— ¿En Pestovo? Sí, ¡por sus caminos pasan Hammers y Mercedes! Incluso los perros tienen casitas VIP,  ¡yo mismo lo he visto! – En el mostrador de la tienda hablan sobre el pueblo vecino como si se tratase de un cuento.


Quizá todos tengan el mismo final:


— Trabajan muy duro. Construyen casetas durante todo el día. Es un misterio cuándo duermen o comen.


Con lo de “casetas” se refieren a las cabinas prefabricadas  que se colocan en cualquier lugar de construcción para los obreros de cualquier país. Casi todas ellas vienen de aquí, de Pestovo.
 
La intuición de Kuzin


El empresario Oleg Kuzin, cuando tenía veinte años sintió en su interior la llamada del oro, cogió un martillo, clavos y tablas y empezó a “construir casetas”. Desde entonces, estas dos palabras se convirtieron en sinónimo de “éxito”.
“Construir casetas” significa trabajar mucho, ganar gran cantidad de dinero y sacarle provecho a la vida.  Las ventas se expandieron de manera significativa. En la actualidad es un auténtico millonario, poseedor de su propio imperio: el grupo de compañías “OVK”.


Son las ocho de la tarde. Normalmente, a estas horas, la vida en la provincia languidece, sin embargo, aquí abunda el trabajo:  los talleres están llenos de trabajadores, el portero vigila la zona y Kuzin no piensa en irse de su puesto de trabajo.


— En la época soviética en Pestovo había dos instalaciones en las que trabajaban sus habitantes: un taller de tala de árboles y una fábrica de mecánica experimental. El taller de tala producía madera y la fábrica mecánica experimental creaba cabinas metálicas para los trabajadores de la construcción, casetas metálicas prefabricadas. Era una producción de gran alcance que llegó a Argelia, Guinea-Bissau, Mongolia, Irak y Cuba, -cuenta Kuzin.


Después llegó la Perestroika y las grandes fábricas rápidamente cayeron en desuso.


— Yo mismo trabajaba en la tala de árboles: primero en el taller se separaba la madera, después fui conductor, - continúa Kuzin.- Pero en 1992 hubo retrasos en los pagos de tres y cuatro meses y por televisión empezaron a anunciarse pequeños negocios, los comerciantes empezaron a ir de Moscú y San Petersburgo a todas partes y se abrieron las primeras tiendas privadas. Con un amigo abrimos el primer quiosco de productos. Pero el negocio duró poco, no era posible invetir en él: el pueblo es pequeño, la posibilidad de compras de los habitantes era limitada y la variedad escasa. ¿En qué se podía invertir?
 

La respuesta llegó por sí sola. El taller de tala de árboles y la fábrica experimental habían llegado a su fin, pero en Pestovo continuaba con la tradición de los comerciantes que venían de Moscú.


— Buscaban casetas prefabricadas y se iban sin nada – recueda el padre-fundador del negocio local. – Compré un terreno no muy grande. Contraté a dos ayudantes y comenzamos a construir las primeras casetas, simplificamos la técnica y la hicimos más barata. Hicimos unas 20 ó 30 y entendí que la cosa funcionaba, así que contraté a más empleados, me involucré en la construcción, en la venta...


En 1993 ningún vidente podría predecir que el país, que había quedado destrozado, empezaría poco a poco a resurgir e incluso llegaría el boom de las casetas prefabricadas convirtiéndose en una necesidad actual.


— Nadie esperaba que hubiese tal demanda, - dice Kuzin.— Se vendía muchísimo. Después de mí, un conocido también empezó a construirlas, luego un segundo y hasta un tercero. Incluso mis trabajadores  abrieron su propio negocio.


Los años 90 fueron una época difícil para las empresas rusas, pero milagrosamente los negocios de Pestovo salieron adelante e incluso convirtieron sus problemas en nuevas posibilidades.
 
— Pestovo está ubicado entre las dos capitales: a 470 km de Moscú y 480 de San Petersburgo – dice Oleg Sterjóv, otro importante empresario de la ciudad, dueño de la empresa “Pestovoexportles”. — A finales de los 90 nos abrimos camino hacia Moscú y su región. A principio del 2000 empezamos a trabajar en San Petersburgo y los camiones iban de norte a oeste. Decenas de habitantes de Pestovo se convirtieron en presidentes de empresas en ambas capitales. Más adelante creamos nuestra página web y surgieron compradores de todo el mundo.


Se trata de una situación única en la que todo el pueblo durante el día se dedica al mismo negocio, fabrican el mismo producto y, sorprendentemente, no hay ninguna guerra de competencia.


— ¡No existe la competencia! – afirma Kuzin. — Hay trabajo para todos. Uno solo en el mercado no sería suficiente. Además, cuando tienes un periodo de calma y la competencia cuenta con muchos pedidos te pone en contacto y le dices: “¡Ayúdame! — y te dice, “Por supuesto”. Y viceversa. Nosotros hemos crecido aquí y nos conocemos unos a otros perfectamente desde el jardín de infancia.


— No se molestan entre ellos y es fácil de explicar, -dice el jefe del Ministerio de Interior Intermunicipal, Yuri Yegórov. — Si la producción fuese tan sólo para Pestovo, seguramente habría competencia interna. Pero el país es enorme y no tiene que repartirse nada. En las páginas de Internet venden en Chitá, en Samara, en Ucrania, y los hay que venden en España. Ellos, por el contrario se unen para no perder pedidos.


Actualmente las casetas prefabricadas se encuentran en la tundra, en la taiga, en el mar y en plataformas petrolíferas. De esta manera, paulatinamente los ciudadanos de Pestovo se van apoderando de todo el territorio del país hasta el extremo norte.


Olor a dinero


Cuando abunda el dinero en una ciudad, la vida empieza a cambiar de manera evidente. El abismo que separa Pestovo del resto de pueblos colindantes se está haciendo cada vez más grande con los años.


De acuerdo con algunos indicadores, el nivel de vida de este pueblo supera el de... Moscú. Por ejemplo, el número de automóviles per cápita casi se duplica: en la capital por cada cinco personas hay dos coches, mientras que en Pestovo esta cifra es cada cuatro personas, sin olvidar que suelen ser de marcas extranjeras.


Otro indicador por el que este pueblo compite con las grandes ciudades del país es la cantidad de empresarios. Según datos del departamento Económico de la Administración de Pestovo a término municipal, de los 16.000 habitantes registrados en el pueblo 938 son empresarios.


— En Pestovo contamos con millonarios de dólares – responde con seguridad Oleg Sterjóv. — Nuestros millonarios de rublos son típicos constructores que se desplazan a otro lugar para trabajar. Es temporada de construir casetas, “banias” y casas de campo significa que en breve lo verás ir en un coche de un millón de rublos. Un soldador de casetas cobra entre 2.000 y 3.000 rublos (entre 65 y 100 dólares) al día. Un conductor ganar 3.000 ó 4.000 rublos (entre 100 y 135 dólares) por un desplazamiento a Moscú.
 
La conciencia como inversión


Oleg Sterjóv es el primer empresario privado de Pestovo. Su negocio nació el 3 de diciembre de 1990. En la actualidad, después de 22 años, la mitad de las tiendas de construcción de San Petersburgo venden su material para la construcción. En España, en Andalucía, concretamente en Úbeda, se puede encontrar un pueblecito de 27 casas de dos pisos con estructura de paneles construidas por Sterjóv. Éste conoce muy bien el negocio de Pestovo.


— ¿Sabe? Entre nosotros no existe la corrupción, - comenta Oleg Sterjóv, - puede no creerme, pero nuestras leyes realmente funcionan. ¿Por qué? Porque cuando la gente trabaja, las leyes funcionan. ¿Para qué aceptar un soborno? Todos tienen lo suyo. Si tú me robas, a la hora lo sabe todo el pueblo. En una ocasión, un funcionario  del juzgado trató de introducir la costumbre de los sobornos y robarles a los empresarios, ¿sabe qué pasó? Tuvo que irse del pueblo.


Cuando en Pestovo empezaron a crearse negocios, el gobierno no estaba para preocuparse por un pueblo. Después ya era demasiado tarde: la burguesía local se había fortalecido. Hoy en día la preocupación principal de los empresarios de Pestovo es que el pueblo no crezca. Ya que si es así se perderían las ventajas de se una pequeña ciudad, en realidad, un pueblo grande.


Mientras tanto los empresarios invierten todas sus ganancias en el negocio. Bueno, y en algún viaje.


— A veces intentamos tener aunque sea un par de semanas para descansar con la familia – dice sonriendo Oleg. — Hemos estado en Egipto, en Bali y en Tailandia. Ahora planeamos ir a Vietnam. Pero si soy sincero no me apetece ir allí. Su comida no me gusta y echo de menos el hogar. Sin embargo, me gustaría ir a Europa. O al Baikal, o a Solovkí. O mejor todavía, quedarme en casa, tumbarme, apagar el teléfono y dormir...