"Una nueva economía, con una industria y una infraestructura competitiva, con un sector servicios desarrollado, con una agricultura eficiente...  Cambiar el mismo estado, el poder ejecutivo y el judicial... Resolver el problema del acceso a la vivienda... Conseguir el liderazgo mundial en tecnología en el sector armamentístico..." Este tipo de ideas sonaron como un estribillo durante toda la época Putin, un periodo que pronto cumplirá 13 años (si contamos desde agosto de 1999). Pero no es difícil darse cuenta de que ahora las promesas se han hecho mucho más concretas y comprensibles para el elector medio.

No es muy difícil adivinar qué es lo que ha impulsado al presidente a hacer ese esfuerzo de clarificación. La turbulencia política invernal, junto con la caída de popularidad del tándem, le han forzado a llevar la apuesta al límite.

El precio de la victoria ha resultado alto. El vencedor ha quedado endeudado hasta las cejas: la victoria de marzo, con suerte, es el 10% del trato. El otro 90% se cubrirá con el crédito de la confianza, prestada por los electores. No ha sido una mera ocurrencia que Vladímir Putin haya utilizado la expresión 'cambiar el mismo gobierno'. Él, mejor que nadie, es consciente de que la actual cadena de mando, perezosa y soñolienta, tan solo reacciona a dos estímulos: las patadas en el culo de los de arriba y 'las ofrendas' de los de abajo, y eso es incompatible con los puntos establecidos en el programa.

En general,hay mucho por hacer y muy poco tiempo. El camino está lleno de exámenes: en otoño de 2012, la cumbre del APEC; en 2014 los Juegos Olímpicos de Sochi; en 2016 las elecciones a la Duma; en 2018 el Mundial de fútbol. Además esta vez el presidente no tendrá derecho a equivocarse. En sus primeras dos presidencias, el poder podía, de vez en cuando, permitirse el lujo de encogerse de hombros y decir, no lo hemos conseguido, demasiado poco tiempo para arreglar la pesada herencia de los terribles noventa. A día de hoy ya no tiene derecho a fallar.

Todas las coartadas salvadoras han desaparecido, en su lugar ha aparecido una oposición de masas antisistema, que controla online cada paso de las autoridades.  Aquello por lo que lucharon: la modernización, Internet, el Twitter, se ha convertido en su propia trampa. Al Estado se le buscará hasta la más mínima paja en el ojo. Además hay que tener en cuenta que hay fundamentos de sobra para hacer reproches justificados.

Pero la cesta de las promesas de Putin tiene demasiadas manzanas podridas: es imposible realizar el programa de reformas sin tomar medidas dolorosas e impopulares. Tomemos, por ejemplo, los planes para crear 25 millones de puestos de trabajo de alta tecnología. "Estoy de acuerdo, ― comenta la idea el vicedirector del Instituto de Economía Mundial y Relaciones Internacionales de la Academia de Ciencia de Rusia. ― Pero para eso hay que despedir a 25 millones de trabajadores. Es decir, hay que cerrar las antiguas fábricas, reciclar a los despedidos y, puede ser que estimularles para que se muden a otras ciudades. Todo esto lleva tiempo, un mínimo de tres años, durante los cuales el ritmo de crecimiento puede ser cero o incluso negativo".


O, por ejemplo, la promesa de aumentar hasta un 'nivel nominal' los sueldos de las principales categorías de funcionarios: maestros, profesores de instituto y centros de formación profesional, médicos... La trampa que va con las buenas intenciones habla por sí misma: "El cumplimiento de estos planes exige una enorme cantidad de recursos: hasta un total de 1,5% del PIB anual. Es importante utilizar importantes potenciales internos del sector, en concreto reorganizar los programas y organizaciones que no sean eficientes". En pocas palabras, el camino hacia 'la felicidad del pueblo' está de nuevo tapizado por una espesa alfombra de decretos de recortes de personal. Aunque, por cierto, en los discursos de Putin no se oye ni una palabra acerca de la posibilidad de aumentar hasta un 'nivel medio' el actual subsidio de desempleo, que es de miseria.

La superación de todas estas barreras, reales y posibles, exige unos esfuerzos titánicos. Hace falta lo que se conoce como saltar por encima de uno mismo. En la historia mundial se ven muy pocas veces acelerones económicos tan impetuosos en una situación de ampliación de las libertades democráticas. El proceso de modernización era, por norma, o no demasiado rápido o totalmente liberal.