Juan Beláyeff es recordado no sólo por sus trabajos cartográficos y hazañas militares que llevaron a Paraguay a detener el avance de las tropas bolivianas en la terrible Guerra del Chaco, una guerra que llevó a la total ruina a los dos países más pobres de Sudamérica, los dos únicos sin salida al mar, en busca del dominio de tierras supuestamente ricas en petróleo para ganancia de la Standard Oil Company y la Royal Dutch Shell que se lo disputaban. Pero “de cierta forma la Guerra del Chaco fue también una continuación de la I Guerra Mundial pues del frente boliviano fue nombrado comandante en jefe Hans Kundt, un veterano alemán que había luchado en el frente oriental contra Rusia, mientras que en el ejército paraguayo lucharon Iván Timoféyevich y 70 oficiales rusos más”, recalca su sobrino nieto Serguéi Beláyeff, doctor en ciencias históricas y principal colaborador científico del Instituto de Historia Universal de la Academia Rusa de Ciencias.

Juan Beláyeff. Fuente: Cortesía de la familia Beláyeff. 

Paraguay había perdido importantes territorios tras la Guerra de la Triple Alianza contra Argentina, Uruguay y Brasil en la segunda mitad del siglo anterior y, lo más importante, había perdido el 90 % de su población masculina adulta. Por eso, los emigrantes de diferentes países europeos eran bien recibidos, se les daban tierras e incluso se les conservaba el rango militar que tuvieran en sus respectivos países. Con el triunfo de la Revolución bolchevique en 1917 comenzó la primera ola de emigrantes rusos a otros países. Entre ellos estaba Beláyeff que tan pronto llegó al país se hizo amigo personal del presidente Eusebio Ayala y obtuvo permiso para invitar a ingenieros, médicos y otros especialistas rusos que pudieran ayudar al progreso de Paraguay. Fue precisamente gracias a los inmigrantes rusos que se construyeron muchas carreteras, se urbanizaron varias zonas de Asunción, se introdujeron nuevas técnicas de cultivo y se fundó la Facultad de física y matemática en la Universidad Nacional de Asunción.

Pero el sueño de Beláyeff era fundar un Hogar Ruso para los exiliados por la Revolución. Durante su vida hizo todo lo posible por atraerlos y ayudarlos con la idea de crear una comunidad donde continuar los valores tradicionales rusos destinados a desaparecer con el triunfo de los bolcheviques. Por ejemplo, arrendaba habitaciones en su casa a familias emigradas. La casa, que desafortunadamente no se conservó, estaba cerca de la iglesia ortodoxa de Asunción. Conservando los valores prerrevolucionarios, decía, debían estar preparados para volver en cualquier momento a su patria original no para vengarse, sino para paternalmente ayudar a reconstruirla espiritualmente. Sin embargo, esto no significó en ningún momento que la diáspora rusa se mantuviera como una isla solitaria entre la población paraguaya. Por el contrario, aprendieron rápidamente el español, enseñaron a los nativos nuevas técnicas de agricultura y la practicaban e impulsaron la industria agrícola del país.

Pero su más destacable característica fue que conservaron la idea de defender a Paraguay igual que si estuvieran defendiendo a Rusia. Por eso los emigrantes rusos han sido recordados durante todo el siglo XX con gratitud como importantes impulsadores del país. A pesar de que muchos de esos recuerdos se han perdido durante los últimos veinte años aún quedan para la memoria las tantas calles de Asunción que llevan nombres de los héroes rusos que dieron su vida por defender Paraguay. De hecho “uno de los valores inculcados en la familia Beláyeff era el de defender el país que le había ofrecido refugio, sin importar cuál fuera. Defenderlo con honor y con la propia vida” comenta Serguéi.

Juan Beláyeff en un periódico de la época. Fuente: Cortesía de la familia Beláyeff.

Iván Timoféyevich Beliáyev, conocido en Paraguay como Juan Beláyeff nació en San Petersburgo en 1875 en el seno de una familia aristocrática de tradición militar. En su ciudad natal terminó la escuela militar donde también estudió diferentes disciplinas: ligüística, cartografía y antropología.Desde muy pequeño comenzó a interesarese seriamente en el estudio de los pueblos aborígenes de Sudamérica. “Muchas personas que lo conocieron me contaron que Iván Timofeyevich era una persona muy activa y se diferenciaba radicalmente de sus hermanos por lo curioso, activo e inquieto. Tenía un gran interés por el conocimiento y su curiosidad sobrepasaba los intereses que usualmente podía tener una familia aristocrática rusa de tradición militar. Desde la niñez soñaba vivir entre los indios suramericanos e incluso sabía de la existencia de la tribú maccá gracias a algunos libros heredados de su familia”, cuenta Serguéi.

Después de la guerra civil en Rusia emigró a los Balcanes, pasó un tiempo en Bulgaria y viajó a Argentina donde vivió casi un año dando clases de francés y piano. Pero seguía soñando con Paraguay y por eso a la primera oportunidad se trasladó a Asunción en el vapor “Berna”. Poco después de llegar fue enviado a realizar exploraciones en el desértico Chaco boreal donde entró en contacto con los indios maccá que lo aceptaron como uno de ellos hasta el punto de convertirse en su líder. Los indios lo respetaban por su coraje y su interés por su cultura, incluso vieron en él una especie de profeta. Pero sobre todo porque Beláyeff luchó por sus derechos en la sociedad paraguaya y no en vano fue llamado el “Fray Bartolomé de las Casas” de Paraguay. Además de obtener el apoyo de los indígenas, en sus expediciones pudo determinar la ubicación de fuentes de agua y trazar rutas que después fueron indispensables para el desarrollo de la Guerra del Chaco. Los indígenas apoyaron a los paraguayos llevándoles agua y comida cuando ambos ejércitos se morían de ser en medio del desierto.

Serguéi comenta que “muchos dicen que tuvo una india como mujer y que tuvieron un hijo, pero no es un hecho comprobado. El hecho es que llegó a adoptar a un indígena y tenía una relación muy paternal con los integrantes de la tribu. Beláyeff conocía 17 distintas lenguas de los indios locales. Introdujo nuevas técnicas de agricultura y creó la escritura de la lengua maccá. Por su propia voluntad al morir fue enterrado en las tierras de la tribu no muy lejos de Asunción, donde hasta nuestros días los descendientes de su familia adoptiva cuidan sus restos. La tribu fue trasladada a otro lugar, pero ellos se quedaron allí”. Se cuenta que al morir Beláyeff y durante la misa en la iglesia ortodoxa de Asunción, su hijo adoptivo se lanzó sobre el ataúd para impedir que lo enterraran en el cementerio de la iglesa y no se retiró hasta lograr que se lo devolvieran.

Con motivo del bicentenario de la independencia y con ayuda del Instituto de América Latina en Moscú se invitó a Paraguay una delegación de Rusia con los descendientes del general Beláief. Integraron la comisión dos de sus sobrinos nietos, en representación de la Academia Rusa de las Ciencias estuvo el ya mencionado Serguéi Beláyeff  y por la Iglesia Ortodoxa de Rusia NIkolái Beláyeff.  Allí visitaron el monumento a su tío abuelo, el monumento a los generales rusos en el panteón de los héroes del Paraguay, la iglesia rusa ortodoxa paraguaya y el cementerio de oficiales rusos. Fueron recibidos por la ministra de cultura y el ministro de defensa de Paraguay, además de varios senadores. Serguéi dice que “algo que me conmovió hasta las lágrimas es que la participación de los migrados rusos en la sociedad paraguaya fue tan fuerte que hasta hoy se recuerda no como historia muerta, sino que es parte viva del país. Ese amor y respeto por los emigrados rusos no existe en ningún otro país del mundo. Pero creo que lo más importante es destacar es que los valores inculcados en nuestra familia siempre han sido los del valor y el respeto, no sólo por la propia patria, sino por quienes nos ayudan. Porque patria en ruso no es una idea ligada simplemente a la tierra, sino a la familia, a los valores, a la espiritualidad. Por eso no es increíble que él, al igual que los rusos llegados al país, hayan defendido con tanto honor a Paraguay”.