El viceprimer ministro ruso, Ígor Shuvalov, y su homólogo chino, Li Keqiang, asistieron a finales de abril en la capital rusa a la ceremonia de firma de una treintena de acuerdos de cooperación en los campos más diversos, desde la energía a las nuevas tecnologías. Antes de la reunión, Li conversó con empresarios de ambos países sobre el futuro de las relaciones comerciales China-Rusia. Además, en el sector financiero, se ha tomado la decisión de crear un fondo de inversión común que podría llegar a gestionar hasta 4.000 millones de dólares. Li Keqiang se ha reunido también con el presidente saliente, Dmitri Medvédev, con quien ha coincidido en señalar que el fortalecimiento del desarrollo de Rusia es también una importante oportunidad para el desarrollo de China.

China es el mayor socio comercial de Rusia. El volumen de comercio bilateral llegó a 79.250 millones de dólares en 2011, lo que representa un crecimiento de 42,7 % en comparación con el año anterior.

Según informaciones difundidas por Radio China Internacional, Pekín tiene intenciones de colaborar con Rusia en el esfuerzo por continuar profundizando en una confianza recíproca en temas estratégicos, para ampliar todo lo posible la cooperación en puntos concretos, reforzar el apoyo mutuo en los problemas que conciernen a los intereses principales, e intensificar la coordinación en política internacional, de modo que la asociación para la coordinación estratégica entre China y Rusia alcance nuevos niveles. Del mismo modo, en su discurso en Moscú, Li instó a aumentar la cooperación real en todos los ámbitos, especialmente en el económico y comercial, aspecto clave de estos lazos bilaterales, de modo que se alcance un nivel de desarrollo que beneficie a ambos pueblos.

No se trata tan solo de palabras diplomáticas: en comparación con los tiempos de la URSS y la fase de transición post soviética, los dos países ya han cambiado de registro. Basta con considerar la cooperación dentro de la SCO (Organización de Shangái para la Cooperación, a la que se han unido las repúblicas de Asia Central con la excepción de Turkmenistán), organización de la que son las principales potencias impulsoras, y las recientes pruebas militares en el Mar Amarillo.


Su alianza en el Consejo de Seguridad de la ONU se ha manifestado hace poco en la crisis de Siria y constituye una prueba de que Moscú y Pekín avanzan por una misma senda, esa misma que, desde el río Pamir al Pacífico, sirve también como frontera para contener, desde el punto de vista geoestratégico, el avance de los Estados Unidos. Se trata, en esencia, de una relación muy poco ideológica y muy pragmática, basada también en las ambiciones de ambas partes, pero en la que Rusia debe actuar con cautela para no arriesgarse a ser el “hermano pequeño”.

El presidente electo, Vladímir Putin, subrayó que existen vínculos entre las partes y reiteró la voluntad de fortalecerlos durante su próximo mandato, que ha comenzado el 7 de mayo. Sin embargo, estos vínculos se contextualizan en la estrategia previa del Kremlim, que Vladímir Putin intenta continuar con decisión en su tercer mandato. Además de las buenas relaciones con China, Rusia trata de crear, a través de la Unión Euroasiática (a la que ahora se han adherido Bielorrusia y Kazajistán, y que próximamente podría contar con nuevos miembros), un nuevo espacio de influencia política y económica para aumentar sus oportunidades de crecimiento y evitar la amenaza de ser devorado por el dragón chino.