En Ciudad de México se puede comer en puestos callejeros, a todas horas y en cualquier lugar de la ciudad. Algunos ofrecen tacos de cabeza de ternera y otros venden mazorcas de maíz con mayonesa y chile picante. Sin embargo, seguramente los más curiosos de todos, se ubican en el centro de la Avenida de los Insurgentes. Son los puestos de empanadas rusas.

 

La inmigración rusa en México ha dejado una profunda huella a lo largo de los últimos cien años. Y eso se nota en la cultura, las artes, la música y también, por qué no, en la gastronomía.

 

Cada día, desde hace años, cerca de la estación de Metro Chilpancingo, hijos de inmigrantes rusos trabajan vendiendo en la calle esas empanadas al precio de ocho pesos cada una (poco más de medio dólar). Y van más allá.

 

La inmigrante Galyna Ionova se hizo famosa en México hace unos años al combinar uno de los platos prehispánicos más importantes, los tamales, con la comida de Rusia.

 

Galyna muele los granos de maíz cocidos en aceite vegetal y luego rellena los tamales con ingredientes típicos mexicanos (como los nopales, el frijol con hoja santa o la guayaba) que mezcla con el tvorog, el requesón dulce.

 

La historia de América Latina es también una historia de inmigrantes. Las principales ciudades del continente, sean La Habana, Ciudad de México, Santiago de Chile o Buenos Aires tienen mucho de los visitantes, exiliados o emigrados que se asentaron en ellas procedentes de Rusia a los largo de los siglos XIX y XX.

 

Buenos Aires acoge desde hace más de 90 años una Casa de Rusia, ubicada en la calle más larga de Argentina, la Avenida Rivadavia, y que vincula desde hace tres décadas al país andino con la élite cultural y científica de Rusia.

 

Cuba fue, como consecuencia de las estrechas relaciones entre los regímenes comunistas de la Unión Soviética y el país caribeño, un destino favorito para muchos rusos durante toda la Guerra Fría. La Habana Vieja aloja la Catedral Ortodoxa de Nuestra Señora de Kazán y es el hogar religioso de unos 1.300 ciudadanos rusos, aproximadamente los mismos que residen en Chile.

 

En México, el número es similar. Según cifras oficiales publicadas en abril del 2012 por su Instituto Nacional de Migración (INAMI), la cifra oficial de rusos en México es de 1.453 personas.

 

La mayor parte de ellos viven en el Distrito Federal (unos 618) y en la ciudad de Toluca (poco más de 120), que se encuentra a una hora de coche de allí. El resto vive, principalmente, en las zonas turísticas de la Riviera Maya y Baja California, a un tiro de piedra de Estados Unidos. Otros, por trabajo, residen en el centro del país, en las ciudades de Cuernavaca o Puebla.

 

En la capital mexicana, el Monasterio de la Santísima Trinidad, un pequeño centro religioso ubicado en el corazón de la ciudad, es uno de los principales puntos de reunión en el Distrito Federal.

 

Junto a Cuba, México es uno de los países latinoamericanos que más vinculación tuvo con Rusia durante el siglo XX. A mediados de los años 30, el presidente Lázaro Cárdenas, famoso por ser el jefe de estado que dio la orden para la nacionalización del petróleo, dio asilo político a León Trotski y muchos otros revolucionarios que huían del régimen de Stalin.

 

Pero antes, a principios del siglo XX, habían llegado al país americano algunos rusos molokanes, que habían sido expulsados del país por el Zar Nicolás II, y que fueron seguidos por aquellos que escapaban de las purgas.

 

Y hasta hoy. En tiempos recientes, el país recibió a uno de sus científicos más importantes, Alexánder Balankin, que en el año 2005 recibió el UNESCO Science Prize y que en 1991 había recibido el Premio de la Academia de Ciencias de la URSS. Balankin emigró a en 1992 a México, país del que ha tomado su actual nacionalidad.

 

En el barrio de Coyoacán, cerca de la casa de los artistas Frida Kahlo y Diego Rivera, vivieron personajes como el famoso pintor Vladimir Kibáchic Rusakov (Vlady) que vivió en el país durante 62 años, hasta su muerte. O el arquitecto de origen ruso Vladímir Kaspé, que construyó algunos de los edificios más importantes de la ciudad en los años 40.

 

Las relaciones entre Rusia y México tienen también una historia curiosa en la figura de Mario Moreno, “Cantinflas”, uno de los cómicos más importantes de su tiempo.

 

Cuenta la historia que, en torno a 1929, el artista circense y actor cómico Estanislao Shilinsky llegó a México para formar parte de un circo ruso - de los que hoy en día siguen llegando al país - y se asoció con el cómico Manolín Palacios Sierra para crear 'Manolín y Shilinsky', un número de comedia que vivió entre 1949 y 1975.

 

Con 18 años Shilinsky ayudó a Mario Moreno a crear el personaje de Cantinflas, de quien se volvió concuñado, ya que ambos actores se acabarían casando con las hermanas Olga y Valentina Ivanova, respectivamente.

 

Shilinksky fue una de las estrellas de la Edad de Oro del cine en México, donde incluso fue protagonista de muchas películas.

 

Si bien la comunidad rusa en México y en otros países de Latinoamérica no es excesivamente grande, sin duda ha dejado huella en los países donde se ha asentado.