Con el final de la Segunda Guerra Mundial, la comunidad internacional se percató de que algo había cambiado en el orden mundial tras los seis años de conflicto y horrores que quedaron atrás, en el lenguaje de cada habitante se incorporó un concepto desconocido hasta ese momento: la energía nuclear. Estados Unidos finalizó la guerra con el lanzamiento de bombas atómicas en el Pacífico que quedaron en la retina de, entre otros, Iósif Stalin, que comenzó un plan en la Unión Soviética que incluía la construcción de 35 ciudades secretas destinadas al armamento nuclear, la mayoría de ellas pertenecientes a los ministerios de Energía Atómica y de Defensa.


La ciudad y planta secreta de Tomsk-7 era una de ellas y, al igual que el resto, nunca fue localizada en un mapa, y su existencia era secreto de Estado. Situada a quince kilómetros de la ciudad siberiana de Tomsk, la planta comenzó sus actividades en 1949 dedicándose, principalmente, al reprocesamiento de combustible nuclear. La planta daba trabajo, ya sea de forma directa o indirecta, a 100.000 personas que habían sido desplazadas a esta región y que residían en la ciudad homónima de Tomsk-7, a cuatro kilómetros de la planta.


El 6 de abril de 1993 explotó un contenedor de sales de uranio en la planta de Tomsk-7 dibujando en el cielo una nube de humo que, pese a su aparatosidad, los dirigentes aseguraron que no influía en las inmediaciones del complejo nuclear. Sin embargo, las autoridades de la ya joven e independiente Federación Rusa, comprendieron que no podía repetirse el error de Chernóbil y Prípiat, por lo que horas después reconocieron que el perímetro contaminado podría ampliarse hasta los 120 kilómetros y que el accidente era de nivel 3 –Chernóbil fue clasificado con el nivel 7 por la Escala Internacional de Accidentes Nucleares–, similar, por tanto, al incidente ocurrido en la central nuclear española de Vandellós en 1989.


El principal peligro del accidente, además de los trabajadores, era la ciudad de Tomsk, una de las más pobladas de Siberia, con más de medio millón de habitantes. Además, las continuas informaciones no eran muy tranquilizadoras y más de un millón de kilómetros cuadrados habían resultado contaminados, por lo que todas las miradas se dirigían ahora al río Tom, afluente del Obi, que podía convertirse en el propagador del residuo nuclear. Las investigaciones concluyeron que la causa del accidente resultó ser un error humano. Según informaron las autoridades rusas, al añadirse ácido al tanque de uranio durante el proceso de separación, se provocó la explosión.


Tomsk-7 producía en el pasado, también, plutonio para alimentar los misiles rusos, pero, afortunadamente, ese proyecto militar se abandonó del accidente y  sólo se utilizaban dos de los cinco reactores, ya que eran necesarios para dotar de calefacción a la localidad de Tomsk. Unas semanas después de la tragedia, el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) –la misma autoridad encargada de elaborar la pirámide de los niveles de accidentes nucleares– reveló que la explosión de Tomsk-7 no había hecho mella en el medio ambiente tras realizar sus equipos investigaciones en la tierra, hierba y nieve del terreno, concentrándose los daños más graves en la planta de trabajo, como explicó Burton Bennett, portavoz de la OIEA.


Antes de Tomsk, Mayak


Tomsk-7, actualmente Seversk, no fue la única ciudad secreta cuya planta sufrió accidentes nucleares. Mucho antes, en 1957, tuvo lugar el primer desastre de este tipo en Mayak, planta situada a 150 kilómetros de Cheliábinsk, junto a los montes Urales. Construida también a finales de la década de 1940, la planta de Mayak tenía como objetivo fabricar armas a base de plutonio. Sin embargo, desde 1949 hasta un año antes del incidente, la planta arrojaba desechos radiactivos al río Techa.


El 29 de septiembre de 1957 explotó un tanque que reservaba 300.000 litros de residuos radiactivos, provocando la muerte de doscientas personas y más de diez mil evacuados. El incidente, sin embargo, quedó en el más absoluto silencio. Diez años después, el lago Karachai, el lugar que fue usado como depósito de todo el material radiactivo, quedó seco tras una dura época de sequía, lo que provocó que enormes cantidades de polvo radiactivo viajasen a lo largo y ancho de 2.700 kilómetros cuadrados. La organización estadounidense Worldwatch Institute declaró en 1991 al lago Karachai como el lugar más contaminado del planeta.


El desastre fue catalogado en el nivel 6 y sólo en 1976 fue cuando el suceso vio la luz gracias a Jaures Medvédev, un biólogo ruso. Se estima que más de 270.000 personas se vieron afectadas por una explosión radiactiva que aún hoy en día sigue siendo la tercera más importante sólo por detrás de Chernóbil y Fukushima.


Prometedor futuro nuclear


Fue precisamente tras la última catástrofe nuclear nipona cuando Rusia, a través del, por aquel entonces, primer ministro Vladímir Putin, se reafirmó en su compromiso con la energía nuclear pese a la crisis que suscitó el incidente en Fukushima y el pánico generado en Europa por la decisión de la canciller alemana Ángela Merkel de cerrar siete reactores nucleares en Alemania.


Sin embargo, como demostró en diciembre de 2011 Andréi Gagarinski, especialista del Instituto Kurchátov, dicha crisis no afectó en Rusia ya que la Agencia de Energía Atómica, Rosatom, cuenta con importantes proyectos nucleares, como la central atómica de Kaliningrado o la central nuclear Beloyárkaya, en los Urales, que se inaugurará en 2014. Además, el presidente de Rosatom, Serguéi Kirienko, confirmó que en 2012 la agencia estatal rusa de energía se enfrentará al año con más contratos firmados, 21, para la fabricación de bloques atómicos para centrales nucleares en todo el mundo.


El pasado mes de marzo, durante la cumbre de seguridad nuclear celebrada en Seúl, los representantes del Gobierno de la Federación Rusa confirmaron el óptimo estado de las instalaciones nucleares situadas en el territorio ruso, como pudieron atestiguar técnicos internacionales in situ en un proyecto llevado a cabo junto a la Asociación Mundial de  Operadores Nucleares. Uno de esos centros es el polígono nuclear de Semipalatinsk, en Kazajistán, construido durante la época soviética y clausurado en 1991. Dmitri Medvédev anunció, el mismo día en que se celebró la cumbre de Corea del Sur, que dichas instalaciones nucleares habían sido totalmente saneadas tras un exhaustivo proyecto comenzado en 2004 junto con Nursultan Nazarbáyev, presidente de la República de Kazajistán.