Moscú es una ciudad con un extraordinario patrimonio arquitectónico muy poco conocido fuera de la ciudad e incluso por sus propios habitantes. No hay ninguna duda sobre su valor histórico y cultural, ni sobre la necesidad de protegerlo y darle nuevos usos que le aporten una vida renovada. A pesar de ello, el crecimiento económico extremadamente acelerado del país y la consecuente afluencia masiva de capitales, sobre todo en Moscú, sumado a la falta de transparencia de las autoridades responsables, produce año tras año un número creciente de demoliciones de piezas magníficas de arquitectura.


Como contraste a una anterior política autoritaria, se ha instalado una administración opaca y extremadamente permisiva. Además, un mercado sin escrúpulos  se aprovecha del espacio de la ciudad.  Promotores inmobiliarios casi sin restricciones ni controles, ponen en riesgo un patrimonio arquitectónico, cultural e histórico único en el mundo. No voy a defender una posición dogmática en lo referente a su conservación.


Sé que las ciudades son organismos vivos y dinámicos que necesitan estar en constante transformación y que salvo excepciones singulares no es posible, ni sensato, mantener el patrimonio histórico congelado ni transformarlo en un museo imposible. Por ello estoy persuadido de la necesidad de buscar fórmulas de control administrativo que protejan el patrimonio, pero que al tiempo aporten la flexibilidad suficiente para poder transformarlo, dándole nuevos usos económica y socialmente razonables. Esto ya se ha hecho con éxito en otras ciudades y son conocidos algunos magníficos ejemplos de proyectos que usando las trazas, los muros, los espacios o las estructuras de arquitecturas históricas hacen emerger en ellas otras arquitecturas vigorosas y excitantes para las ciudades y las personas.


Me refiero al patrimonio arquitectónico histórico, fundamentalmente anterior al siglo XX, que sin duda es fácil de encontrar en Moscú, aunque no tan fácil que se materialice en políticas culturalmente responsables. Aunque en la capital rusa también existe un patrimonio arquitectónico excepcional y de mucho valor, construido durante el primer tercio del siglo pasado. En aquellos años surgieron, bajo el paraguas del ambiente revolucionario, multitud de arquitectos que con una fe inquebrantable en la modernidad y en la capacidad de la arquitectura para mejorar las condiciones de vida de las personas se situaron en la vanguardia. Muchos arquitectos centroeuropeos anhelaron viajar y construir en la Rusia revolucionaria, donde creían encontrar el contexto más apropiado para las nuevas ideas. Finalmente, como sabemos, no fue así. Pero este entusiasmo radical por la modernidad dejó en Moscú varias decenas de edificios, como pueden ser la Casa comunal Narkomfin de Gínzburg y Milinis de 1930, el club Rusakov construido por Mélnikov en 1929, su propia casa terminada el mismo año, o el Palacio de la Cultura ZIL de los hermanos Vesnín de 1937, piezas todas ellas que pertenecen a la cultura universal y que sirvieron de ejemplo a otros arquitectos en el resto de Europa. También es posible encontrar centenares de edificios, quizá no tan singulares pero que contenían lo mejor de las demandas del mundo moderno y estaban construidos con una honestidad material excepcional, muchos de ellos son fábricas, lavanderías, comedores y cocinas colectivas o clubes.


La Casa comunal para estudiantes del Instituto Textil de I. Nikolaev de 1930, que actualmente está siendo rehabilitada, el Garaje Bajmetevski de Mélnikov de 1927, transformado en el 2008 en el Garage Center of Contemporary Culture, o el recientemente propuesto por Rem Koolhaas / OMA Garage Gorky Park, del que el arquitecto dice: “Estamos muy contentos por poder trabajar en la transformación de Vermena Goda, que estaba casi en ruinas, y convertirla en una nueva sede para Garage. Hemos sido capaces de explorar las cualidades de apertura, transparencia dimensión y generosidad que albergan los desechos soviéticos y de encontrar nuevos usos en interpretaciones”, son excepciones. El estado de abandono es generalizado e incluso el peligro de ruina completa de muchos de estos edificios es enorme. La ciudad de Moscú debe darles una segunda vida. Se lo merecen.