Recuerdo perfectamete ese día. El 12 de junio de 1990, bajo la presidencia de Borís Yeltsin, el Sóviet Supremo de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia (RSFSR), la más grande de las quince que conformaban la URSS, aprobó un documento que pasaría a ocupar un papel fundamental a partir de ese momento, aunque hoy casi nadie lo mencione. El documento era la “Declaración de soberanía estatal de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia” y proclamó a Rusia como un estado democrático bajo el principio de la división de poderes. En dicho documento se anunciaba la intención de que Rusia fuera miembro de una URSS 'reformada'. Aunque, se estableció que la constitución y las leyes de la RSFSR prevalecerían sobre la legislación de la Unión Soviética, lo cual, en efecto, fue un golpe del que el Estado soviético jamás se recuperó.

La fecha se declaró fiesta nacional (y día no laborable) en 1992, cuando la URSS ya había dejado de existir y Borís Yeltsin era presidente de la Federación Rusa. De hecho, se trata de la fiesta nacional más importante, ya que se supone que conmemora la fundación del Estado ruso moderno y democrático. Además, viene acompañada de una fastuosa celebración en el Kremlin. Sin embargo, el ciudadano ruso medio es indiferente a la celebración o incluso abiertamente hostil, como es el caso de numerosas personas mayores. Con un dejo de ironía, muchos aún lo llaman 'Día de la Independencia' y suelen agregar con una mueca amarga: "¿Independencia? ¿De quién?”.

Para los pueblos de Europa Central y del Este, despojarse del comunismo supuso, sobre todo, librarse de una ocupación extranjera. Incluso aquellos países como Rumanía y Bulgaria, cuyos territorios no estaban ocupados por las tropas soviéticas en 1989 podían argumentar, con toda razón, que sus problemas eran la consecuencia lógica de los Tratados de Yalta firmados por Stalin, Roosevelt y Churchill en 1945 y de la pérdida de libertad que éstos ocasionaron.

En cambio, para los rusos fue diferente. Cuando repaso los hechos que se sucedieron entre 1989 y 1991 no dejo de asombrarme por todo lo que logró un grupo relativamente pequeño de personas. Los que derribaron al Estado comunista fueron varios cientos de miles de personas en Moscú y San Petersburgo (que en 1991 recuperaría su nombre histórico), los descontentos pueblos bálticos y algunos nacionalistas georgianos. El sistema ya estaba muy debilitado por la ineficiencia económica y había sido socavado por circunstancias externas, como la guerra en Afganistán.

Aun así, la velocidad y la relativa paz con que se desintegró el Estado soviético (al menos, en comparación con el mar de sangre que corrió en Yugoslavia) fueron casi un milagro. La otra cara de la moneda fue que los rusos no estaban preparados para la pérdida de lo que, para bien o mal,  consideraban 'su' país. Mientras que los británicos y los franceses pudieron abandonar sus colonias e intentar borrar de la memoria la existencia de India y Mali (aunque resultase sumamente difícil), los rusos no pudieron hacer lo mismo. La URSS fue el último gran imperio territorial en desaparecer. En realidad, las antiguas 'colonias'  nunca se fueron a ningún lado: están ahí, al otro lado de fronteras que muchos consideran artificiales. Si bien a la mayoría de los rusos les resulta indiferente haberse despojado de Asia Central, musulmana en su mayor parte, y de la conflictiva región del Cáucaso, cuando se trata de Ucrania y Bielorrusia impera otro sentimiento, como si fueran parientes que se alejaron pero que, tarde o temprano, volverán a ser parte del territorio ruso.

La nostalgia imperial se vio exacerbada por acontecimientos internos. Tras un breve período a principios de la década de 1990, en el que los intelectuales de la perestroika desempeñaron un papel de liderazgo en el gobierno de Yeltsin, la burocracia de la era soviética retornó al poder y  consigo volvió una visión anticuada del gobierno, algunas fobias de estilo soviético y un cinismo infinito, multiplicado por la codicia que ahora recibía la venia oficial bajo la bandera del 'capitalismo'.

Hace poco participé en un seminario de politología en Krasnodar, una de las ciudades más prósperas de Rusia, ubicada al sur del país. Dentro de un numeroso grupo de jóvenes, entre 20 y 25 años, varios de ellos aún insistían en la necesidad de 'conservar lo mejor del legado soviético'. Cuando les pedí que describieran qué era exactamente lo que habría que conservar, no supieron qué responder. Algunos comenzaron a hablar del colectivismo, que estaba en franca oposición con el consumismo y el individualismo de la era moderna, pero cuando les pregunté si aceptaban que el precio de dicho colectivismo fuera la guerra civil, el GULAG y la falta permanente de derechos y libertades fundamentales, estos jóvenes profesionales se quedaron sin palabras. Para mí, esa fue la mejor prueba de como la clase política rusa ha fallado en la crucial tarea de redefinir la identidad nacional de una forma moderna, positiva y con miras al futuro.


Esto debe cambiar. Una vez finalizado el seminario, los estudiantes siguieron preguntándome acerca de la reciente ola de manifestaciones a favor de la democracia en Moscú y del futuro del actual sistema político semisoviético al que la mayoría de las personas está acostumbrada. Sentían que es necesario un cambio, pero desconocían si es posible lograrlo o cómo puede alcanzarse. Yo pensé que, tal como ocurrió a fines de los años 80 y a principios de los 90, la tarea de liderar el movimiento por la renovación rusa y por dejar atrás, por fin, la piel soviética, recaerá en Moscú y San Petersburgo. Sólo si eso ocurre (o, mejor dicho, en el momento en el que eso ocurra), la menospreciada y olvidada declaración de 1990 será objeto de reivindicación.