El invierno de la historia

Fleginsky nació en noviembre de 1937 en Ucrania y no tardó más de cuatro años en descubrir que las guerras siempre le pasan factura a los inocentes. En mayo de 1941, la Alemania nazi de Adolf Hitler invadió la Unión Soviética y todo hombre en edad de luchar fue llamado a filas. Entre ellos se encontraba el padre de Fleginsky, pero no llegó a disparar un tiro: por razones que se desconocen, aquel médico fue ejecutado por un comisario político del Ejército Rojo.

La madre de Fleginsky, también doctora se quedó viuda, con un infante a su cargo, con otro bebé en el vientre y con la guerra rugiendo en las puertas de la ciudad. De hecho, fueron las bombas las que recibieron a la niña apenas llegó al mundo. El bombardeo alemán se produjo en el momento del parto lo que provocó que el personal médico buscara refugio, dejando a la parturienta a su suerte. La mujer debió de arreglárselas como pudo, lo que resultó ser un buen ejemplo sobre cómo se comportaría esta familia a lo largo de la guerra: para salir vivos tendrían que valerse por ellos mismos.


  Familia de Sergio. Fuente: Archivo personal.

Aquellos primeros días de la guerra estaban marcados por los éxitos del ejército nazi. Nada parecía detenerlos y fue así como la propia guerra llegó hasta la ventana de aquel niño. “Vivíamos en un primer piso y teníamos un balcón. Recuerdo que de noche me acostaba en un colchón en esa terraza y miraba lo que creía que eran fuegos artificiales. En realidad eran los proyectiles antiaéros y las balas trazadoras”, recuerda Fleginsky a los 74 años y quien con el tiempo alcanzaría el grado más alto en otorrinolaringología por la Facultad de Medicina de la Universidad de la República en Uruguay.


Sergio y amigos. Fuente: Archivo personal.

La guerra era una inquietante compañía. “Hasta que un día nos acostamos bajo dominio soviético y nos despertamos con los alemanes en la ciudad”, rememora este médico jubilado. Pero en aquellos días la realidad era mucho peor, porque lo alemanes no solo estaban en la ciudad sino también en su casa. Al ser uno de los pocos edificios que se mantenían en pie la familia Fleginsky debió entregar buena parte de su hogar a los oficiales alemanes, mientras su familia vivía en uno de los cuartos. En aquel tiempo también conoció a una compañera de ruta que lo acompañaría durante años: la sensación de hambre.

La ocupación alemana

A efectos prácticos, los alemanes no fueron un gran cambio en la vida de la familia: simplemente habían cambiado de dictadura. Sin embargo, la falta de alimentos sí comenzó a hacerse sentir. La madre de Fleginsky había ahorrado algo de dinero, que invirtió en la compra de cerdos que cuando llegaron a estar robustos fueron transformados en carne en conserva, previendo tiempos peores que no tardaron en llegar.

Para agosto de 1943, los vientos de guerra habían cambiado de sentido y lo que se sentía ahora era el avance del Ejército Rojo. “Recuerdo que un día mi madre se pasó caminando de un lado a otra de la pieza en la que vivíamos, preguntándose ‘¿qué hacer? ¿qué hacer?, ¿qué hacer?’. Entonces tomó la decisión, agarramos lo que pudimos y nos subimos como polizones en trenes de carga con rumbo al oeste”. El razonamiento fue pragmático, mientras las dos bestias estaban trenzadas en la lucha habría oportunidad de escapar. Para la familia Fleginsky era tan imperioso tomar distancia de los nazis como del ejército comunista, de ahí que la solución era escapar hacia Occidente, antes de que la guerra los alcanzara.

En un campo alemán en Austria

La fuga tuvo lugar en trenes de carga vacíos y duró varias semanas. Para entonces el grupo estaba integrado por Fleginsky, su madre, su hermanita, una prima de su madre y un familiar lejano, de unos 20 años, que se había sumado en el camino. El azar de las vías los dejó en Viena. Pero allí, en Austria, se terminó su suerte cuando los soldados alemanes los apresaron y los enviaron a todos, junto con otros miles de refugiados de Europa del este, a un campo cercano a la ciudad de Graz.

Con una dieta a base de sopa de cáscara de papa, sin lavar, los hermanos Fleginsky padecían una desnutrición severa. “Mi hermana no murió por esas cosas”, recuerda Sergio. Ese campo tenía como fin la clasificación del 'material humano' y en uno de esos siniestros ejercicios de  burocracia criminal fue como desapareció el joven familiar que los acompañaba. Nunca más supieron de él, la guerra se lo tragó. El resto del grupo fue enviado a un centro de trabajo ubicado en una mina de carbón, cerca de  la ciudad de Köflach, donde su madre trabajaba en la policlínica del campo al tiempo que Sergio y su hermana se convertían en los únicos niños del lugar. Era un lugar más tranquilo pero también escaso de alimentos.

Entonces los alemanes ordenaron que Sergio, como estaba en edad escolar, fuera a la escuela alemana que estaba en un pueblo cercano. “Yo de alemán nada, me acuerdo que nos hacían formar en fila antes de entrar a clase y nos hacían levantar el brazo y decir 'Heil Hitler'. Allí aprendí a escribir algunas letras pero mi madre interrumpió aquello, yo se lo agradecí porque me sentía bastante disminuido y discriminado por la maestra”. Aquello era una grotesca maldad porque al terminar las clases, mientras los otros niños volvían a sus hogares, Sergio debía regresar a la prisión en el campo, para compartir sus horas con el hambre y siendo testigo de humillaciones cotidianas.


Campo inglés de Kellerberg. Fuente: Archivo personal.

El primer año en aquel campo lo vivió con cierta normalidad, pero al segundo llegaron las bombas. Al principio eran los ingleses los que bombardeaban, siempre de noche. “Nos levantaban de noche y nos metían en lo profundo de la mina de carbón, allí había una pieza con una bombita eléctrica donde esperábamos el final  del bombardeo. Pasábamos horas ahí dentro, es lo más tedioso que he vivido”. Después se sumaron los estadounidenses a la campaña aérea por lo que el tormento de las bombas se convirtió en una actividad diaria. “Cuando volaban sobre nosotros, a 10.000 metros de altura, parecían crucecitas en el aire, eran nubes de aviones. El silencio era total y se sentía el zumbido de los motores, era un sonido grave y permanente, no se parece a nada que haya escuchado”. Pero aún en medio de ese escenario atroz, donde la muerte caía de arriba y en el que guardias alemanes aplicaban castigos al azar, aquel niño de siete años podía ser testigo de bellos milagros. “Había un viejo, por lo menos a mí me parecía viejo aunque creo que no lo era tanto, que lo había perdido todo: sus familiares y en especial sus hijos chicos. A él le permitían no bajar a las minas y como yo andaba siempre por ahí me tomó mucho cariño. Recuerdo que en dos oportunidades agarró una rama de un sauce y comenzó a golpearla suavemente en toda su circunferencia hasta que logró separar la corteza de la madera sin romperla. Con ese cilindro de cáscara de sauce me hizo una flauta”, rememora con emoción Sergio quien de esa forma obtuvo uno de sus pocos juguetes en el campo. Sin embargo, ese recuerdo feliz rápidamente se aja, porque cada vez que el viejo lo veía jugar se ponía a llorar. “La tristeza de ese viejo me cala hasta el día de hoy”, afirma Sergio.

Pero las bombas no solo estaban minando la paciencia de Sergio, que estaba harto de bajar a vientre de la mina, sino también de sus captores. “Los alemanes comenzaron a aflojar, ya sabían las que se les venía”, recuerda hoy Sergio.

Sin un destino claro tras la liberación

Y un día la guerra se fue del mismo modo que  había llegado, sin levantar la perdiz. “Las tropas alemanas tiraron todo su material de guerra. En la calle se podía encontrar cualquier cosa, desde un tanque a un par de prismáticos, granadas, revólveres, pistolas, una gran cantidad de bengalas. Recuerdo que esa noche los muchachos de la mina se pasaron toda la noche tirando bengalas de todos los colores”, afirma Sergio, que a pesar de sus siete años, percibía cierta incredulidad en el ambiente: “quedamos en el campamento sin saber qué hacer”.

Los alemanes se habían retirado antes de que llegaran las tropas aliadas y entonces repentinamente pasaron a ser completamente libres. “Cerca de la mina había una especie de estanque, y varios camiones alemanes habían descargado allí material de artillería, al final parecía que en el estanque había más balas de cañón que agua. Entonces, los adolescentes del pueblo fueron hasta allí y comenzaron a tirar granadas al estanque y las explosiones producían unas enormes columnas de agua. Se podía hacer de todo, porque no había autoridad ninguna. Recuerdo que agarré una cinta de ametralladora, pero mi madre, que le tenía terror a todas esas cosas, la descubrió y me la tiró”.

Este oasis de libertad duró un par de días, la falta de alimento, sin embargo, nunca los abandonó. Los habitantes del campo estaban seguros que llegarían los ingleses, pero un día les avisaron que por el lado opuesto del pueblo estaba entrando el Ejército Rojo. Entonces la madre de Sergio, no tuvo dudas, los comunistas ya la habían dejado sin marido y no les daría el beneficio de la duda respecto a sus hijos.

De ese modo, había terminado la guerra más sangrienta del siglo XX. Pero no la huida de la familia Fleginsky, que tuvo que enfrentarse a cuatro años más de fugas, abusos, prisión en campos de refugiados y, por supuesto, la falta de alimentos, antes de que pudieran embarcar rumbo a América del Sur. Fue en 1949 y ese día, a bordo de aquel  barco, Sergio Fleginsky lo recuerda como el primero en el que pudo comer hasta llenarse.