Una pasión

 “Hay demasiadas cosas, términos y personajes entre Púshkin y yo”, dice  Laura Estrin, la docente encargada de clases prácticas, mientras recorre con una mirada inquieta a los estudiantes reunidos en la sala. De acuerdo al diseño académico Laura debe provocar, crear un trasfondo emocional y generar discusiones sobre lo leído. En definitiva, tiene que sacar a los estudiantes de su contexto habitual y colocarlos en otro; el de una Rusia transhistórica, vivida por distintos individuos, pero a través de los mismos hitos personales: por ejemplo, una relación amorosa, un viaje o una enfermedad. En suma, todo aquello que Mijaíl Bajtín, el gran lingüista y filósofo ruso, denomina “cronotopos” (la conexión de las relaciones espaciales y temporales asimiladas artísticamente en la literatura) y postula como elementos indispensables para la construcción de biografías. Y, ¿qué es la historia de un país, sino una aleación de muchas biografías?

Laura representa el enfoque “pasional” de la metodología propuesta por los docentes de la UBA. Las emociones a flor de piel contribuirán a que los estudiantes de la facultad de Filosofía y Letras se impregnen de una cultura tan lejana y compleja, como la rusa. Además, hay una complejidad adicional ya que ningún alumno habla ruso ni puede leer la bibliografía recomendada en el idioma original. Por suerte para ellos, cuentan con la dedicación y conocimiento de sus tutores, y además algunos de ellos– como Fulvio Franchi y Omar Lobos – se encargan de realizar traducciones literarias de ciertas obras claves. Es el caso de algunos poemas de V. Mayakovski, que en su momento no llamaron la atención de los traductores oficiales en la URSS o en Cuba, ya que a diferencia de otra parte de su creación altamente politizada, hablan de amor y no de comunismo. Por ahora los poemas “Lílichka” y “Nube en pantalones” (traducción de Omar Lobos) están disponibles solamente en la cátedra. Pero hay obras como “Viaje a Armenia” de Osip Mandelstam, que se encuentran más accesibles. Este texto poético cobró vida en Argentina gracias a Fulvio Franchi y fue publicado por la editorial “Alción” en 2004 por la editorial “Alción”.



Una estructura

Susana Cella es la creadora de este curso, que tiene un título oficial bastante extenso: “La fábula biográfica. Experiencia y escritura. Inscripciones y figuraciones en la literatura rusa”. La propuesta metodológica de Susana se caracteriza por ser especialmente estructurada, ya que busca proporcionarle al estudiante elementos de referencia que permitan explicar la obra de Pushkin desde una perspectiva racional, y no solamente “sentirlo en la piel”.


“La literatura rusa tiene una propuesta literaria, sumada a una propuesta social. Más que un 'arte por el arte', se trata de plantear problemáticas”, afirma Susana. Por eso, cuando en el 2003 esta disciplina empezó a tomar forma de una materia universitaria,   se orientó hacia la historia y los procesos políticos. Sin embargo, el enfoque tradicionalista sufrió varias “remodelaciones”. Susana cuenta, por ejemplo, que el tercer curso que crearon se llamaba “La literatura y el Mal” y se centraba en la figura del Diablo. Mediante un eje significativo tan singular los alumnos obtuvieron herramientas de análisis que les permitían entender mejor la obra del clásico Gogol, o del escritor Mijaíl Bulgákov, favorito de la profesora.

Uno de los objetivos del curso actual es trabajar desde la subjetividad y lo biográfico los aspectos globales de la historia de un país. Y a partir de la historia rusa, adquirir una serie de elementos interpretativos para poder reflexionar sobre el destino de la Argentina y, probablemente, la historia universal. Es así como lo ve Áxel, uno de los estudiantes inscrito en el curso. “Es todo un desafío. La literatura rusa es una literatura difícil. Debe enseñarse con mucha experiencia de vida y un criterio responsable, como el de nuestras profesoras”.

 

La revolución como cronotopos

Se puede estar a favor o en contra de ella, hablar sobre el tema en términos teóricos o armar una marcha de protesta. Se puede levantar una bandera ideológica o proclamar una apolítica flor como fin último… Da lo mismo, en qué continente, siglo, idioma e incluso, de qué lado se esté. Sea como fuere, la revolución es una especie de hito biográfico que viven prácticamente todas las naciones en algún periodo de su desarrollo.

Así es como en Rusia actual ya se superó el tema, mientras que entre los humanistas argentinos la teoría de la degeneración de la revolución todavía se discute arduamente. De hecho, se trata de uno de los objetos de estudio favoritos de las ciencias sociales, ya que constituye un eje significativo y, además, condiciona la existencia de otro elemento que es importantísimo para cualquier sociedad: la intelectualidad como el segmento pensante de un país.

El término “intelectualidad” hace referencia a los individuos que tienen un nivel de conocimientos suficiente como para generar una reflexión. Suele tener ideas progresistas y pensamiento crítico. Es la intelectualidad la que con su elocuencia y pluma fácil se encarga de sistematizar la experiencia histórica de una nación.

La intelectualidad rusa le lleva a la argentina unos cuantos años. Es probable que un interés tan pronunciado de los intelectuales argentinos hacia los rusos se explique precisamente por el deseo de ver mejor su propio futuro o entender con más claridad su propio pasado. Sea como sea, la literatura es el mejor espacio para investigarlo. Y en la Universidad de Buenos Aires lo saben muy bien.