Los debates en torno a la traducción suelen acabar en tablas. Se persigue una supuesta perfección cuando es inalcanzable. Pero en eso mismo radica su encanto. Ante el reto de verter a otra lengua un texto literario, el traductor no dispone de un decálogo infalible: las excepciones siempre superan a las reglas. Una buena traducción depende de tantas variables que, cuando un lector que desconoce la lengua original del libro, vibra en resonancia con el texto traducido se obra un pequeño milagro. De repente se borra la distancia cultural que había entre autor y lector. Lo que antes constituía una conferencia de larga distancia con insalvables interferencias deviene una conversación íntima y comprensible. Porque la traducción no se limita a las equivalencias semánticas. Sin tener en cuenta la musicalidad de cada lengua, una traducción nace incompleta.

 

Este año se celebra la III edición del premio “La literatura rusa en España”, una oportunidad para comprobar la salud de la oferta de títulos de autores rusos dentro del mercado editorial español. En un continente como el europeo, donde la lengua común es la traducción, con 23 idiomas oficiales en la Eurocámara, la figura del traductor merece tener especial relevancia. Pushkin dijo que los traductores son caballos que se cambian en las postas de la civilización. Nabokov, traductor al inglés del bardo ruso, se contentaba con que los lectores utilizaran su esfuerzo como cabalgadura. El traductor, pues, es la correa de transmisión del motor de las culturas, el posibilitador de la globalización cultural y el que mantiene la riqueza del ecosistema lingüístico local.

Marta Rebón, ganadora en la primera edición por ‘Vida y destino’, destaca “la gran responsabilidad y esfuerzo que supone verter algunos monumentos literarios a otra lengua, algunos de ellos escritos con un compromiso ético y personal que obligan a redoblar la pasión que uno pone a la hora de traducirlos”. Traductora también de 'El doctor Zhivago', nos ilustra precisamente con uno de los consejos de traducción que Borís Pasternak daba a Olga Ivínskaya, inspiradora del personaje de Lara Antípova en la novela del premio Nobel: hay que buscar siempre una precisión mayor que la del original. “Aunque no comparto del todo ese consejo, de alguna manera da una idea del trabajo que supone traducir”, añade.

 

El próximo 29 de junio, en la Embajada de la Federación de Rusia en Madrid, se hará la entrega del premio a Víctor Gallego por su nueva versión del clásico tolstoiano. La nueva publicación de esta novela en que, según Nabokov, “se despliega toda la magia de Tolstói”, coincidió con la celebración del centenario de la muerte del autor de ‘Guerra y paz’. “Después de trabajar en un libro así no es fácil ilusionarse con otros proyectos”, declara a Rusia Hoy. Y es que las mil páginas de ‘Anna Karénina’ se siguen leyendo con igual interés en el siglo XXI, a la espera del inminente estreno de la nueva adaptación para la gran pantalla de Joe Wright. Víctor Gallego es un asiduo en el catálogo de Alba, sello que también publicó el título ganador del año pasado, de Nikolái Leskov, 'El peregrino encantado', en versión de Fernando Otero. En esta novela de sabor picaresco, dice el traductor, “Leskov nos deslumbra con la viveza y variedad de las anécdotas relatadas y la sucesión vertiginosa de giros argumentales, con la presencia colosal de la inabarcable naturaleza rusa y, en fin, con una riquísima galería de personajes algunos de los cuales, resultan especialmente memorables”.

 

En la presente edición, de entre los 41 títulos presentados, obtuvieron una mención especial del jurado Helena Vidal por ‘Armenia en prosa y en verso’ de Ósip Mandelstam (Acantilado), Jorge Ferrer por ‘El libro negro’ de Ilyá Ehreburg y Vasili Grossman (Galaxia Gutenberg), que pronto irá ya por la cuarta edición, María García por 'Una noche con Claire' de Gaito Gazdánov (Nevsky Prospects) y Jorge Saura y Bibicharifa Jakimziánova por 'La Gaviota. Tío Vania' de Antón Chéjov (Alba).

 

El efecto Grossman

 

‘Vida y destino’, la obra con que se estrenó el premio “La literatura rusa en España” en 2009, se recordará como uno de los éxitos más inesperados del panorama editorial español. ¿Un escritor ruso, desconocido en España, cuya novela -a pesar de una traducción del francés anterior que pasó inadvertida- vendía más de 125.000 ejemplares sólo en el primer año? De repente los libreros se toparon con un superventas de un autor muerto, que relataba una situación más o menos remota: el Frente Oriental durante la Segunda Guerra Mundial. “El caso de ‘Vida y destino’ es algo que, como traductora, probablemente sólo te pueda pasar una vez en la vida –comenta Marta Rebón-. No sólo por su indiscutible valor literario. Es también el testimonio directo de la época más oscura de nuestra historia contemporánea. Grossman aunó la épica de Tolstói y el humanismo de Chéjov para contarnos capítulos muy duros del siglo XX y, a la vez, logró transmitir un mensaje de esperanza y vitalismo con ambición universal”. El efecto Grossman no sólo contribuyó a ampliar el conocimiento de la época soviética que tenían los lectores españoles, también animó a los editores a incluir más títulos rusos en sus catálogos. Por supuesto, este ‘boom’ de la literatura rusa habría sido imposible sin la tarea previa que realizaron muchos traductores quienes, medio siglo antes, abrieron el camino: Augusto Vidal, Lydia Kúper, Arnaldo Azzati, Isabel Vicente o José Laín Entralgo -el ‘grupo de Moscú', como es conocido-, entre otros. Y también por las editoriales que han apostado sin vacilaciones por la literatura rusa, como El taller de Mario Muchnik, Alba o Acantilado. Y ahora, en 2012, se da incluso el caso de que una nueva editorial, Automática, se presente en sociedad con 'Infancia' de Maksim Gorki. Toda una declaración de principios.

 

La sombra alargada de los clásicos

 

En el palmarés de las tres ediciones, incluidas las menciones, llama la atención la poca presencia de autores contemporáneos. Vladímir Sorokin, con 'El día del Opríchnik' (Alfaguara), es el único representante. “Sorokin construye una distopía neozarista absolutamente espeluznante adoptando la voz y el punto de vista fanático de un sicario de élite al servicio del poder autocrático, miembro del más feroz y selecto cuerpo represivo del Estado, en una Rusia futurista aislada del mundo por una Gran Muralla y ensimismada en su trágico y recurrente sino”, nos explica Yulia Dobrovolskaya. Para sus traductores, esta poca presencia de autores actuales está en mano de los editores, “hasta qué punto están dispuestos a apostar más allá de los valores seguros, consagrados por la posteridad. La sombra de los clásicos es alargada y su actualización es, sin duda, necesaria. Además no necesitan casi presentación, o muy poca, en comparación con la que requieren los autores vivos”. Por su parte, Fernando Otero opina que también sería necesaria “una reevaluación en profundidad, tarea nada sencilla, de la literatura del periodo soviético en su conjunto”.

 

Clásica, o contemporánea en menor medida, la literatura rusa en español vive uno de sus momentos más dulces, según Víctor Gallego. Si en los sesenta los traductores tenían una relación personal con Rusia muy marcada, en las últimas décadas ha sido la universidad la gran cantera de traductores, entre profesores y alumnos. No obstante, parece que la disolución de la carrera de Filología Eslava a causa del Plan Bolonia podría provocar algún retroceso. “En este contexto, la extinción de la titulación no puede ser una buena noticia. Con todo, lo más alarmante no es ya la desaparición de la titulación como tal y su disolución en un conjunto de estudios lingüísticos y literarios de más amplio espectro, sino las circunstancias -organizativas, políticas, económicas- que están acompañando al proceso y que pueden llegar a ser catastróficas en los años venideros”, augura Otero.

 

En opinión de Dobrobolskaya, hay autores magníficos inéditos en español, algunos ya traducidos a otras lenguas, otros a la espera de su oportunidad. Además de Sorokin y Ulítskaya, cita a Yuri Buida, Oleg Pavlov, Mariam Petrosyan, Marina Palei o Marina Ajmedova. "Ya están traducidos a otros idiomas y esperamos verlos pronto en español. Cada uno tiene su propia voz, se atreven con temas universales como el choque entre religiones, las guerras modernas, el paso a la edad adulta…”. Para Marta Rebón, “las editoriales más pequeñas están ayudando a dinamizar el panorama y a llegar a otro tipo de lectores. Estoy segura de que en estos próximos años habrá títulos de autores nuevos al alcance del lector en español”.