Los próximos días 20 y 21 de mayo se celebrará en la ciudad estadounidense de Chicago la Cumbre de la OTAN, en la que los tres principales temas a tratar son: el compromiso con Afganistán hasta que en 2014 se transfiera la responsabilidad sobre la seguridad de todo el país a las tropas locales, y el apoyo que se le prestará más allá de esa fecha; asegurar que la Alianza tiene las capacidades necesarias para defender a sus poblaciones y hacer frente a los retos del siglo XXI; y el fortalecimiento de la red de asociaciones de la OTAN en distintas regiones del mundo.

A diferencia de lo que ocurriera en Lisboa en 2010, en esta ocasión no se ha convocado simultáneamente la Cumbre del Consejo OTAN-Rusia (conocido por las siglas en inglés NRC), institución creada en 2002 para profundizar en la cooperación bilateral. La Cumbre de Lisboa del NRC fue especialmente relevante, ya que en ella se cerró el periodo de crisis que comenzó con la guerra de 2008 entre Georgia y Rusia, y se identificaron múltiples áreas de colaboración, como la revitalización del régimen de control de armamento convencional en Europa, el apoyo a los esfuerzos internacionales de estabilización de Afganistán, o la participación de fuerzas rusas en las operaciones navales de la OTAN en el Mediterráneo Oriental contra el terrorismo o en el Océano Índico contra la piratería.

Discrepancias en torno al escudo antimisiles


Sin embargo, la cuestión de la defensa antimisiles balísticos (el famoso escudo) pasa por ser la principal discrepancia entre Rusia y la OTAN. En Lisboa se acordó comenzar la colaboración en este ámbito, en base a un estudio conjunto de la amenaza, pero los progresos han sido mínimos hasta la fecha ya que la interpretaciones del modelo de cooperación son divergentes: Rusia contemplaba el desarrollo de un sistema único para hacer frente a amenazas comunes, con una asignación de responsabilidades por sectores geográficos, mientras que la OTAN aboga por dos sistemas separados, entre los que puedan intercambiarse datos, alegando que el sistema antimisiles es parte de la defensa colectiva de los aliados, y por lo tanto no se puede compartir con Estados no-miembros de la Alianza.

El problema es que Rusia considera que un sistema independiente de la OTAN podría ser utilizado no tan sólo contra una potencial amenaza procedente de Irán o Corea del Norte, sino que también podría emplearse contra la capacidad nuclear disuasoria de la propia Federación, lo que supondría una importante brecha en su seguridad nacional. Por ello, el Kremlin exige a la OTAN un compromiso jurídicamente vinculante de que el sistema no se empleará contra Rusia, mientras que Occidente sólo ofrece una declaración política en ese sentido, y el incrementar la transparencia y el intercambio de información, de modo que los expertos rusos puedan comprobar que las capacidades técnicas del escudo lo harían inútil frente a la capacidad estratégica de Rusia.

Esas discrepancias son el motivo principal de la ausencia de mandatarios rusos en la Cumbre de Chicago, tanto más por cuanto Vladímir Putin acaba de asumir la presidencia el 7 de mayo, y se encuentra inmerso en un proceso de reestructuración de la administración presidencial y del propio Gobierno de la Federación, ahora liderado por Dimitri Medvédev como Primer Ministro. De hecho, Putin tampoco acudirá a la Cumbre del G-8 que se celebra en Camp David los días 18 y 19 de mayo (en la que sí estará Medvedev), y ha pospuesto de ese modo su primer encuentro con el Presidente estadounidense Barack Obama hasta la Cumbre de junio del G-20 en México.

Por tanto, la cuestión de la defensa antimisiles se ha convertido en la piedra de toque para el futuro de la relación OTAN-Rusia, y un desacuerdo definitivo podría suponer la interrupción de la cooperación en otros campos dónde el interés es común, en especial en Afganistán, ya que la inestabilidad política de ese país afectaría a las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central, y en consecuencia a la Federación, sobre todo en cuestiones como el tráfico de drogas y el crecimiento del radicalismo islámico, o en la implementación de los acuerdos sobre desarme nuclear firmados entre Rusia y Estados Unidos en 2010, el nuevo Tratado START III.

Un déficit de confianza


En todo caso, y con independencia de los altibajos que puedan presidir la relación entre la OTAN y Rusia, existe un déficit de confianza entre ambas que no se ha superado desde el final de la Guerra Fría. La experiencia histórica nos dice que las coaliciones internacionales suelen disolverse cuando desaparece la amenaza frente a las que se crearon. Eso podría haberle ocurrido a la OTAN en 1991, cuando se disolvieron la URSS y el Pacto de Varsovia, pero en su lugar, los Estados miembros de la organización decidieron transformarla, de modo que de una organización de defensa colectiva pasara a adoptar un modelo más amplio de seguridad, añadiéndole funciones como la cooperación y el diálogo político con los antiguos rivales del Este.

Por ello, y tras una breve etapa en 1992-93 en que llegó a plantearse una futura integración en la Alianza Atlántica, Moscú ha considerado invariablemente a la OTAN una reliquia de la Guerra Fría. Así, el Kremlin siempre mantuvo que era necesario definir una nueva arquitectura de seguridad europea con un espacio único de seguridad de Vancouver a Vladivostok. Sin embargo, todos los intentos de Rusia en ese sentido (incluyendo las propuestas más recientes del expresidente Medvédev, a partir de junio de 2008, para la firma de un nuevo tratado de seguridad paneuropeo) se fueron canalizando en el marco de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE), una institución por desgracia cada vez más marginada en el entorno de seguridad de la región.

Si a ello se suman las sucesivas expansiones al Este de la OTAN, favorecidas por Estados Unidos a partir de 1994; la campaña de bombardeos durante la crisis de Kosovo de 1999, sin una resolución previa del Consejo de Seguridad de la ONU que la autorizase; la asunción oficial en Washington en 1999 por parte de la OTAN de las operaciones de gestión de crisis fuera de área; el apoyo occidental a las revoluciones de colores en el espacio postsoviético de 2003 a 2005, que facilitaron la llegada al poder de líderes abiertamente anti rusos; los planes del Presidente Bush en 2008 para abrir la puerta de la OTAN a Ucrania y Georgia; o la firme crítica a la reacción armada de Rusia en agosto de 2008 tras el ataque de Georgia a la región separatista de Osetia del Sur, se completa un panorama de evidente desencuentro.

Cooperación bilateral con los Estados


Por último, cabe señalar que Rusia no percibe una ventaja comparativa por trabajar con la OTAN en su conjunto en cuestiones de seguridad, ante lo que considera como falta de coherencia interna de la Alianza, por lo que tiende a favorecer la relación bilateral con Estados Unidos y con los Estados clave de la UE (en especial Alemania y Francia). Esta falta de coherencia se puede vincular con la gran ampliación en 2004 tanto de la OTAN como de la UE, que integraron a Estados excomunistas que perciben a Rusia como una amenaza real para sus intereses nacionales, dificultando de ese modo la cooperación, ante lo cual tanto Rusia como los mencionados países occidentales optan por puentear a esos nuevos socios y establecer acuerdos fuera del marco multinacional. Todo apunta a que esa seguirá siendo la política del Presidente Putin, con independencia de lo que la OTAN pueda decidir en Chicago.