Para los ecuatorianos, hasta hace muy poco tiempo, todos los rusos eran comunistas y los artistas rusos bailarines o domadores de fieras en el circo. Los estereotipos y los imaginarios prevalecen más allá de las realidades y de las voluntades.


Muy pocos saben, por ejemplo, que a mediados del siglo pasado,  la Escuela Politécnica del Ecuador, contrató como docente a un ingeniero ruso: Sviatoslav Krochin, quien se enamoró del país y de una manabita.


En los años 60 y 70,  resultó algo más frecuente que algunos jóvenes  ecuatorianos viajaran a la URSS para estudiar sus carreras universitarias, beneficiándose de becas y programas de intercambio ofertadas por el país soviético.

Obviamente, estos jóvenes, identificados con el socialismo, viajaban para aprender de un país y de un pueblo que deslumbraba por sus logros sociales, culturales y científicos. La mayoría retornó al Ecuador, dejando en Rusia nexos que prevalecerían por siempre.


Tengo entre mis amigos algunos profesionales de nombres: Lenin, Stalin, Trotsky, Yuri, Gorqui, Boroshilov…., también tengo amigas como Ileana, Ilonka y un hermano de nombre Igor. Todos ellos bautizados por la iglesia y, como dice la canción de Violeta Parra:  “……todos ellos comunistas, con el favor de mi Dios”.


Los que retornaron al país –algunos casados con rusa, o ruso-, en su mayoría se dedicaron a oficios más bien técnicos. Pocos irrumpieron en el campo del arte, a pesar del elevado prestigio de los centros de formación artística que, para ese entonces ya habían alcanzado las escuelas de arte en la URSS, particularmente las de Moscú y San Petersburgo.


En la actualidad, la presencia rusa en el Ecuador no es muy significativa cuantitativamente. Constituye una migración minoritaria, pero de gran valor para la cultura, particularmente para la música. Son varios los  músicos rusos que se han radicado en el Ecuador -algunos  desde hace más de veinte años- y que ejercen de profesores de música u ocupan importantes cargos en la Sinfónica Nacional, en los Institutos de Música y Academias privadas. En el campo de la pintura, la presencia de Nicolás Svistoonoff -hijo de padres rusos-, desde hace más de cincuenta años, es muy significativa y representativa.


En la mayoría de los casos, esta particular migración se debe a los vínculos que tejieron los ecuatorianos que estudiaron música en Rusia, entre los que destacan: Aníbal Landázuri, Jorge Salinas, Bayron Sotomayor, Alvaro Manzano, músicos de reconocido prestigio.


De las entrevistas realizadas a varios músicos rusos que actualmente residen en el Ecuador, se deduce que su  determinación de venir a este país se explica porque siempre supieron que el Ecuador era un país tranquilo, en el que era fácil y cómodo adaptarse, en el que se podía vivir honrosamente como músico, sin grandes lujos, pero con una buena calidad de vida.


El Ecuador les encantó por la enorme diversidad del paisaje y de la naturaleza, diversidad que se expresa en un territorio muy pequeño, a diferencia de Rusia. En pocas horas se puede pasar de la sierra andina al mar, de la selva o a los nevados. También les atrajo la enorme diversidad étnico-cultural.


Muchos estudiaron el castellano en su patria de origen, sin embargo la mayoría lo aprendió o lo perfeccionó ya en el Ecuador. A los músicos, que por oficio tienen 'buen oído', les resulta fácil el aprendizaje de otros idiomas.


Todos los artistas rusos en el Ecuador son personas cultas, con gran dominio de la técnica, de la cultura y del arte al que se dedican. Muchos sorprenden por su elevado conocimiento del arte y de la música nacional, lo que sorprende a los propios.


Con mucha facilidad se han insertado en el medio cultural, social y artístico del país, a diferencia de otras migraciones europeas o asiáticas que mantienen un voluntario aislamiento. Comparten nuestras tradiciones y costumbres y, como todo extranjero, añoran de cuando en cuando su comida, su ciudad natal y su familia. Saben que la enorme distancia física que separa  Rusia del Ecuador, constituye una limitación para mantener una relación más directa y frecuente, aunque Skype e internet ayuden mucho en la actualidad.


Cuando al trabajo en el nuevo país se juntan los afectos,  se forman las parejas y las familias. Así, todos  dejamos de ser extranjeros porque la patria la hacen la familia y los amigos.


Mi nuevo amigo músico, Leonid Kolessov, ya nacionalizado como ecuatoriano, afirma sonriente: “del paraíso nadie regresa”.