La victoria del partido de centroderecha en las elecciones griegas ha provocado en los demás países de la Unión Europea un suspiro de alivio, pero los resultados electorales no garantizan la formación de un nuevo gobierno. Los radicales de izquierda se han quedado a tan solo tres puntos porcentuales de sus oponentes y siguen siendo una amenaza. El partido de centro derecha Nueva Democracia tendrá que cooperar con el centro izquierda que puede que no quiera traicionar los intereses de sus electores, lo que significa que el nuevo gobierno puede negarse a cumplir completamente y sin condiciones las exigencias de los acreedores.

Pero incluso si se forma un gobierno proeuropeo, ¿significará eso que terminará la crisis en Grecia? Con el mundo deslizándose hacia una depresión global, la política de la economía global es tan peligrosa como una dieta estricta para la distrofia muscular.

El precio de la integración en Europa

Ha llegado el momento de reconocer que la integración europea tiene un cierto grado de neocolonialismo. Los nuevos miembros de la Unión Europea han pagado por su incorporación una dura limitación de su competencia frente a los miembros "antiguos" y, por lo tanto, se produce una sustancial limitación de sus posibilidades de crecimiento. En la primera etapa, estas limitaciones se compensaron con creces gracias al desarrollo de las infraestructuras, pero cuando estas infraestructuras se construyeron, el desarrollo económico comenzó a tambalearse.

Hoy en día Europa del Sur está inmersa en dificultades porque la última vez que sus gobiernos tuvieron la ilusión de tener alguna posibilidad de hacer llegar al nivel de Alemania o Francia, fue cuando entraron en la Unión Europea. El resultado fue que estos nuevos miembros recibieron garantías sociales y financieras con un préstamo a cuenta de su futuro desarrollo, que era, en principio, imposible. Europa del Sur resultó incapaz de garantizar la devolución del avance.

Las frecuentes conversaciones que últimamente hablan de lo sensato que sería la salida de Grecia de la Eurozona, ignoran el monstruoso precio que deberán pagar por ello en la misma Grecia (cuyo PIB se redujo en un año, según las valoraciones disponibles, prácticamente a la mitad), así como en los países que se queden en la Eurozona. Los sistemas financieros de estos últimos perderán, no solo los pagos de la deuda griega, sino el mercado financiero de este país. De modo que, en estos momentos, la salida (o la expulsión) de Grecia de la Eurozona parece poco probable.

La crisis de la demanda y los nuevos socios

Sin embargo, la desesperada situación de Atenas no es más que una manifestación externa de la crisis económica europea y global. La carencia de demanda global golpea a los eslabones más débiles y sobrecargados con las obligaciones que exige el sistema económico global, pero, simplemente no hay mercados en el mundo a los que Grecia se pueda dirigir.

Por eso, lo más probable es que la crisis griega se resuelva como resultado de procesos más elementales y por lo tanto, más destructivos, social y políticamente, que incluso un cataclismo. Ciertamente, puede que obliguen a Grecia a salir, no solo de la Eurozona sino de la Unión Europea, por supuesto no ahora, sino en unos años y no para bien sino para mal.

Una salida tan destructiva convertirá las ruinas de la economía griega en un premio extremadamente apetitoso para los pujantes países no europeos. Es difícil que sean los EE UU, que sufren problemas comparables a los europeos. Hoy día, los 'compradores' de Grecia más probables parecen China y Turquía, pero el choque cultural con el primero y las relaciones históricas con el segundo no los convierten precisamente en los socios más atractivos para el país heleno.

Esto obligará a la Grecia postcrisis a buscar nuevos socios estratégicos que puedan compensar la influencia de estos países, y uno de ellos podría ser Rusia. Esta situación puede convertirse en una nueva e inesperada dirección para integración exterior. La unión con Grecia, liberada de la limitadora Unión Europea, puede aumentar cualitativamente el peso estratégico y la influencia de Rusia tanto en el plano regional como en el global y abrir nuevas e inesperadas posibilidades para los negocios rusos. A fin de cuentas, la primera forma de estado griego en el mundo moderno, la República de las islas jónicas (1800-1807), fue, en esencia, un protectorado ruso y existió bajo la protección de las armas rusas. Como la fuerza de las armas se ve desplazada cada día más por el poder económico, no hay problema para que, pasados los años, el gran capital se convierta en un análogo de la escuadra Ushakov.

Mijáil Deliaguin es director del Instituto de Estudios de Globalización.