A finales del siglo XIX corrían malos tiempos para los judíos radicados en Rusia. Tras el asesinato del zar Alejandro II comenzó una política de vuelta al absolutismo y de represión. El nuevo zar Alejandro III culpó a los judíos del asesinato de su padre, de modo que comenzaron los pogromos antisemitas. Cientos de familias huyeron de Rusia en busca de la tierra prometida en Palestina pero, antes de llegar, el gobierno turco decretó la prohibición de entrada de judíos a la región. Sin posibilidad de volver a Rusia y con Turquía cerrándoles la puerta, quedaron atrapados en Constantinopla, sin recursos y rozando la miseria.

Por entonces, el Barón Maurice von Hirsch había fundado la Jewish Colonization Associaton con el objetivo ayudar a los judíos perseguidos a colonizar nuevas tierras agrícolas fuera de Rusia. Hirsch, un filántropo judío alemán que no creía en la caridad, decidió incluir a los refugiados de Constantinopla en su proyecto para colonizar tierras en la República Argentina.

En noviembre de 1891 un grupo de 818 emigrantes partió de Constantinopla hacia Burdeos, donde se embarcaron en el vapor Pampa con destino a Argentina. Desde entonces se les conoce como los pampistas.


Interior del Atlántico. Fuente: Walter Barús

Cuando llegaron al puerto de Buenos Aires fueron alojados en el viejo Hotel de Inmigrantes a la espera de que la fundación del barón Hirsch completara la compra de nuevas tierras para estos colonos. Pero las gestiones se prolongaron y tuvieron que reubicarlos. Fue así como se tomó la decisión de trasladarlos al lujoso hotel Boulevard Atlántico.

Desde su casa en Mar del Sud, Jorge Schweitzer contempla cada día la imagen del imponente hotel que proyectó su bisabuelo Carlos Mauricio Schweitzer. “Mi bisabuelo era el presidente del Banco Constructor de La Plata, el impulsor de la obra, con la idea de que fuera el primer hotel del lujo de la costa atlántica”, cuenta Jorge. Con la obra casi terminada llegó la crisis de 1890 y la quiebra del banco. Coincidiendo con el anuncio de venta del hotel surge la necesidad de reubicar a los pampistas, de modo que se decidió alojarlos allí. Según Jorge, su bisabuelo ofreció el hotel “por una cuestión de solidaridad”. Poco tiempo después, arruinado por las crisis “se suicidó pegándose un tiro en vez de agarrar la plata y salir corriendo”. Sin duda eran otros tiempos.

Algunas de las historias que se vivieron en el hotel quedaron recogidas en libros como Tierra soñada, donde José Liebermann cuenta en primera persona la llegada a Mar del Sud el 6 de enero de 1892: “Cuando aquella impresionante caravana de sesenta carretas se detuvo frente al rojo edificio del Boulevard Atlántico, en la solitaria localidad atlántica de Mar del Sud, los inmigrantes, levantando sus miradas al cielo, agradecieron a Dios su misericordia, mientras fluían lágrimas de alegría de sus ojos".

La insólita imagen con la que se encontraron los pampistas era la de un enorme edificio de estilo neoclásico en medio de la nada, con el mar de fondo y rodeado de dunas.

“En aquella época era todo playa, un lugar paradisíaco” dice Jorge Schweitzer. Y fue el mar una de las cosas que más disfrutaron, tal y como cuenta en sus memorias Mauricio Chajchir, ya fallecido, que llegó con 10 años a Mar del Sud: “Nos bañábamos en la playa, solitaria y despoblada, con el mismo traje que Adán. Había que andar 50 metros para que el agua nos llegara al pecho”.

El hotel, con sus casi 100 habitaciones y amplios espacios, se convirtió en lo más parecido a un hogar que habían tenido en mucho tiempo. Se sabe que uno de los salones funcionó como improvisada sinagoga; cuentan que hubo bailes y hasta se celebraron casamientos. En sus patios con exóticas palmeras se reunían para charlar y jugar.


Patio del hotel: Fuente: Walter Barús.

No todos se alojaron en el hotel, como fue el caso de Enrique Dickman: “Un compañero de viaje y yo no queríamos ocupar una habitación en el hotel y nos instalamos en una carpa a orillas del mar, donde pasamos más de tres meses en un magnífico veraneo”. Dickman, que llegó a ser diputado en el Congreso Nacional, relata cómo vivió esos días en su libro Recuerdos de un militante socialista: “Pasé en Mar del Sud tres meses maravillosos. Campo, mar, pesca y caza, trabajo provechoso y no muy duro, en contacto con la vida rural. ¡Así empezaron mis días y mis trabajos en mi nueva patria!”

Dos acontecimientos ensombrecieron la vida de los pampistas en el Boulevard Atlántico. A los pocos días de su llegada un terrible temporal derrumbó una de las paredes del piso superior del hotel y, aunque no hubo que lamentar víctimas, muchos inmigrantes resultaron heridos. Poco después una epidemia, que pudo ser de tifus o de fiebre amarilla, se llevó por delante la vida de unas veinte personas, la mayoría niños. Todavía se no se conoce con exactitud dónde fueron enterrados, pero ese misterio ha dado pie a múltiples leyendas.

A finales de marzo, coincidiendo con el fin del verano, los emigrantes comenzaron el traslado para ocupar las nuevas colonias en la provincia de Entre Ríos.

Los buenos recuerdos de ese verano en Mar del Sud quedaron grabados para siempre en la historia familiar de los “pampistas”. Algunos de sus descendientes han querido conocer ese hotel junto al mar del que tanto han oído hablar. “Hace cinco años vino una señora buscando el lugar donde había sido enterrada su abuela”, cuenta emocionado Jorge Schweitzer, “yo sé dónde están las tumbas. Al otro lado del arroyo de La Tigra hay una parte blanca donde no crece el pasto porque los enterraron con cal. La señora se puso a llorar. Dos meses después volvió con sus familiares.”

Hoy, 120 años después, el hotel Boulevard Atlántico es un edificio fantasmal en un proceso de constante deterioro y, a menos que alguien lo evite, pronto se convertirá en ruinas.