Simon McBurney entra en la sala de prensa de los Teatros del Canal con un vasito de plástico. Sopla su contenido antes de sorber la primera dosis de cafeína matutina. Quedan tres días para que se estrene en el XXIX ‘Festival de otoño en primavera’ de Madrid la compleja adaptación de la novela de Mijaíl Bulgákov. Compleja porque McBurney no es un minimalista de la escena, sino un domador del caos. Y ‘El maestro y Margarita’ no es precisamente una historia lineal.

“El primer día que nos enfrentamos a este texto estaba muy nervioso, hice que la compañía bebiera mucho café y comiera muchos cruasanes. Empezamos a despedazar el libro, a contarnos la historia, a improvisar. Luego nos dimos cuenta de que habíamos hecho una estupidez y casi tiramos la toalla. El trabajo era ingente”. Pero no la tiraron. Estrenó la obra con su compañía ‘Complicité’ en el Barbican de Londres y ahora recalan en la capital madrileña. No obstante, siguen ultimando detalles. “Aún está pensando si quitar o poner dos escenas”, confiesa el productor, justificando las caras de cansancio tanto de McBurney como del actor español del reparto, César Sarachu.


McBurney conoció el teatro a una edad muy temprana de la mano de su madre, una aspirante a actriz que llegó a estudiar en la Comédie Française. Antes de cumplir 18 años ya tenía claro que quería ser actor. Pero no fue hasta que viajó a Francia para formarse en la emblemática escuela del actor mimo Jacques Lecoq que encontró las herramientas para hacer el tipo de teatro que buscaba: el teatro físico de múltiples texturas.

‘Complicité’ es una de las compañías referentes en la arena internacional.  También porque no es una compañía al uso. Crea la estructura, busca aliados dependiendo de la obra escogida. Se transforma continuamente. “Somos como una familia nómada”, la define su director. “En las razones de por qué haces las cosas, ya sea escoger el nombre de una compañía o los textos del repertorio, siempre están en alguna parte enterrados, a bastante profundidad, tus orígenes. La ortodoxia aceptada de ‘Complicité’ es que, estando en Francia, si nos hubiéramos puesto un nombre en inglés hubiéramos tenido más dificultades para acceder a ayudas. En cualquier caso, ‘Complicité’ significa asociación en un acto ilegal, pero en francés no es tan peyorativo como el término inglés, ‘complicity’. Subyace la idea de que un texto teatral no es teatro, lo que se hace en un escenario tampoco es teatro: éste sólo se crea en la imaginación del público. Es un acontecimiento extraño en nuestras conciencias, hay un pacto para creernos lo que unas personas hacen sobre las tablas. Así, para que una obra cobre vida necesitamos la complicidad del público”.


La ilusión de realidad, después de explorar la conexión entre ciencia y arte, es el interés actual de este dramaturgo, director y también actor de reconocidas producciones para el cine como la última ‘Jane Eyre’, ‘El topo’, ‘Harry Potter’, ‘El último rey de Escocia’ o ‘Red de mentiras’. ¿Cómo se las arregla nuestro cerebro para hacernos creer que, en todo momento, tenemos las cosas bajo control cuando en realidad todo pasa por nuestro inconsciente? “’El maestro y Margarita’ tiene mucho que ver con el inconsciente, sobre qué es verdad y qué mentira. Es asombroso que, al final, lo que parece más naturalista es la historia de Poncio Pilatos y no el Moscú moderno”, comenta mientras se acaba el café y comienza a jugar con el sobrecito de azúcar.


Bulgákov empieza a escribir el manuscrito a finales de los años veinte. Entonces el título es ‘La novela del diablo’. Pero toma dos decisiones importantes: quema el manuscrito y pide a Stalin permiso para irse al extranjero porque se le ha hecho imposible publicar en la Unión Soviética. Nunca sabremos exactamente por qué lo quemó. Pero cuando se le permite estrenar sus obras en el teatro tras la famosa llamada de Stalin, retoma la narración de lo que ya se titulará “El maestro y Margarita”. Rehace el texto hasta en ocho ocasiones, la última al dictado, poco antes de morir, ciego. Su mujer, cuyo trasunto en la novela es Margarita, como lo es Bulgákov del maestro, tendrá que esperar veintisiete años para verla publicada en Moscú.

El universo ruso no es ajeno a Simon McBurney. La dirección escénica de la ópera de Alexander Rastakov “Corazón de perro” corrió a cargo de este inglés hace dos años en la English National Opera. También ha participado como actor en ‘Onegin’ de Martha Fiennes o dando vida a Einsenstein en una producción canadiense. “Es un poco complicado decir de qué va la novela de Bulgákov, porque no hay un único tema. Uno espera que sea la historia de un maestro y una tal Margarita. Pero al principio aparecen dos personajes desconocidos que discuten sobre la existencia de Jesucristo. Luego irrumpe un tercero que, fascinado por la conversación, encuentra que la manera de demostrar que está en desacuerdo con los otros dos es mediante una historia. Mi interés por esta novela es que se trata de una historia sobre el hecho de contar historias. Los moscovitas contemporáneos a Bulgákov creían en el relato que contaba el gobierno, y, como Gógol, cogió un bisturí y diseccionó Rusia para exponer al público todo el caviar corrupto.” McBurney había empezado la rueda de prensa pidiendo que le formularan preguntas porque no tenía nada que exponer.

Lleva más de media hora y nos habla de su padre arqueólogo, además de todas las subtramas de ‘El maestro y Margarita’ y su concepción del arte.

El reto de adaptar el amor del maestro y Margarita no reside únicamente en dar voz a todos los personajes ‘diabólicamente’ entrelazados. Es el estilo del libro, cada estrato es un estilo. “Bulgákov juega como un funambulista manteniendo todas las historias suspendidas en el aire.  Y además lo hace con una combinación desbordante de estilos: a veces es dostoievskiano, otras gogoliano, desternillante, casi naturalista, completamente banal, bíblico… Una de mis tareas ha sido plasmar esta diversidad”.

Pocas figuras literarias han reflejado de forma tan clara la difícil relación entre literatura y poder como Bulgákov. Sus mofas al sistema le valieron diez años de ostracismo. “El teatro, por definición, es una oposición a la política –explica McBurney cuando se le pide que aclare su concepto de ‘work in progress’-. Porque la naturaleza del tiempo se opone al statu quo. El teatro existe en el presente. El capitalismo radical funciona de otra manera. En él se vive en una ilusión del presente, en una supuesta inmediatez. Para que el capitalismo funcione debo desear algo que está en el futuro y, cuando lo compro, pasa a ser pasado para que vuelva a desear algo. Por eso cualquier forma de teatro abre una rendija en el tiempo presente y niega que somos individuos aislados”.

En tiempo de ficciones y relatos institucionales, afirma, el teatro debe volver a su actividad primigenia. “El teatro griego era un acontecimiento político y social. La palabra griega ‘teatrós’ significa ‘lugar para ver’. Ir al teatro implica ver, pero también en el sentido de comprender. Explicar historias que nos unen nos ayuda a entender juntos el mundo que habitamos y enfrentarnos a la oscuridad que contiene”. Como escribió Bulgákov, los hombres y los objetos producen sombras, no hay bien sin mal, es inevitable. McBurney señala su vasito de plástico vacío y levanta la sesión con un “it’s time for another ‘cortado’”.

‘The Master and Margarita’ de Mijaíl Bulgákov estará en los Teatros del Canal del 13 al 15 de mayo. Seguirá la gira en Les Théâtres de la Ville de Luxemburgo, el Wiener Festwochen, el Ruhrfestspiele Recklinghausen, el Festival D’Avignon y el Theatre Royal Plymouth.