“La estrategia de política exterior propuesta consiste en la defensa de nuestros intereses nacionales, en lugar de consentir los intereses de otros países”, explica Mijaíl Marguelov, presidente del Comité de Asuntos Exteriores del Consejo de la Federación.


Durante el primer mandato presidencial de Putin, hace doce años, se establecieron las líneas generales de la política exterior rusa que identifica cuatro prioridades nacionales. En primer lugar, el fortalecimiento de la seguridad internacional en base a la creación de un sistema de seguridad paneuropeo y cooperativo. En segundo lugar, la formación de un nuevo orden mundial en el cual la asociación entre las potencias más importantes se dé exclusivamente en términos de igualdad y respeto mutuo. En tercer lugar, la creación de condiciones favorables para Rusia desde el punto de vista de las relaciones económicas internacionales, tarea encargada al ministro de Relaciones Exteriores. Y por último, Rusia aboga por el respeto a los derechos humanos a nivel internacional. Ninguno de estos puntos ha perdido relevancia alguna a día de hoy.


Desde el primer mandato de Putin Rusia ha aprendido a analizar las iniciativas occidentales con sobriedad e imparcialidad, y a decir “no” a aquellos que contradigan sus intereses estratégicos. No han quedado dejos de esperanzas del primer mandato presidencial de Putin en relación con un marco conjunto de seguridad en el espacio noratlántico, y ahora se ha desvanecido la fe en la efectividad del Consejo Permanente de Asociación Unión Europea-Rusia.


En 2006, en una reunión del ministerio de Relaciones Exteriores con los embajadores rusos, Putin advirtió a sus socios occidentales: “Rusia no participará en ninguna alianza sagrada. No participará en un ultimátum que conduciría a un callejón sin salida y constituiría un golpe a la autoridad del Consejo de Seguridad de la ONU”. El presidente se expresó a favor de “principios que deben ser universales y tienen que basarse en el derecho internacional, y además conlleven la solución de conflictos regionales”.


En lo que va de 2012, Putin no se ha variado sus anteriores políticas. Su postura se ha vuelto más dura e incluso más agresiva, aunque en relación a la defensa de los principios fundamentales del derecho internacional y no de las potenciales amenazas militares a ningún vecino. Putin considera que los intentos occidentales por reemplazar arbitrariamente a los gobernantes indeseables bajo el pretexto de defender los derechos humanos (tal como ocurrió en Libia) y utilizar argumentos humanitarios para amenazar a estados extranjeros (tal como está sucediendo ahora en Siria) contradicen los principios del derecho internacional. En marzo, el ministro de Relaciones Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, describió frente al Consejo de Seguridad de la ONU tales acciones como “arriesgadas recetas de ingeniería geopolítica” que amenazan la estabilidad global. El enfrentamiento de Rusia con Occidente respecto a estos asuntos continuará existiendo.


Los politólogos rusos creen que el próximo jefe de Estado continuará demostrando a Occidente que su política internacional está guiada sólo por los intereses de una Rusia independiente que pretende continuar siéndolo en el área de la política exterior. Putin renunciará a participar en cualquier alianza internacional en la cual Rusia pueda ser considerada un socio menor.


En las últimas décadas, Rusia ha delimitado su área de intereses y los protegerá sistemáticamente contra cualquier intervención extranjera. Cualquier país debería comprender que si invade intencionalmente el espacio geopolítico ruso, se encontrará de forma automática en conflicto con Rusia. Moscú desea mantener su influencia política sobre el territorio post soviético y hace planes para formar una Unión Euroasiática basada en intereses económicos comunes.


Además, el desarrollo de las relaciones con la región Asia-Pacífico sigue siendo prioritario. Y también la búsqueda de maneras que restablezcan su posición en el mundo árabe y África, perdida en los años noventa. La situación mundial ha cambiado y, según el politólogo alemán Alexánder Rahr, “Moscú se ha vuelto lo suficientemente fuerte como para desempeñar su propio papel en la política mundial”.


 “Las principales ideas que Putin ha intentado transmitir en sus respuestas a los interrogantes internacionales, están relacionadas con la apertura del país, su búsqueda de socios y el rechazo de la imagen de Rusia como bravucón”, expresa Nikolái Zlobin, director de los programas ruso y asiático del Centro para la Defensa de Información en Estados Unidos.


Los medios occidentales suelen retratar a Rusia como un país astuto e intransigente que presume por defender regímenes antidemocráticos y dictatoriales. Pero Putin describe como demagógico el deseo de Occidente de quitar la idea de soberanía nacional de la agenda y reemplazarla por la de los derechos humanos. De modo que Putin continuará con la protección de los principios y valores que permitan a la gente determinar su propio futuro sin interferencias externas.


Los desafíos y las amenazas que continuarán existiendo en los próximos años forzarán a Rusia a definir su círculo de aliados y socios con mayor claridad. Si bien Moscú ha renunciado a establecer un enemigo potencial, bajo el gobierno de Putin podemos predecir una mayor rivalidad entre Rusia y Occidente. Esto se aplicará sobre todo a la relación con los EE UU. Putin nunca se resignará a los intentos de Washington de utilizar la defensa antimisiles para movilizar a los miembros de la OTAN y materializar los intereses estratégicos estadounidenses, ya que ve a dicho acercamiento unilateral como una amenaza a su seguridad.


El diálogo entre Rusia y la Unión Europea tampoco será fácil. Si una Europa unida continúa construyendo barreras fronterizas para las empresas rusas y retrasando la adopción de un régimen libre de visados, así como dando la impresión que percibe a Moscú como un caballo de Troya que tiene por objetivo destruir la prosperidad y los principios morales de los europeos, podemos olvidarnos de un acercamiento.


Putin comulga con la idea de un hogar europeo común, mutatis mutandis, desde este mismo momento. Aunque no pretende colarse en la Unión Europea si dichas iniciativas se cumpliesen sin el acuerdo de los socios europeos. Mucho menos si rehusaran respetar la preocupación rusa relativa al despliegue de sistemas de defensa antimisiles estadounidenses en Europa.


Por otra parte, durante los próximos seis años, el presidente ruso mantendrá un diálogo con China y otros países asiáticos. Dicha cooperación permite que Rusia no realice todas sus apuestas en una sola mesa y pueda incrementar sustancialmente sus posibilidades de política exterior. Al mismo tiempo, el hecho de que Rusia posea un aliado como Pekín fuerza a Occidente a prestar atención a lo que se dice en Moscú.


Estamos ante una situación de política exterior que podría caracterizarse como: “ Rusia dice lo que China opina”. Lo cual es particularmente cierto respecto a asuntos relacionados con el cumplimiento de los principios del derecho internacional.