Quien visite hoy la capital uruguaya puede sorprenderse por la notable diversidad arquitectónica.  El eclecticismo se da fundamentalmente en zonas del oeste, como el barrio del Prado.  Montevideo sufrió durante décadas una verdadera enfermedad que provocó que se demolieran excelentes obras de arte. Se destrozaron barrios enteros, que se convirtieron en inocuas áreas llenas de edificios convencionales.

La embajada rusa es un ejemplo de las innumerables residencias de calidad con las que contó la urbe. La casa se conserva porque fue, primero, alquilada en 1944 y después adquirida por la URSS, once años más tarde. Actualmente se encuentra en muy buen estado. En la zona en la que está situada había hasta mediados del siglo pasado un colegio británico, y en las inmediaciones  vivía parte de la comunidad anglosajona.

La construcción fue encargada por un financiero y conocedor de arte llamado Fernando Darnaud, oriundo de la ciudad de Salto, segunda urbe del país y que llegara a ser tan o más próspera que la propia Montevideo. Según Elena Asajova, autora de un interesante texto dedicado a esta vivienda, Fernando Darnaud descendía de nobles franceses y su apellido original era Arnaud, cambió en el Río de la Plata como sucedió con tantos nombres. La casa que nos ocupa es obra del uruguayo Horacio Azzarini y fue concluida en 1927.


Fresco en el techo del interior de la Embajada. Fuente: Marcelo López.

La propia Asajova nos da pautas generales para interpretar la vida de los originales propietarios de la embajada rusa. En aquella época muchas familias uruguayas de las clases media y alta viajaban con toda su familia por las capitales europeas. A menudo los hijos se quedaban para estudiar y los padres pasaban con ellos medio año o más. Regresaban cargados de múltiples objetos de arte de una Europa arruinada por las guerras. De esta manera llegaban a Uruguay cuadros de famosos pintores europeos, porcelana de las mejores fábricas francesas y alemanas, alfombras persas, piezas chinas, objetos de artesanía antigua de Egipto, cristales de Venecia y Francia, esculturas de mármol italiano...

Arquitectura modernista

Obra del arquitecto Azzarini, fue concluida en 1927 como residencia veraniega de la acaudalada familia Darnaud.


Los Darnaud dejaron prácticamente todo el mobiliario y la casa conserva actualmente todos los elementos de ornamentación y decoración originales. Todo en ella está importado de Europa y la casa, a pesar de su eclecticismo, tiene un aire que nos transporta hasta Florencia o Venecia.

Fernando Darnaud era propietario de varias casas y edificios en Montevideo y Salto. Su residencia principal, construida en 1922 estaba en el centro y constaba de tres plantas. Desgraciadamente, es otra de las tantas viviendas víctima de la piqueta feroz del mal entendido progreso.

Interior del edificio. Fuente: Marcelo López.

Por su parte, la casa donde hoy se asienta la embajada rusa se construyó con el empleo de las técnicas más avanzadas para su época. Por ejemplo, en todas las habitaciones había radiadores, un sistema que se mantiene operativo hasta hoy y que resulta útil en los fríos inviernos uruguayos, además tenía teléfonos para las comunicaciones internas. Pero lo más interesante es que contaba con una sala de cine en años en los que el denominado séptimo arte era una obsesión para los uruguayos. Las películas que se mostraban no sólo eran de cine internacional, sino que también había producciones nacionales. Uruguay tuvo su primera sala cinematográfica en 1896 y las primeras producciones realizadas completamente en el país fueron a partir de 1898. El primer largometraje data de 1919, en perfecta sintonía con los países más desarrollados.

Además de la sala para biógrafo, como se solía decir, había un gimnasio con ring de box y desde Inglaterra se trajo una enorme mesa de billar que se mantiene hasta la fecha. Pero los Darnaud eran viajeros. La actual embajada rusa sólo se usaba durante dos meses de verano, en enero y febrero, de modo que es probable que nunca hicieran uso del sofisticado sistema de calefacción. Todos estos datos pueden parecer hoy algo sui generis y llevarnos a pensar que la casa de los Darnaud era particularmente conocida por los montevideanos. Sin embargo, con sólo cotejar las fotografías de época, vemos que era uno de los tantos edificios imponentes que existían en la zona. Es más, probablemente el alquiler de los soviéticos diera un valor particular a esta vivienda.