Así terminó el estreno del primer largometraje del cineasta ruso en la 60ª edición del Festival de Venecia de 2003, donde la película se llevó el León de Oro.

Zviáguintsev comenzó su carrera como actor. Se graduó en la Escuela de actores de su ciudad natal, Novosibirsk, y, más adelante, ya en Moscú, colaboró en varios espectáculos y películas. Tras dejar la profesión de intérprete, se pasó a la dirección de cortometrajes. En 2003, vio la luz su primer largometraje ‘El regreso’. La película participó en la sección oficial del Festival de Venecia, donde no sólo obtuvo el premio principal, sino que se llevó también el León del Futuro a la Mejor Ópera Prima por “una película muy sutil sobre el amor, la pérdida y la madurez”.

 

La película, asimismo, obtuvo 28 premios en festivales internacionales y fue distribuida en 73 países, incluidos Irán y China, en los que generalmente se limitan a mostrar películas nacionales.

El regreso’ es una trágica parábola de dos hermanos adolescentes, en cuyas vidas aparece repentinamente su padre. La aparición de ese hombre extraño, al que sólo conocen por fotografías, da un vuelco a sus vidas. El padre arranca a los chicos de la vida cotidiana en su pequeña y tranquila ciudad y los lleva a una isla abandonada, donde se desarrollan los siniestros acontecimientos de la película.

El regreso’ es una obra única por su éxito. El debut de este director, desconocido por aquel entonces, no sólo se alzó con el León de Oro en Venecia, sino que dio la vuelta a todo el mundo. En él, había una percepción mística, casi religiosa de la vida y de la naturaleza que, a la vez que Tarkovski, casi había casi desaparecido de nuestra filmografía. La primera vez que una película rusa fue merecedora del máximo galardón en Venecia fue con ‘La infancia de Iván’ de Tarkovski, en 1962.

A raíz del estreno de ‘El regreso’, a Zviáguintsev lo definieron como el director que había sido capaz de prolongar el “contexto Tarkovski” en el siglo XXI. El propio director, en una entrevista concedida a ‘Rossiyskaya Gazeta’, reconocía: “Es casi imposible ser director ruso y no sentir la influencia de Tarkovski. La primera vez que vi sus películas tenía dieciocho años y nunca pude librarme ya de esa carga tan colosal. Y lo mismo me pasó con Bresson, Bergman, Kurosawa”. Pero quien ha influido más en su filmografía ha sido Antonioni. “Cuando vi ‘La aventura’ del director italiano”, admitió en la misma entrevista el cineasta, “me encontré con algo que no se puede transmitir con palabras… Y desde entonces he sido fiel a esta película”.

El lenguaje alegórico es una marca del director. Lo empleó también en su siguiente película, ‘Izgnanie’ (El destierro), que se estrenó en 2007. Gracias a ella, su protagonista obtuvo la Palma de Oro al mejor actor en el Festival de Cannes. El centro de la película lo constituye de nuevo una familia devastada. “Pero, si en la primera película la atención del espectador se centra en la relación padre-hijos, en este nuevo filme los antagonistas son dos cónyuges. Un viejo tema con un nuevo enfoque: la naturaleza de la relación entre un hombre y una mujer, la fragilidad del amor, la tragedia que emerge de un malentendido, el rechazo, la incapacidad para perdonar”, escribió Alena Dushka, crítica de la revista digital ‘Tatyana Den’.

El tema de la familia es importante para el cineasta, pero no a un nivel cotidiano, sino más bien metafísico. “La cotidianeidad no me interesa”, dijo Zviáguintsev en una conversación con ‘Chastni korrespondent’, “me parece interesante otro nivel: las relaciones recíprocas, aunque esto suene enfático, nos remiten a la del hombre con Dios. No con la gente de casa. A mi modo de ver, esto es lo más determinante en ‘El regreso’ y en ‘El destierro’. No la familia como fenómeno social, sino en un sentido que va más allá…”.

Zviáguintsev se esfuerza en huir de la actualidad, en borrar las fronteras entre tiempo y espacio. No importa en qué lugar ni en qué tiempo discurra la acción de la película, lo importante es crear un “microcosmos mitológico”, como dice el crítico Andréi Plajov, “en el cual se permiten las generalizaciones arriesgadas y los símbolos”.

En su tercera película, ‘Elena’, estrenada en 2011, Zviáguintsev colocó de nuevo en el centro de la narración un conflicto familiar: la historia de una pareja de ancianos en la que cada uno pertenece a un estrato social diferente. Aquí, el escollo ya no lo supone la tragedia del amor y los malentendidos, sino el dinero. En Europa definieron el género de la película como “drama de cocina”, ya que la mayoría de los acontecimientos se desarrollaban precisamente en esa parte de la casa, donde todos se reúnen a la mesa para comer, beber y conversar. El propio director, en una entrevista concedida a la emisora de radio Svoboda, declaró que le gustaría pensar que va más allá que un “drama de cocina”: “No me gusta el género, porque me parece que lo que hacemos –hablo en plural, pues me refiero a mi equipo creativo- es huir de cualquier convencionalismo y de un formato específico de antemano”.

La película ha cosechado triunfos en toda una serie de prestigiosos premios nacionales e internacionales, incluido el premio especial del jurado de la sección ‘Un certain regard’, en el Festival de Cine de Cannes de 2011, y el premio especial al  mejor guión europeo en un festival de cine independiente de los Estados Unidos.

El cine artístico”, manifestó Zviáguintsev en una entrevista al periódico ‘Novie Izvestia’, “como una extraña o maravillosa invención, es imprescindible para que el espectador pueda despertar del cautiverio de la estupidez al que todos estamos sometidos”. Por eso, las películas del director tienen un ritmo lento, que casi coincide con el tiempo real, lo cual favorece la contemplación e ensimismamiento del espectador.

No en vano las películas de Andréi Zviáguintsev, repletas de símbolos, de signos, de detalles singulares, se comparan a las de Andréi Tarkovski, pues en estos tiempos de celebración de la cultura de masa, son justamente estos filmes los que preservan los ideales del auténtico cine de autor.