El día de Alice Tchoupova, de 7 años, empieza a las 9 de la mañana. Después de desayunar, la niña hace ejercicios de escritura: va copiando las palabras en su cuaderno y su madre comprueba que traza las letras con aplicación. A esto sigue una hora de lectura. Ese día, el programa consiste en leer unas páginas del libro ruso “El diario del bosque” de Vitali Bianki. Después viene la gimnasia. Hacia la 1, Alice y su mamá, acompañadas del hermano pequeño, salen hacia el museo zoológico para ver qué aspecto tienen las codornices, las perdices y los halcones que tan bien describe Bianki. Entre semana no hay demasiada gente en el museo, por lo que nadie interrumpe esta lección privada de historia natural.

Alice no tiene ningún problema de salud. No va al colegio porque su madre ha elegido para ella un modo específico de formación: la enseñanza familiar. Este marco también está permitido por la legislación y descrito tanto en la ley actual “Sobre la formación”, como en la nueva versión, cuyo anteproyecto está publicado en la página web del Ministerio de Educación y Ciencia ruso. Son los padres los que tienen el derecho a elegir.

Es sorprendente el aumento de la popularidad en Rusia de la enseñanza en casa. En unos años el número de estudiantes “domésticos” se ha multiplicado casi por 10. En 2008 sólo había unos 11.000. En los Estados Unidos, estos niños son más de 2 millones. Y es preciso señalar que, según los estudios, el éxito de los niños que han recibido formación individualizada es un 1,5 superior a la media.

“En casa, yo puedo planificar la jornada de mi hija de modo que toda la familia se organice mejor”, explica la madre de Alice. “Si es preferible ir a la piscina por la mañana, a las horas en las que hay menos nadadores, entonces vale la pena ir y continuar después en casa con una de las lecciones del programa. Entre semana, los museos son más accesibles: no hay tanta gente, se puede pasear tranquilamente, analizar los cuadros y las otras piezas. Alice sigue el programa escolar al ritmo que le conviene, sin frenar ni acelerar”.

Sin embargo, no se puede pensar tampoco que la escolarización en casa es siempre sinónimo de felicidad. En ocasiones, es necesario esforzarse: tenemos entre manos un programa escolar que hay que respetar. “Quizá es más duro que simplemente mandar el niño al colegio”, afirma Ekaterina. “Hay que ser consciente de la propia responsabilidad. En el colegio, la compartimos con los profesores y a veces no la asumimos completamente”.

Naturalmente, los padres que se atreven con la educación a domicilio necesitan la ayuda de profesionales. Este es el motivo por el que se comprueba la aparición de cursos para padres en el seno de algunas universidades pedagógicas. Recientemente, se ha presentado un programa de este tipo en la Universidad Pedagógica de Ciencias Humanas de Moscú. Los especialistas ofrecen a los padres apoyo a distancia y consultas online.

El principal problema del que a menudo hablan los que se oponen a la educación a domicilio es “el fracaso” de la socialización: un niño encerrado en su familia, será incapaz, cuando llegue el momento, de levantar el vuelo en la vida real.


“La educación a domicilio es peligrosa en la medida en la que el niño no realiza suficiente práctica social”, advierte Elena Koutepova, vice presidenta del Instituto de Problemas de Educación para la Integración de la Universidad de Pedagogía y Psicología de Moscú. “Una escuela o una guardería normales suponen una construcción de relaciones entre niños y adultos. En el contexto familiar, estas relaciones no se desarrollan. Es una gran desventaja”

Según Elena Koutepova, los intercambios sociales que los talleres o los clubs ofrecen a los   pequeños educados en casa son otro tipo de relación fácil de establecer y desarrollar. Por supuesto, este tipo de intercambio es útil y ayuda a que el niño se adapte a la sociedad. Sin embargo, según el experto, la toma de conciencia de esa responsabilidad social solo se desarrolla realmente en los centros escolares.
 
Artículo publicado originalmente Rossiyskaya Gazeta.