Plaza Roja de Moscú, 2 de la madrugada


Un pequeño grupo de personas, demasiado abrigados para ser mayo, mira su reloj. El destino: Salejard, situado a 2500 al norte. Desde la plaza Lubianka los participantes, en parejas, paran los coches en dirección a la M8, la autopista Moscú-Velsk-Arjanguelsk. La principal norma de la competición es que el desplazamiento por el país debe ser gratuito.

“Seguramente he sido el primero que os ha recogido, - se sorprendía el conductor del camión, - la verdad es que no tengo con quién hablar y esto me gusta”. Del techo de la cabina colgaba un gallardete soviético de forma triangular, una cruz dorada y un amuleto turco de color azul que protege del mal de ojo. Además de chicas desnudas guiñando el ojo, pegadas en los cristales y en las puertas. De acuerdo con numerosas leyendas que hablan del 'gran corazón' de los rusos, el pueblo necesita conversar, por eso posiblemente el autostop no muera nunca en Rusia. Sin tener en cuenta a todos los conductores que se sorprenden con lo que hacemos, el tiempo máximo de espera es de 20 minutos. Después de 14 horas y ocho coches nos encontramos a 740 km de Moscú, en la estación de ferrocarril de Velsk, punto de referencia de la ruta Moscú-Kotlas-Vorkutá.

Estación de Velsk, 16:00 horas


La vía ferroriaria Moscú-Vorkutá es una parte apenas transitada y silenciosa. Aquí los maquinistas no paran porque les gustes, sino porque se alegran de ver una persona viva. Los trenes de Velsk a Vorkutá pasan cada hora e incluso si el maquinista se niega a recogerte, siempre se puede encontrar un vagón de mercancía libre: al norte van vagones a por carbón y apenas hay personal de seguridad. La desventaja es que cuando cargan y descargan hay que cambiarse a otro tren. “¿Y para qué vais allí? Vorkutá, la capital del mundo...”, se ríe irónicamente el maquinista. En la actualidad son pocos los que conocen el significado de la frase: 'Vorkutá, la capital del mundo de los campos de trabajo'. Desde finales de 1930 hasta principios de 1950 aquí se encontraba el principal GULAG. Por allí pasaron 73.000 presos, más que el número de habitantes de la ciudad. Actualmente hay menos habitantes, ya que muchos van al sur como parte de un programa de reasentamiento de zonas del Lejano Norte. Como consecuencia, a medida que avanzamos, es cada vez más difícil encontrar transporte.

Sivaya Maska - Labitnagui. Tiempo indefinido: la ventisca


Llegamos a la estación Sivaya Maska el 5 de mayo, pero aunque es primavera, tras la ventana hay una ventisca que no permite diferenciar los dedos de un brazo extendido. Esto no es sorprendente: la estación de Sivaya Maska está lejos de la tundra, sobre ella ni siquiera hay artículos en Wikipedia. Desde aquí hay que girar hacia el este en dirección a Labytnangui. Después de casi diez horas de espera pudimos montarnos en el tren Seyda-Labytnangui que pasa por Sivaya Maska una vez al día. “¿Vais a Salejard?- se reía mirándonos un abuelo, antiguo guardia de seguridad del campo de trabajo – no llegaréis, han cancelado los autobuses porque hay hielo y la vía está congelada, no hay opciones”. El viejo mostró su ojo de cristal y cerró la puerta.

Para llegar desde Labitnangui a Salejard hay que cruzar el río Ob. En invierno, cuando el grosor del hielo es de 80 centímetros pasan autobuses. En verano, la gente lo cruza en barcas. Pero cómo lo hacen en primavera, era un misterio para nosotros. Fuimos por una vía de tren con antiguos semáforos y gigantescos puentes de madera. Superar los 204 kilómetros por encima del Círculo Polar Ártico no es un trabajo fácil, a la locomotora le llevó diez horas.

'Siete alerces' (árbol de considerable altura)  es como se traduce del janti el nombre de la ciudad. Comenzó como un asentamiento nenets de unas pocas carpas o 'chums' y tres familias de pastores de renos. Juzgando por los pasajeros que salían del tren con nosotros, la cantidad de pastores de renos ha aumentado en el último siglo. “Los sucios, ¿a dónde vais?”, preguntó un muchacho mofletudo y sonriente que llevaba una bufanda de piel blanca que sería la envidia de cualquier mujer a la moda de la capital. “A Salejard”, respondí tristemente tras haberme ofendido por haberme llamado 'sucia'.

“Os voy a ayudar, vamos. Hay una hora hasta Ob, yendo por el hielo una hora y media. Después, hasta el aeropuerto hay otra hora. Los míos se sorprenderán, dirán: '¡ha vuelto Vova, el pastor de renos de vuelta a Salejard!”, se reía el muchacho.

“¿Es verdad que eres pastor de renos?”

“¡Qué va! Soy carpintero”.

“Vale. ¿Y tu bufanda es de reno?”

“¿De reno? Es de perro”.

Después de una pausa incómoda, Vova, el pastor de renos, se quitó el perro del cuello y emprendimos la marcha en dirección a Ob. “Salejard es la única ciudad en Rusia dentro del Círculo Polar. Quizás incluso del mundo, no lo sé. No hace mucho la gente que trabajaba por aquí cobraba el doble que los que trabajaban más al sur, ya que el factor polar influye. Además, en el centro tenemos un monumento al embutido de Salejard. Os va a gustar, os lo aseguro”, decía Vova. Nosotros lo creímos.

Alrededor del Ob puede verse una colina. “Por aquí no podemos pasar, hay que ir por la orilla o nos ahogaríamos”, anunció Vova.

Vimos un camión que iba por la orilla y nos acercamos. Llevaba sacos de patatas y un cartel pegado al cristal en el que ponía 'Salejard'. Vova se acercó para ayudar al conductor a cargar los sacos y nosotros, siguiendo su ejemplo, dejamos las mochilas para ayudarle. El agradecido conductor decidió llevarnos hasta Salejard y pudimos montarnos en el techo del vehículo. Iba recto, pasaba por el agua y se chocaba con trozos de hielo. Los altos precios de los productos en Salejard (casi el doble que en Moscú) hacen que sea rentable la entrega de artículos de primera necesidad en cualquier momento del año.

No existe ningún camino que esté disponible durante todo el año para llegar a Salejard, y a veces hay que ir 15 minutos a pie por el hielo deshecho. En la despedida, el satisfecho conductor nos regaló tres sacos de patatas que rápidamente regalamos a nuestro acompañante. Vova estaba muy contento y nos mostró el camino al telégrafo. Se fue en una dirección desconocida cargando los tres sacos.

Debido a todas las dificultades del viaje perdimos tres días y llegamos a Salejard a las dos en punto de la madrugada. Cerca del telégrafo de la ciudad nos esperaban dos personas: nos habían ganado por 10 horas, aunque nosotros habíamos tenido que ir andando por el hielo. Conseguimos el segundo puesto. Tras meter la mano en mi bolsillo encuentro el horario de los helicópteros que van de Salejard al 'continente' y el amuleto turco de color azul que me dio el conductor del camión.