“En el transcurso de las reformas y de su profundización, se fue haciendo claro que eran medidas no adecuadas. En este periodo de 1989-90, comenzó la formación de la oposición ‘nacional-patriótica’, donde confluían parte de los conservadores soviéticos, grupos de reformadores desilusionados con las reformas. El neo-Eurasismo germinó en este entorno como un fenómeno ideológico y político, dirigiéndose gradualmente sobre una consciencia autopatriótica en la Rusia pos-soviética”, reza uno de los documentos fundacionales del movimiento eurasiático contemporáneo.

Alexánder Dugin, antropólogo, historiador y profesor de sociología en la Universidad Lomónosov de Moscú, ejemplifica a la perfección el trayecto seguido por el eurasianismo moderno. De buena familia soviética, Dugin estudió en el instituto de aviación de Moscú y comenzó su carrera trabajando en los archivos secretos del KGB. Durante la perestroika ejerció de periodista y creó junta a su amigo Gueidar Dzhemal una asociación nacionalista llamada ‘Pamyat’.

En 1991 elaboró junto a Guennadi Ziugánov el programa del nuevo Partido Comunista de Rusia y en 1994 decidió entrar directamente en política con el Partido Nacional Bolchevique, convenciendo al chocante escritor Eduard Limónov para participar en el proyecto. El partido no consiguió el éxito esperado y se dividió a finales de los 90 entre el ala izquierdista y la más conservadora, en lo que fue sobre todo una lucha de ‘egos’ entre Dugin y Limónov. El segundo se radicalizó en sus críticas al gobierno, acercándose al movimiento de oposición liderado por Kasparov, mientras que Dugin abrió una vía de colaboración con el poder acercándose a Evgueni Primakov.

Esa colaboración se vio consolidada durante los primeros años de Putin, en los que Dugin incluso creó el Partido Eurasiático (2001), transformado más tarde en una fundación (Movimiento Eurasiático) que recibía fondos del gobierno. Sin embargo, la relación de Dugin con el entorno de Putin no fue siempre cordial. Si bien ayudó a la construcción ideológica de Rusia Unida y era reconocido por su capacidad de movilización juvenil, sus críticas al gobierno y cierto egocentrismo de Dugin crearon recelo alrededor del personaje.

Dugin criticó abiertamente a Putin por 'la pérdida de Ucrania' y en general por 'no hacer nada' contra las revoluciones de colores, la expansión de la OTAN y su 'condescendencia con el imperialismo norteamericano', además de por aplicar una política económica 'excesivamente liberal'. Aun así, Dugin ha definido a Putin como “un gran Estadista, aunque un moderado en algunos de sus postulados” y entre el Movimiento Eurasiático y el entorno de Rusia Unida ha existido una utilización provechosa.

Como hemos dicho, el movimiento encabezado por Dugin tiene una gran capacidad de movilización social, además de contactos en los órganos de poder y una admirable disciplina. Estas cualidades le han permitido organizar eventos tan dispares como contramanifestaciones, conferencias internacionales, ‘ataques’ a la embajada ucraniana en Moscú, campos de entrenamiento militar, mediación diplomática o participación en la guerra de Ossetia del sur.

El movimiento encabezado por Dugin pretende una revisión de la historia y la filosofía según parámetros espaciales, rechazando las ideas de ‘evolución’ y ‘progreso’. De tal manera, los eurasiáticos descartan que la historia de Rusia sea uno de los muchos desarrollos locales, y la definen como la vanguardia del sistema espacial (Este), opuesto al temporal (Oeste).

Ciertamente, el nuevo eurasianismo no es monolítico y auna a diversos pensadores, desde los moderados Primakov o Tsimbursky, a los más radicales Dugin y Panarin. No obstante, todos coinciden en presentar la cultura rusa como una civilización original, que reúne parte de la experiencia oriental como occidental. De tal forma, sostienen que la población rusa no debe ser percibida ni como europea ni como asiática, sino como una comunidad aparte.

“Los eslavófilos proclamaron el valor de la tradición, la grandeza de los tiempos antiguos, el amor hacia el pasado de Rusia, y alertaron sobre los peligros del progreso y la enajenación de Rusia con muchos aspectos de la cultura occidental. De esta forma, el imperio Moscovita (s.XV-XVI) representa el mayor desarrollo del Estado ruso. Rusia es entendida como la ‘Sagrada Rus’, una potencia que cuenta con su misión histórica”, asegura el referido texto fundacional del Movimiento Eurasiático.

Estos postulados eurasiáticos cristalizarían ya en el segundo mandato de Putin, en la ideología de la 'democracia soberana', en la que se define la soberanía en un sentido negativo, como ausencia de cualquier interferencia de otros Estados. “El eurasianismo rechaza el modelo centralizado del mundo. Además, argumenta que el planeta está compuesto por una constelación de autonomías que viven en espacios parcialmente abiertos. Estas áreas no son Estados-Nación, sino una coalición de Estados, reorganizada en federaciones continentales. De esta forma el eurasianismo rechaza absolutamente el universalismo atlantista y americano”, confirma Dugin.

Según Dugin, “la civilización Occidental construyó su propio sistema sobre las bases de la secularización del cristianismo occidental (catolicismo y protestantismo), dando supremacía a valores como el individualismo, el egoísmo, la competencia, el progreso tecnológico, el consumismo y la explotación económica. La civilización romano-germánica toma su posición de poder global no por una grandeza espiritual, sino por la fuerza material; de esta forma, el resto de pueblos son apenas evaluados bajo criterios occidentales de supremacía del racionalismo y progreso técnico”.

Esta idea de que ‘el mundo romano-germánico’ siempre ha querido a Rusia como una colonia que produzca materias primas para las fábricas europeas ya fue lanzada en los años 20 por Trubetskoi en su manifiesto ‘Europa y la Humanidad’. “La vasta dimensión de Rusia disturba a Europa. A pesar de que la India está más poblada que Rusia, los ingleses han tomado todo su país. África es más grande que Rusia, pero ya ha sido dividida en Estados romano-germánicos. Probablemente ocurra lo mismo con Rusia, que es vista apenas como un territorio con mucha riqueza mineral”, escribió Trubetskoi.

Los defensores de la nueva estrategia eurasiática presentan los siguientes argumentos a favor de su postura:

1. Rusia es un ‘puente’ entre Europa y Asia; tiene un status geopolítico único que debería de usarse de forma más efectiva, en beneficio de los intereses nacionales.

2. El principal factor para consolidarse como gran potencia es la economía, y el modelo eurasiático (neomarxista) es óptimo para un país en reconstrucción.

3. El modelo eurasiático permite desarrollar la política externa rusa en sus principales direcciones: Europa, Asia y Norteamérica.

“En la historia se han visto diferentes formas para una integración similar de los territorios post soviéticos: desde los hunos y otros imperios nómadas hasta Gengis Kan y sus sucesores. Más recientemente, la integración fue liderada por Imperio Ruso de los Romanov, y después por la URSS. En estos días, la Unión Euroasiática prolonga esa tradición a través de un único modelo ideológico, que toma en consideración procesos democráticos, respeto de los derechos nacionales, y otorga especial atención a la cultura, la lengua y los atributos étnicos de todos sus miembros. El eurasianismo es la filosofía para la integración de los territorios post soviéticos, sobre unas bases democráticas, voluntarias y no violentas, sin dominación de ningún grupo étnico ni religión”, añade Dugin.

Vladimir Lamanski, Konstanin 
Leontiev, Piotr Savitski, George Vernadski o Nikolái Trubetskoi, sentaron hace un siglo las bases de este eurasianismo, entonces influenciado por el imperialismo clásico, las teorías de Mackinder, el expansionismo ario de la SS-Ahnenerbe o el paneuropeísmo del olvidado conde austríaco Richard Coudenhove-Kalergi, quien abogó por la fusión entre las culturas de Europa y las colonias en el periodo de entre guerras. 

“La unión de esta región deriva de su propia naturaleza, lo que empuja a los pueblos de Eurasia a reconocer que necesitan formar un Estado único y a crear sus culturas nacionales propias”, escribió el príncipe Nikolái Trubeskoi (descendiente de nobles lituanos), añadiendo que “Rusia no es europea, la mitad de la cara de los rusos es asiática”. De acuerdo con el investigador de la Universidad de Södertorn Mark Bassin, Trubetskoi creó la idea de Eurasia para reemplazar a la Rusia imperial y como alternativa al edificio cultural y político bolchevique, que por entonces estaba aun en construcción. Así, empujado por la necesidad de implicar a sus pueblos, Trubetskoi predica 'el hecho objetivo' de que todos comparten el ‘ethnos’ eurasiático.

Piotr Savitski, otro de los pioneros eurasianistas, basaba su argumento en que Eurasia era geográficamente indivisible: “Los términos europeo y asiático son incompatibles con cualquier entendimiento de Rusia, como un mundo y una geografía especial e íntegra”. Esta teoría de que la geografía hace a Rusia eurasiática ha servido de argumento para muchos centroeuropeos como Vaclav Havel para demostrar que “Rusia no es uno de los nuestros”, al mismo tiempo que legitimaba a los eurasiáticos en su concepción de Rusia como un universo propio.

Sin embargo, los oponentes de la estrategia euroasiática rechazan que el status de gran potencia de Rusia dependa de su posición geopolítica de ‘puente’ entre Europa y Asia, definiendo esta teoría como “un mito que no tiene en cuenta la realidad ya que Rusia no dispone de un sistema de comunicación, ni de base económica, ni de recursos, ni de una estrategia definida para poder convertirse en dicho ‘puente’, ni siquiera para considerarse una civilización aparte en vías de desarrollo”, como explica el profesor de la Escuela Superior de Economía de Moscú Andréi Melville.

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