a los precios. Si acaso, se podían añadir los cargos extra derivados del comercio internacional.

Actualmente la relación entre la configuración de los precios y el sobrecargo administrativo es parecida. Hace unos años uno de los jefes de una conocida empresa de Europa occidental que tiene una gran tienda en Moscú, se me quejaba: “Es simplemente increíble. Continuamente hay que solucionar nuevos problemas y constantemente alguien pide dinero. Me traen de cabeza tantos problemas”. Al final decidió lo siguiente: alquiló zonas comerciales a otra gran empresa de Europa Occidental. Que sea a su propietario a quien le dé vueltas la cabeza.


Artículo publicado originalmente en Vlast.