Si por algo ha quedado grabada en el imaginario colectivo la isla de Sajalín, es sobre todo por la visita de Antón Chéjov y su libro. Hasta entonces era una remota lengua de tierra en eterna liza con Japón. Para los rusos, sin embargo, también era una de las estaciones de llegada de los deportados dentro del sistema penal zarista. Esa sombra siniestra se percibía en cada detalle de la isla. Cuando Chéjov pregunta por qué atan los animales domésticos e inofensivos como cerdos y gallos, recibe por respuesta: “en Sajalín todos estamos encadenados”.

Antes del viaje, Chéjov ya era un renombrado escritor que podía permitirse el lujo de colgar la bata de médico para consagrarse a la literatura. A causa de su delicada salud, desconcertó a familiares y amigos cuando les anunció su intención de viajar a Sajalín, con las maletas preparadas ya en la puerta. Fuera cual fuese la verdadera causa de su viaje, realizar el ‘proyecto Sajalín’ le supuso una ingente investigación bibliográfica previa, tres meses de viaje en pésimas condiciones a través de siete zonas horarias, otros tres meses de trabajo de campo en la isla entrevistando a toda alma viviente y un viaje de vuelta que le llevó por Hong Kong y Ceilán antes de volver a pisar Moscú. La escritura del libro no fue una travesía menos ardua: cuatro años de continua reescritura y de trabajo obsesivo que él mismo había diagnosticado, en tono de broma, como ‘manía sajaliniana’.

En pleno siglo XXI volvemos a la isla de Sajalín de la mano de Michael Christopher Brown, finalista de prestigiosos premios como el ‘Oskar Barnack’, el de la Fundación Magnum al fotógrafo emergente o el ‘W. Eugene Smith” de fotografía humanitaria.

Marta Rebón.- ¿Qué le movió a ir a Sajalín? Recuerdo que al principio de ‘La isla de Sajalín’, un funcionario le dice a Chéjov: “¡Uno no viene aquí por propia voluntad!”. En su caso, ¿fue un encargo o un proyecto personal?

 

Michael Christopher Brown.- La revista ‘Fortune’ me encargó que fotografiara las instalaciones de la compañía Shell y sus alrededores en la isla de Sajalín. Querían que mostrara qué pasaba en ese rincón del mundo, qué pinta tenía. Así que no es un proyecto propio, sino un encargo profesional. Crecí en el estado de Washington, en una comunidad rural. De alguna manera Sajalín y mi lugar de origen tienen cosas en común. Ambos están apartados del centro político.

MR.- Hay lugares de los que no tenemos referencia visual alguna. De otros, en cambio, tenemos en exceso. ¿Tenía una idea clara de cómo era Sajalín antes de emprender el viaje?

MCB.- Al ir enviado por ‘Fortune’, fueron ellos quienes me indicaron qué cosas les interesaba que fotografiara. Las instalaciones de gas natural licuado y los oleoductos, por ejemplo. Querían que hiciera retratos de las personas más representativas de aquel marco, que mostrara el paisaje y la vida cotidiana. Todo ello era importante para entender el contexto donde operaban empresas como Shell, BP y otras. Era mi primer viaje a Rusia y, por eso, estaba muy excitado. Realicé un primer viaje de cuatro días, luego volví al cabo de dos años y pasé tres semanas allí para conocer mejor una isla que, a veces, me parecía surrealista.

MR.- De los viajes conservamos las primeras impresiones, lo que vivimos durante nuestra estancia... ¿Qué recuerdo le ha quedado a usted de Sajalín?

MCB.- Me habría gustado pasar más tiempo allí, me encantaría volver… Hice varios amigos y me gustaría volver a verlos, disfrutar la isla en verano ya que sólo he estado en invierno. ¡La gente me preguntaba por qué iba en invierno, si la mejor época es el verano! Pero hay algo especial en el invierno, el frío riguroso y el paisaje blanco, su melancolía. También la fortaleza y la apariencia de los isleños rusos. Me pareció que, en invierno, Sajalín era un lugar mágico.

MR.- ¿Cómo es el día a día en Sajalín?

 

MCB.- Por una parte encuentras gente acaudalada, como la que vi en el hotel de cinco estrellas de Yuzhno-Sajalinsk, aunque luego la mayoría es de extracción humilde, como constaté en la capital, en las ciudades de alrededor y en los muchos pueblecitos diseminados a lo largo de la línea férrea que cruza la isla. Me comentaron que el coste de la vida no dejaba de subir a causa del reciente boom económico y que no sabían cómo se las arreglarían en un futuro próximo. Algunos pueblos fueron reubicados cuando Gazprom requirió los terrenos para sus prospecciones. Los jóvenes parecían estar satisfechos con el cambio porque, para ellos, significaba recibir apartamentos nuevos en una ciudad más grande. Pero los mayores se mostraban más recelosos, pues no querían perder sus casas, sus tierras, su historia e identidad. Son algunas de las impresiones que me llevé. Fui a Sajalín como fotógrafo y no como reportero, que no es lo mismo. No llegué con un plan marcado, lo cual tiene sus cosas buenas y malas.

Como he comentado, ‘Fortune’ me indicó unos lugares que les interesaban en especial. Todos ellos estaban ubicados en la mitad sur de la isla, donde se concentran las instalaciones de gas y petróleo, así como toda la población y los paisajes que las rodean. En mi segundo viaje me interesé por el norte y oeste de Sajalín. Tuve experiencias inolvidables practicando ‘snowboard’ y escalada sobre hielo. Cuando volvíamos de hacer escalada, el hielo se empezó a quebrar y durante algunos kilómetros tuvimos que avanzar saltando de placa en placa. También tomé el tren que circula en dirección al norte, un recorrido lleno de paisajes cautivadores y pueblecitos que parecían totalmente aislados.

MR.- Chéjov comenta que ya al llegar a Nikoláievsk, la ciudad más oriental del territorio ruso y antes de tomar el barco a Sajalín, “uno se da cuenta del abismo que separa Rusia de la vida local”, que a los de Rusia se les considera ‘extranjeros’. Para hacernos una idea de esa distancia, afirma que sus habitantes “no podrían comprender ni a Pushkin ni a Gógol”. ¿Cómo es el resto del mundo visto desde Sajalín?

MCB.- La mayoría de los habitantes de Sajalín no tienen las mismas condiciones económicas que los trabajadores del petróleo y el gas en Juzhno-Sajalinsk, bien remunerados. Quienes cuentan con formación técnica y contactos consiguen un trabajo en esas plantas, pero muchos jóvenes se buscan la vida en Moscú. Sajalín es un pequeño terruño donde las diferencias son visibles con sólo darse una vuelta por la isla. Por supuesto, se puede decir lo mismo de los Estados Unidos, aunque al ser un territorio más grande, la gente muy rica queda totalmente escondida del resto de la sociedad. Pero creo que no siempre tienen que darse estas desigualdades tan bruscas. Hace poco, fui a Williston, en Dakota del Norte. Allí un dependiente de McDonald’s cobra 16$ la hora, en comparación con los 5$ que se suele ganar en el resto de ciudades del estado o del país. Hay gente que se está yendo a vivir allí por el boom económico, también propiciado por el petróleo. Lo que quiero decir es que en Williston no sólo hacen dinero los ejecutivos. Sí, ellos están acrecentando su fortuna, pero la riqueza se está repartiendo, de alguna manera, entre la gente local. Creo que el único caso comparable a éste en la historia de Estados Unidos es la fiebre del oro en San Francisco. ¿Podría pasar esto mismo en Sajalín? Los casos son diferentes. En la isla, el petróleo y el gas están en manos del estado mientras que, en Williston, son las multinacionales y los particulares quienes dirigen el negocio. No obstante, pienso que al menos una parte de la gran cantidad de dinero que se genera en Sajalín debería revertir en los ciudadanos; por ejemplo, en un aumento del salario mínimo.

MR.- Del conjunto de su obra fotográfica, me pareció especialmente emotivo, aparte de su trabajo como reportero de guerra, el seguimiento que hizo de las elecciones en los Estados Unidos, cuando Obama fue elegido Presidente. En él, se transmite una descarga emocional durante largo tiempo acumulada. La inteligencia del fotógrafo se revela en su habilidad para explicar temas o sentimientos complejos con un solo detalle. Algo, por otra parte, muy chejoviano. Rusia acaba de celebrar sus elecciones presidenciales y ahora ya se aproxima la fecha de los comicios para elegir al próximo inquilino de la Casa Blanca. ¿Qué siente al ver ahora aquellas imágenes?

MCB.- ¡Gracias por recordármelas! Las había olvidado y pensar en ellas me aporta nuevas ideas para acometer las que haré el próximo diciembre. Había visto en el trabajo de otros fotógrafos un enfoque parecido y estuve seguro de que algo así podría funcionar en el Grant Park de Chicago el día de las elecciones. Allí, las mejores fotografías fueron las miríadas de rostros de gente de todas las clases sociales compartiendo un momento histórico. Una diversidad de emociones que sólo se encuentra en un gran acontecimiento como aquel. Todo eso se reflejaba en sus caras.

MR.- Me gustaría que me hablara un poco de su trabajo en Libia en formato iPhone. No sé si le parece muy importante, al fin y al cabo, el tipo de cámara que se utilice, si el formato del iPhone puede desvirtuar el trabajo o añadir acabados que distorsionen la importancia de los acontecimientos. Salvando las distancias del género, recientemente vi en un documental a Robert Frank haciendo fotografías con una cámara Holga de juguete y una cámara Polaroid de plástico. ¿Es muy determinante el tipo de cámara?

 

MCB.- Utilicé la cámara del móvil por varias razones. La mía se averió mientras estaba en Libia y no quería irme, pues estaban pasando demasiadas cosas al principio del conflicto. Algunos colegas me ofrecieron otras cámaras, pero casi todas eran Canon Rebel y otras compactas. Me sentí más cómodo utilizando el iPhone. Además, sabía que la calidad era suficiente. Hay ventajas e inconvenientes, por supuesto. Resultó interesante sentir que el teléfono me distanciaba de mi propia vinculación con la fotografía. Me sentí más bien  como un observador, recabando información y pensando sólo para mí. No estuve tan solemne como me suele ocurrir cuando fotografío y puede que, por eso, el trabajo encontrara su propio camino. Publiqué las imágenes que tomé entre febrero y abril de 2011, pero la mayor parte del proyecto de Libia, las imágenes que saqué entre agosto y diciembre, aún no ha sido publicado y ahora se halla en pleno proceso de edición.

MR.- En el libro de Murakami ‘1Q84’ se menciona ‘La isla de Sajalín’ de Antón Chéjov. Fukaeri le pregunta a Tengo por qué Chéjov fue a Sajalín y éste le responde: “Quizá ni el propio Chéjov supiera el motivo exacto. Es decir, tal vez simplemente quería ir allí para ver cómo era. Vería la forma de la isla de Sajalín en un mapa y le entrarían unas ganas locas de ir. A mí me pasa lo mismo: estar mirando un mapa y encontrar un lugar que hace que te digas: ‘me gustaría ir ahí, sea como sea’. Y muchos de ellos son lugares lejanos e inhóspitos”. En tu caso, has estado en Sajalín, Ordos (China), Libia… espacios muy particulares, grandes horizontes, también lejanos e inhóspitos. ¿Qué conexiones hay entre ellos?

MCB.- Es una buena pregunta… ni yo mismo sé qué es lo que me lleva a una parte u otra. A veces es sólo una cuestión de curiosidad, de instinto, para encauzar de la mejor manera un proyecto. Otras veces son meros encargos. Pero lo que sí me interesa es la gente inmersa en una transición, la vida como puro cambio o transformación, puesto que yo también estoy siempre en transición. Me interesa preguntarme qué ocurrirá debido a estas transiciones y su significado.

Michael Christopher Brown trabaja regularmente con las revistas National Geographic Magazine, Fortune, GEO y Time magazine. Le han concedido premios instituciones tan prestigiosas como BURN, CENTER, Magenta, PDN, The Art Directors Club, Canon o Anthropographia.