Como era sabido, en esta ocasión la Cumbre no se hizo coincidir con una Cumbre del Consejo OTAN-Rusia, y no hubo por tanto representación rusa de alto nivel en Chicago. Sin embargo, fueron muchas las referencias a Rusia, en particular en la “Declaración de la Cumbre de Chicago” en la que centraremos el presente artículo.   


La situación en Afganistán


En la Cumbre se reiteró el compromiso de la OTAN en lograr un Afganistán estable y seguro, que nunca más se convierta en santuario de terroristas. Hasta diciembre de 2014 se seguirá un calendario de transferencia progresiva de la responsabilidad de la seguridad a las fuerzas afganas, y tras esa fecha finalizarán las operaciones de combate y la OTAN planeará una nueva misión centrada en el apoyo y adiestramiento de los afganos, para lo que será necesaria la presencia de tropas extranjeras en el país y una financiación de la comunidad internacional de unos 4.000 millones de dólares al año.


En este caso, los intereses de Rusia y de la OTAN son coincidentes, ya que una salida precipitada de las tropas y una vuelta de los talibanes al poder en Kabul, o al menos su dominio de zonas del país, desestabilizaría a toda Asia Central y acercaría a las fronteras de la Federación problemas como la radicalización religiosa o el crimen organizado. Aunque parece inviable que Rusia despliegue tropas en Afganistán, es casi seguro que seguirá apoyando al Gobierno de Hamid Karzai en cuestiones como la lucha contra la producción y el tráfico de opiáceos o en la formación de pilotos de helicópteros afganos, y que en el futuro pueda contribuir económicamente al sostenimiento de sus Fuerzas Armadas.


La OTAN y Rusia en el vecindario común


Esa coincidencia de visión y objetivos en Afganistán no se reproduce en lo relativo a la situación de seguridad en Europa y a los llamados “conflictos congelados” que persisten en el vecindario común. En este caso, la OTAN hace una extraña división entre los Balcanes, dónde apoya sin ambages la independencia de Kosovo a pesar de que no ha sido reconocida por varios de sus miembros, y el espacio post-soviético, dónde la Alianza Atlántica consagra el derecho de Moldavia, Georgia, Armenia y Azerbaiyán a su integridad territorial, soberanía e independencia, derecho que parece no asistir a Serbia.


Por ello, en diversos pasajes de la Declaración se insta a Rusia a anular su reconocimiento de la independencia de Abjasia y Osetia del Sur tras la guerra de agosto de 2008, se le pide que cumpla todos los compromisos del alto el fuego auspiciado por la Unión Europea, o que reactive el “Tratado FACE” de medidas de confianza mutua y desarme convencional, en suspenso desde 2007. Por su parte, Moscú considera que la declaración unilateral de independencia de Kosovo en 2008 abrió la puerta a procesos similares en otros países, y que en consecuencia el mismo derecho que Occidente ha reconocido a los albanokosovares lo tienen los surosetas o los abjasios, por lo que es impensable que reconsidere su reconocimiento de esas regiones georgianas como Estados soberanos.


La relación bilateral OTAN-Rusia


En lo relativo a la relación específica entre la OTAN y Rusia, la Declaración de Chicago transmite sensaciones contrapuestas. En el lado positivo de la balanza, se cita que la cooperación es de importancia estratégica y contribuye a crear un espacio común de paz, estabilidad y seguridad; se reiteran los principios del “Acta Fundacional” de 1997 y de la “Declaración de Roma” de 2002; se menciona que los intereses de seguridad y los retos que se afrontan son comunes; y se destaca la colaboración activa en Afganistán, en la lucha contra el terrorismo, o en las acciones contra la piratería marítima en el Cuerno de África.


Sin embargo, y en el lado negativo, se menciona que las diferencias en cuestiones específicas han impedido el uso del Consejo OTAN-Rusia en todo su potencial, por lo que se precisa mejorar la confianza, la trasparencia y la predictibilidad. En ese contexto, la OTAN anuncia que comunicará a Moscú “las preocupaciones aliadas sobre las intenciones de Rusia respecto a los despliegues militares cerca de las fronteras de la Alianza”. Si la mencionada “Acta Fundacional” de 1997 establecía que la OTAN y Rusia no se consideran entre sí adversarios, no se entiende muy bien esa preocupación por lo que la Federación decida hacer dentro de sus fronteras.


Lo cierto es que la ampliación de la OTAN en 2004 a siete nuevos países del antiguo bloque comunista incorporó también al ámbito de la Alianza sus culturas de seguridad, que en algunos casos pasan por considerar a Rusia como una amenaza incluso contra su integridad territorial. Por ello, la OTAN siempre tiene que hacer un ejercicio de equilibrio entre algunos aliados occidentales (como Francia o Alemania) que consideran a Rusia un país clave con el que incrementar la cooperación, y algunos países del Este que exigen que la misión de Defensa Colectiva de la Alianza les proteja, ante todo, de Rusia. Esa dicotomía irresoluble se plasma en Declaraciones como la de la Cumbre de Chicago, y son el motivo de las aparentes contradicciones de su contenido.


Por último, cabe hacer una mención al escudo antimisiles. La Declaración de la Cumbre reitera que esta capacidad es meramente defensiva, que está dirigida contra amenazas provenientes de fuera del área euroatlántica, y que no disminuirá las capacidades estratégicas rusas de disuasión nuclear. Por ello, se pretende seguir negociando con Moscú sobre cómo los dos sistemas independientes, el de la OTAN y el ruso, pueden trabajar juntos para fortalecer la seguridad europea, y se prevé la creación de varios Centros Conjuntos para la transferencia de información y el planeamiento de operaciones de defensa antimisil.


Conclusión


No ha habido sorpresas en la Cumbre de Chicago sobre la postura de la OTAN con respecto a Rusia, por lo que no habrá en el futuro inmediato grandes cambios en una relación que se ha calificado de formalista y de limitadas perspectivas.


En 2001 Michael Mc Faul escribía que “El desarrollar políticas para contener a los enemigos o abrazar a los aliados es fácil; el configurar políticas hacia Estados estratégicamente importantes como Rusia, que no son ni amigos ni enemigos, es mucho más difícil”. Ese sigue siendo el dilema que se plantea a la OTAN en su relación con Rusia: si considerarla una amenaza frente a la que articular su defensa colectiva o si considerarla un socio estratégico con el que se comparten intereses y valores. Mientras esta cuestión no se resuelva, las relaciones seguirán presididas por las contradicciones expuestas en este artículo, y Rusia no percibirá un valor añadido en cooperar con la Alianza Atlántica en su conjunto, priorizando sus relaciones bilaterales con los Estados clave.