Vladímir Vladimirovich Beloussov era el invitado estrella. Vestido con un elegante traje azul, me dio una impresión de gran seguridad: un hombre acostumbrado a llevar la voz cantante. En su intervención, desgranó sus argumentos con aplomo: la llamada nueva geología, dijo, se había originado a partir de observaciones obtenidas en las cuencas oceánicas, pero no era utilizable en los continentes. Su interpretación era que los propios fondos marinos no se generan a partir de las dorsales oceánicas, sino a través de un proceso que denominaba oceanización. En éste, la corteza continental, anegada por intrusiones basálticas, acababa hundiéndose en el manto transformada en corteza oceánica. Años después supe que Beloussov había dado forma a esta idea en sus expediciones a África Oriental, cuyos valles de rift interpretó como las etapas iniciales del hundimiento de un continente.

Los argumentos de Beloussov no calaron en el auditorio. En aquel momento, el aluvión de nuevos datos sobre la Tierra era continuo (y deslumbrante), y contra él podían poco unas ideas que eran esencialmente teóricas, como lo habían sido todas las grandes ideas geodinámicas hasta aquel momento. Sin embargo, hubo un instante en que el veterano tectónico se ganó el corazón, si no la mente, del auditorio; o al menos, el mío. Fue en la fase de discusión. Beloussov fue confrontado con Paul Tapponnier, un joven investigador francés que dio un recital de absoluta falta de educación, tratando de ridiculizar a su oponente, quien por el contrario nos ofreció una hermosa lección de saber estar. Salí del venerable salón de actos pensando que no basta con tener razón: hay que saber esgrimirla.


Ha llovido mucho sobre la Geodinámica desde 1972. Ahora sabemos que aquella versión inicial de la tectónica de placas contenía importantes lagunas, e incluso errores de bulto. Algunos de ellos habían sido señalados acertadamente por  Beloussov en un debate mantenido en las páginas de la revista Geotimes con el tectónico canadiense John Tuzo Wilson. Esta batalla dialéctica comenzó con una carta abierta enviada por Beloussov a Wilson como respuesta a un artículo previo de éste en el que se pregonaba que la tectónica de placas constituía una revolución en las ciencias de la Tierra. En su carta, el soviético ponía de relieve muchas de las inconsistencias de la teoría recién nacida. Entre los puntos en que Beloussov daba en el blanco, los más importantes eran:


    - la situación geodinámica de África, rodeada de rifts por sus bordes oeste, sur y este, y obligada por ello a moverse hacia el norte. En general, la falta de ideas sobre la geología de los continentes.
    - la ausencia de explicaciones de la nueva teoría a los movimientos en la vertical.
    - la formación de montañas (y, en general, la dinámica) de la Tierra antigua. Es interesante señalar que esta misma objeción le fue planteada a Wegener.
    - el origen de los mares interiores, como el Caribe o el Mar Negro.
    - la igualdad del flujo térmico en los continentes y las cuencas oceánicas.
    - el origen del calor orogénico.
    - la falta de explicaciones sobre los ciclos orogénicos: cómo empezaban y especialmente cómo terminaban.


Estas objeciones eran la concreción del rechazo que a Beloussov siempre le habían inspirado las ideas de la movilidad continental, como lo demuestra esta cita suya: “Muchas hipótesis han causado un daño considerable a la Geotectónica, al dar a otros especialistas la impresión de que éste es un campo en el que reina la fantasía más superficial. El ejemplo más claro de ello es la teoría de la deriva continental de Wegener, una idea fantástica sin ninguna conexión con la Ciencia”.


La mayor parte de las objeciones anteriores ha sido resuelta, a diferente grado de satisfacción, por las siguientes versiones de la teoría. Pero, aparte de los reparos científicos de Beloussov, hay otro metodológico que me parece clave: la queja sobre la falta de citas del trabajo de los científicos soviéticos por parte de los occidentales. Este reproche, que con la misma justicia se podría haber dirigido también en sentido contrario, nos instala de lleno en la guerra fría: un mundo partido en dos, en el cual incluso la comunidad científica, que por definición debería trabajar unida en la búsqueda de la comprensión del mundo, miraba con recelo (o, directamente, ignoraba) las aportaciones realizadas en el otro bloque.


En este plano, me parece pertinente detallar algunos hitos de la carrera académica de V. V. Beloussov. En 1944 fue nombrado director del Departamento de Geodinámica del Instituto de Física de la Tierra en Moscú, y desde 1953 fue profesor de Geotectónica en la Universidad Estatal de aquella ciudad, además de ser nombrado miembro de la Academia Soviética de Ciencias. Sus libros “Geotectónica general” (1948) y “Problemas básicos en Geotectónica” (1954) le confirieron un enorme prestigio. Poco después (1957) empezó su carrera internacional, al ser nombrado vicepresidente de la Comisión del Año Geofísico Internacional; en 1960, presidente de la Unión Internacional de Geodesia y Geofísica; y en 1964, editor para la Unión Soviética de la revista Tectonophysics, que publica Elsevier.


En este elevado escalón de éxito académico y científico se encontraba Beloussov en 1966. Pero entre el otoño de ese año y el principio del siguiente se sucedieron  descubrimientos geofísicos y oceanográficos que cambiaron las ciencias de la Tierra. La contracción del planeta como motor de la elevación de las montañas, que era el edificio científico construido desde mitad del siglo XIX, comenzó a derrumbarse ante los ojos de sus constructores. A sus 60 años, Vladimir Vladimirovich había madurado sus hipótesis geotectónicas: la oceanización para explicar las cuencas oceánicas, y la teoría de las pulsaciones (ciclos de expansión y contracción) para justificar el ritmo de las orogenias. Lógicamente, no dio la bienvenida a las nuevas ideas propagadas como reguero de pólvora en las febriles reuniones que mantenían los oceanógrafos norteamericanos: los datos que según Tuzo Wilson obligarían a reescribir todos los libros de Geología.

¿Hubo elementos ideológicos en este rechazo? Ésta es la tesis que propuso en 1980 el geólogo británico Robert M. Wood. Su razonamiento tomaba como base las ideas del académico soviético M. A. Usov, según el cual “…la Geotectónica es una manifestación del proceso de desarrollo de la materia terrestre, en el que la compresión representa largos periodos de lucha reprimida, y la expansión una fase revolucionaria”. Tal vez Beloussov, consciente o inconscientemente, estaba aplicando al planeta esta dialéctica. Es cierto al menos que la idea de los ciclos fue siempre muy querida por Vladimir Vladimirovich. En su réplica a Tuzo, argumenta: “¿Cuál es la explicación de los ciclos tectónicos, con su repetición regular y básicamente uniforme de fenómenos tectónicos y magmáticos?”.

El final de la historia es conocido: la tectónica de placas triunfó, también entre los geólogos rusos, convirtiéndose en la más explicativa de las teorías sobre el planeta que se han propuesto desde que Charles Lyell fundase la Geología. Y, visto desde el final de mi trayectoria académica, mi encuentro con Vladímir Vladimirovich Beloussov, hace ahora 40 años, fue mi mayor aproximación a los protagonistas  de ese momento histórico que cambió las ciencias de la Tierra.

Un cambio que, hoy nadie lo discute, fue plenamente revolucionario.


Referencias

- Beloussov, V.V. y Wilson, J.T. (1968). Debate about the Earth. Geotimes, Dic. 1968, 17-22.
- Beloussov, V.V. (1979). Why I do not accept plate tectonics? EOS, 60-17, 207-211.
- Wood, R.M. (1980). Geology versus dogma: the Russian rift. The New Scientist, 86, 234-237.

Figuras

1. Vladímir Vladimirovich Beloussov (1907-1990).
2. La oceanización: el magma basáltico asciende, hundiendo en el manto la corteza continental.
3. El salon de actos del Instituto Geológico y Minero de España, en Madrid: el lugar donde conocí a V.V. Beloussov.
4. Portada del número de la revista New Scientist que contiene el artículo de Robert M. Wood sobre el rechazo de la tectónica de placas por los geólogos soviéticos.