La Bella Durmiente, de Chaikovski, marcó el comienzo del repertorio a las 20.30 con la actuación de Anna Borodúlina y Alexánder Abaturov. Mientras la pareja de danzantes giraba al ritmo de la composición musical, el atardecer bañaba de tonos dorados la castiza plaza en la que actuaban. “Olé, olé”, coreaba un grupo de personas ante los movimientos que ambos jóvenes realizaban sobre el escenario instalado frente a La Casa de la Panadería y coronado por globos con los colores de la bandera rusa.

Anna Borodúlina. Fuente: Servicio de prensa.

El variado público, compuesto por señoras, jóvenes, parejas, familias y curiosos asomados a sus balcones, se rindió al ballet desde la primera composición. “No es muy normal poder disfrutar de un ballet tan bueno en plena calle y gratis”, explicaba María Jerez, que paseaba con su marido por la plaza cuando comenzó el espectáculo; al oir la música, se acercó a disfrutarlo. Con La muerte del cisne, interpretada por Ayami Oki, las ovaciones resonaron entre el público. La bailarina, que acudió a la cita invitada por el Teatro Mijáilovski dirigido desde el 2010 por Nacho Duato, salió con un tutú de color azul eléctrico. El imponente solo que realizó, impresionó al público. Cuando estaba en escena, la vista se alternaba entre sus movimientos, acentuados por el llamativo traje que llevaba, y la luz del atardecer madrileño que la iluminaba.

“Es todo un orgullo bailar Don Quijote en un escenario en medio de la Plaza Mayor de Madrid. La composición tiene un sentido especial”, reconocía Olga Stepánova al bajarse del escenario. Detrás de las tablas, y rodeados de columnas, estaban los camerinos improvisados de los bailarines. Entre actuación y actuación se atusaban el pelo, se colocaban las mayas o estiraban sus tonificados cuerpos ante la mirada de los paseantes que no podían evitar girar la cabeza. Tras una hora de ballet, Stepánova, acompañada de Artem Pkyhachov, clausuró el recital con un pas de deux de Don Quijote del compositor austriaco Ludwig Minkus que arrancó ovaciones del público. “Ha sido tan espectacular que se me ha olvidado el partido”, reconocía un joven mientras no dejaba de aplaudir. La cita, organizada por el Centro Ruso de Ciencia y Cultura con apoyo de la Embajada de la Federación, pretendía acercar la cultura rusa a Madrid con motivo de la celebración del 12 de junio, día de la fundación, en 1990, de la Federación de Rusia tras el colapso de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Y a pesar de un par de irrelevantes fallos técnicos, consecuencia del directo, el espectáculo consiguió su objetivo. “¿Van a repetirlo?”, se preguntaba una chica que había llegado tarde. Quería volver a verlo desde el principio. No le importaba la Eurocopa ni si la selección ganaba o perdía; se había quedado enganchada a la belleza del ballet.