Después de casi 13 años en el poder y en la arena política, Vladímir Putin se ha convertido no solo en un símbolo de su país sino en la personificación de un tipo concreto de política. Es producto de una transición, tanto en Rusia como en el mundo, de un periodo en el que el sistema político se ha puesto en movimiento a nivel  internacional, en el que las ideologías tradicionales comenzaron a tambalearse, las fronteras se volvieron permeables y en su lugar comienzan a surgir nuevas y confusas líneas de demarcación.


Sobre el trasfondo de un creciente relativismo moral, mezclas de géneros (“intervención humanitaria”) y una incertidumbre generalizada en el día de mañana, ha surgido una demanda por contar con líderes fuertes. Líderes que sen capaces de marcar el rumbo con decisión, capaces de pasar por encima de las situaciones complicadas. En una democracia desarrollada es prácticamente imposible, aunque ya se ha convertido en un lugar común hablar sobre la ineficacia de la estructura de gobierno democrática en tiempos de grave crisis. Sin embargo, hay sociedades que se encuentran en una situación de transición, en las que todavía no se han asentado instituciones que limiten el poder unipersonal y hay una sólida fe en las decisiones rápidas y relativamente sencillas.


Si aparece un dirigente así en un país pequeño, dependiente del exterior, simplemente se convierte en un marginado (Bielorrusia) o, en el mejor de los casos, en un enfant terrible (Hungría). Si algo parecido ocurre en una potencia enorme con capacidad nuclear e inmensas reservas de materias primas, que tiene, por definición, un papel protagonista en la política mundial, se puede decir con todo derecho que se trata de un modelo alternativo. Putin es la encarnación de ese modelo.


Vladímir Putin, es visto en el resto del mundo como un factor más fuerte e influyente que el país que dirige. La imagen de Rusia que se difunde en Occidente es la de un "estado gasolinera” controlable, con una cleptocracia moribunda, y sin embargo su dirigente no pasa a la categoría de Mobutu o Mugabe, por más que quiera la oposición rusa.


Se le tiene por astuto y sutil, y por lo tanto, como un actor doblemente peligroso, que logra sus objetivos con éxito. La demonización de Putin en los medios de comunicación y en la opinión pública de Occidente es la otra cara del peculiar encanto de su personalidad. La razón de esto es que Vladimir Putin, debido a las limitaciones institucionales antes mencionadas, hace lo que los líderes occidentales no son capaces de hacer.


Es marcada y fundamentalmente anti ideológico, lo que le permite, por un lado,  desarrollar sus políticas con fuerza, y por otro, utilizar cualquier retórica para cumplir sus objetivos. No tiene problema en ser políticamente incorrecto, gracias a lo que es capaz de formular de forma directa y concisa algunas prioridades. Su obsesión por la soberanía hace posible un alto grado de flexibilidad en el juego mundial: Rusia es uno de los pocos países del mundo que tiene las manos libres, sin obligaciones por pertenecer a ninguna alianza y que, al mismo tiempo, es lo suficientemente fuerte como para defender esta libertad. Putin se guía por los principios de la real politik, que se define por la relación de fuerzas, donde lo importante no son las intenciones sino los potenciales y donde el prestigio es un concepto material. Este método, que a menudo se critica por anticuado, es, sin embargo, comprensible y bastante sencillo.


Finalmente (y esto puede ser lo más importante), a Putin se le considera el dueño todopoderoso de su país, capaz de hacer todo lo que le plazca.


Todo esto, o la mayor parte, no está al alcance de los líderes occidentales. Ya que están atados por la ideología, las obligaciones con los aliados, la obligación de embutir sus intenciones en un enorme envoltorio propagandístico, un envoltorio que ellos mismos han empezado a creerse confundiéndolo con sus verdaderos objetivos. Y, finalmente, dependen demasiado de la opinión pública, los electores, grupos de intereses, etc.


Putin tiene además otra cara, una cara que no mira a occidente sino a oriente. Es capaz de enfrentarse a la hegemonía americana y desarrollar un mundo multipolar. No tiene como base la realidad objetiva (en la práctica Rusia no puede permitirse la confrontación con los EE UU) sino la voluntad y una acertada estrategia de comunicación. Gracias a todo esto en el antiguo “tercer mundo”, incluidas China e India, todavía quedan restos de esa reputación de contrapeso de América, aunque en la realidad el mismo Pekín sería mucho más eficaz en ese papel.


La peculiar popularidad de Putin en el mundo es una muestra de la confusión reinante. Es una mezcla de miedo ante alguien que demuestra un alto grado de competencia en medio de la confusión y una vaga esperanza de que quizás este tipo de “macho dominante” pueda traer algo de luz en esta situación tan embrollada.


¿Mantendrá Vladímir Putin esta imagen y su peso en la política internacional durante su tercer mandato? La paradoja consiste en que para que esto suceda tiene que mantener un nivel equilibrado de autoritarismo, que haga posible todo lo que se ha comentado anteriormente. Si se aparta lo más mínimo destruirá la armoniosa estampa. Pero la atmósfera política en Rusia es cambiante y, frente a los cambios, Putin probablemente tenga que reaccionar girando en una u otra dirección.


Un giro hacia Lukashenko lo convertirá en un autócrata mediocre, como muchos otros que ha habido y que tras perder la compostura, acaban por perder el poder. La liberalización acaba con el velo de los dirigentes poderosos que controlan todos los procesos internos y con los que, obviamente, hay que cerrar cualquier trato o acuerdo. Cruzar esta frontera es difícil. Pero si Putin se echa atrás, encontrará muchos dispuestos a echarlo inmediatamente, tanto dentro como fuera.


Arículo original fue publicado en la web de gazeta.ru