Durante seis semanas casi tres millones de personas visitaron la muestra; para los norteamericanos, la oportunidad de exponer sus casas y electrodomésticos en la URSS era todo un caballo de Troya, “un trocito de América en el corazón de Moscú”.


Por aquél entonces, televisiones y frigoríficos todavía eran extraños más allá de las grandes urbes soviéticas. Desde tiempos de Stalin la economía soviética estuvo organizada en dos grupos: 1) Industria pesada y militar, y 2) Productos de consumo. La producción se organizaba con planes quinquenales que daban prioridad al primer grupo. Esto tuvo logros pero también consecuencias: por un lado mandaron el primer hombre al espacio y controlaron Europa del Este, por otro los ciudadanos soviéticos sufrieron racionamientos y la ‘Shturmovshchina’ (malas prácticas de trabajo y trucado de números de producción) se extendió por el imperio.


“Esta exposición está organizada para ojos de mujeres más que de hombres”, escribía Marta Dodd en la revista Ogoniok. “¿Y esta es una de las principales naciones del planeta? Siento pena por los americanos a juzgar por esta exposición ¿Es posible que su vida se centre sólo en una cocina? Nosotros esperábamos ver algo grandioso, algún equivalente a nuestro Sputnik; pero los americanos pretenden sorprendernos con cocinas” alardeó uno de los visitantes.


La exposición fue inaugurada por Nikita Kruschev y Richard Nixon (entonces vicepresidente de EE UU) en el verano de 1959, pocos meses después de que el Partido Comunista en su 21º congreso estableciera como objetivo “mejorar los niveles de vida para alcanzar y superar a América”.


Eso mismo prometió Kruschev durante una peculiar rueda de prensa que dio junto a Nixon, retransmitida en directo y en color, lo que era un hito para la época. Dicha inauguración se convirtió en un debate que marcaría época, como podemos ver en este vídeo:


“Kruschev era un campesino casi sin educación. En el debate con Nixon, casi como un boxeador, busca siempre el contacto directo con el espabilado intelectual americano, lo toca casi como si quisiera agarrarle. Nixon reacciona de la misma manera, le apunta al pecho con el dedo, y coge al Secretario General por los hombros. Todo eso acontece delante de la cámara; la diferencia es que Nixon sabía lo que significaba la retransmisión en directo, mientras que Kruschev no”, nos explica Karsten Brüggeman, especialista en historia de la ‘Guerra Fría’ de la Universidad de Tallinn.


De hecho, la importancia radica en que por primera vez dos altos cargos de sistemas antagónicos conversan en directo delante de sus ciudadanos. “Y no hablan sobre cohetes, o armamento, sino las particularidades de las casas soviéticas y americanas. Dicha conversación dejó claro que el ‘enemigo’ era tan humano como ‘nosotros’”, concluye el profesor Brüggeman.


La exposición norteamericana en Moscú no estuvo exenta de desafíos. La prensa soviética criticó que Estados Unidos quería presentar el “Taj Mahal” como casas de obreros norteamericanos, mientras que el Kremlin reaccionó lanzando un nuevo modelo de cocina llamado “Splitnik” (lo que supuestamente era el equivalente doméstico del Sputnik).


Durante el recorrido inaugural de la exposición, Nixon aseguró que esas casas “cuestan 14.000 dólares y se las puede permitir cualquier obrero norteamericano”, a lo que contestó Kruschev “también nuestros campesinos se lo pueden permitir”. Ya en el debate, Nixon lanzó “¿no sería mejor competir con lavadoras que con cohetes?”, a lo que Kruschev contestó “sí, pero tus generales dicen que tenemos que competir con cohetes”, añadiendo “y somos más fuertes, y acabaremos venciendo”.


Otro de los puntos curiosos fue la discusión sobre el papel de la mujer en la cocina. Ante un prototipo de casa californiana, Nixon paró a Kruschev y le dijo “pero fíjate en esa lavadora… lo que queremos es hacerle la vida más fácil a nuestras mujeres”; a lo respondió el líder soviético: “pero nosotros no tenemos esa actitud capitalista con las mujeres”.


De acuerdo con Susan Reid, investigadora de la universidad de Sheffield, el trabajo de ‘jaziaika’ (ama de casa) era tomado como identitario en la URSS, no como una profesión: “La libertad conseguida con la liberación del trabajo doméstico no era libertad para convertirse en un objeto de ocio, sino para realizarse como persona completa, participar en la vida social y en la económica más allá de la casa”, concreta Reid.


La liberación de las tareas domésticas era una de las principales exigencias del feminismo socialista ruso, liderado por Alexandra Kollontai, quien clamaba que “la aislada labor doméstica de la mujer es el origen de su esclavismo”. De hecho, el espacio para la cocina parecía destinado a la extinción en la sociedad comunista, siempre “para aliviar la carga de trabajo de la mujer”; así, en el plan masivo de construcción de viviendas de Kruschev “para que cada familia tuviera su apartamento” las cocinas eran diminutas y se fomentaba comer en el trabajo o en cantinas (stolóvayas).


No obstante, hay investigadores que relacionan la reducción del espacio de las cocinas con una estrategia para controlar los espacios donde dialogar y criticar potencialmente al régimen. Para otros, como Serguéi Prozorov, la paradoja está en que al querer competir materialmente con un sistema capitalista, al liberalizar la vida cultural, al reducir la represión violenta acabas por desmontar la base del estado bolchevique-stalinista, perdiendo pues eficacia, apareciendo el mercado negro y extendiéndose la frustración entre la gente.


Como dice el profesor Brüggemann, “los dos creyeron ganar y los dos acabaron perdiendo”, uno por la guerra de Vietnam y el Watergate, el otro porque la promesa de superar la producción de bienes de Estados Unidos “en siete años” resulta patética si echamos la vista atrás… o al presente.



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