Un niño corre en un patio interior de Moscú, juega con una pelota y alborota a una dama que en el segundo piso está leyendo la última novela de Erich María Remarque. En ese mismo momento, Erich María Remarque está en su chalet de Suiza, sentado en su mecedora, reflexionando sobre la vida:


“No he vivido en vano”, piensa Remarque. “He escrito algunos buenos libros, soy conocido en el mundo entero y he luchado contra el fascismo. Aun así, ¡Hemingway escribe mejor que yo!”.


Mientras, Hemingway está en el Caribe. Tiene los pies (calzados con unas sandalias) sobre el puente de su embarcación, la gorra calada hasta los ojos, la pipa entre los dientes y la caña en el agua esperando a que pique el mayor de todos los peces.


“Caray”, piensa. “¡He vivido como un hombre de verdad! He trabajado como un burro, he luchado contra el fascismo y he tenido de todo en cantidad, incluso en exceso: gloria, mujeres, dinero... He cazado elefantes y rinocerontes. Y aun así... ¡Andréi Platónov escribe mejor que yo!”.


En aquel preciso instante, en el patio interior de aquel edificio de Moscú, Andréi Platónov persigue con la escoba al niño que juega con la pelota y alborota a aquella dama del segundo piso que está leyendo la última novela de Erich María Remarque.

Platónov nació en Voronezh en 1899 y su verdadero nombre era Andréi P. Kliemtov. Fue a la escuela local entre 1906 y 1914, pero al ser el mayor de 11 hermanos tuvo que dejar los estudios y empezar a trabajar como aprendiz de mecánico. Tras la revolución, asistió a algunos cursos en la escuela politécnica de ferrocarriles de Voronezh y comenzó su carrera literaria publicando sus primeros relatos en revistas locales. En 1920, la Unión de escritores proletarios de Voronezh envió a Platónov a Moscú como delegado en el Congreso nacional de la Asociación de escritores proletarios.


Platónov publicó su primer libro en 1921, ‘La patria y la electricidad´, en que describía cómo la electrificación del país afectó el ritmo de vida en la provincia rusa. En 1926 Platónov fue elegido miembro del Comité central de la Unión para la agricultura y los bosques, por lo que tuvo que trasladarse a Moscú; un mes más tarde fue despedido, quedándose en una situación precaria y debiendo vender su biblioteca para poder comer.


Platónov terminó de escribir su obra magna, ‘Chevengur´, en 1929, pero no fue publicada hasta 1986 “por injuriar al nuevo hombre soviético y poner en duda el progreso del socialismo y la transformación liderada por el partido”. Platónov llegó incluso a pedir perdón en el diario Pravda y en Literatúrnaya Gazeta, y envió cartas a Stalin y Gorki solicitando el permiso para publicar: “¿Puedo ser un escritor soviético o es objetivamente imposible?” se preguntaba, pero Platónov no publicó ni recibió respuesta.

       Andréi Platonov. Ilustración de Ragni Svensson


En 1938 su hijo Platón, de 15 años, fue arrestado por “agitación anti-soviética” y enviado a un GULAG, donde moriría años más tarde de tuberculosis. Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó como periodista en el frente, su dedicación hizo que pudiese ver publicado otro de sus escritos, el cuento ‘El retorno´, en el que hablaba de un soldado que vuelve a casa después de la guerra. Aun así la crítica oficial volvió a ser implacable contra él, y apenas publicó un puñado de cuentos infantiles, ganándose la vida como bedel del Club de Escritores de Moscú.


Andréi Platónov murió en el año 1951 por las secuelas de sus heridas de guerra.

Platónov es uno de los escritores que mejor describe el absurdo del experimento al que fue sometido el pueblo ruso. Todos sus personajes son personas devastadas por la pena, lacónicas, acostumbradas a vivir con resignación y dolor.


"Vivía en casa esperando una carta o un telegrama de Fédor porque le daba miedo que el cartero volviera a llevársela si no encontraba a nadie en casa… como la carta o el telegrama de Fédor no llegaban, Frosia se puso a trabajar de cartero en la oficina de correos".


La lectura de Chevengur presenta un mundo imposible, casi absurdo y al mismo tiempo muy real de la época de construcción del socialismo. El argumento se centra en el hecho de que los protagonistas -Dvánov y Kopionkin- se mueven hacia la sórdida profundidad de su patria en busca del comunismo, es decir, un mundo deseado en el que no habrá penas ni desastres.


”¿Y dónde está el socialismo?- recordó Dvanov, y contempló la oscuridad de la estancia en busca de aquel; tenía la sensación de haberlo encontrado anteriormente, y de haberlo perdido mientras dormía entre aquellos hombres extraños. Asustado de pensar en el castigo que le esperaba, Dvanov salió al exterior sin gorro y en calcetines, vio una peligrosa y resignada noche y echó a correr a través de la aldea en dirección a su lejanía”.


Platónov revela que la Revolución de Octubre apenas fue una ruptura social, sino sobre todo espiritual, ya que conllevó consigo un cambio de valores. Con Chevengur, Platónov da a conocer el paso dado por el pueblo ruso, de la religión cristiana a una ideología marxista que motivó la supresión de la moral tradicional, así como el rechazo total del pasado. Además, plantea un dramático y emotivo análisis crítico de una sociedad desesperada en el intento infructuoso de la creación del socialismo.


Deudor evidente de El Quijote, dotado de un sentido de la ironía que le costó censuras, persecuciones y la muerte de su hijo, Platónov crea una inolvidable epopeya de la distopía, en cualquiera de sus orientaciones. Con personajes entrañables, enloquecidos, peligrosos en su propia convicción, vemos la anunciada y tremenda catástrofe del socialismo como sueño colectivo.


“Señor maestro, permita una pregunta, ¿por qué el hombre es tan mediocre, ni malo ni bueno, mientras que las máquinas son por lo general famosas?”


Los campesinos expulsan a los terratenientes y como consideran que ya han organizado una sociedad sin clases, esperan a que el futuro llegue por sí solo. Platónov utiliza a estos campesinos pobres y analfabetos para crear una sátira quijotesca de la construcción del comunismo; esos mismos personajes llegarán a la conclusión de que es imposible la nivelación total de las personas debido a que la fuerza de los hombres se debe, precisamente, al hecho de ser diferentes entre sí.


"Sentía los mecanismos de las máquinas con la precisión de su propia carne".


Platónov y Stalin, dos seres contrapuestos: Stalin convertía a las personas en tuercas, tornillos y tenazas; Platónov amaba las tuercas, los tornillos y las tenazas: las amaba tanto que las humanizaba.


"Al principio, Frosia era una mala estudiante. Las bobinas de Pupin, los relevadores y el cálculo de resistencia de un alambre no atraían a su corazón. Pero un día su marido pronunció estas palabras y, con toda la sinceridad de la imaginación, que se encarnaba incluso en las máquinas más oscuras y aburridas, representó vivamente el funcionamiento de estos objetos, que a ella le parecían misteriosos y muertos, y la calidad secreta del fino cálculo gracias al cual las máquinas vivían".

Algunas publicaciones en castellano:
- ‘Dzhan´, Alianza, 1973.
- ‘La patria y la electricidad y otros relatos´, Galaxia Gutenberg, 2001.
- ‘Chevengur´, Cátedra, 2003.

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