No menos interés suscitó la Constitución de 1812 promulgada en Cádiz, que precedió en cuestión de meses a la batalla de Borodinó. Debido en gran parte a las turbulencias políticas y sociales del reinado del zar Nicolás I, fueron pocos los viajeros rusos que, en la primera mitad del siglo XIX, pisaron territorio español. El intelectual y comerciante Vasili Botkin, apodado «El andaluz de Maroseika» por sus amigos rusos, firma las impresiones viajeras sobre España más interesantes del siglo XIX en sus cartas. Para él España es el «refugio para la gente a quien le aburre Europa».

Un atisbo de lo que hoy conocemos como turismo nació en el siglo XVII con el Grand Tour, la ruta europea que seguían los vástagos de las familias inglesas de clase media-alta con destino Italia. Al poco se unieron a estos viajes formativos los jóvenes acomodados de Alemania, Francia o Rusia. Otros no tan jóvenes como Goethe, Sterne o los Shelley, con ansias de entrar en contacto con la cultura clásica y conocer de primera mano los territorios idealizados por románticos y orientalistas, plasmaron sus experiencias en obras literarias. Como ramificación de esas rutas, en Rusia floreció un interés por la cultura española en la estela de lo que ocurría en el ámbito político, con tal tesón que se puede afirmar incluso que España se puso de moda. La literatura, por supuesto, alimentó una idea particular del paisaje y los españoles que espoleó la curiosidad de algunos viajeros rusos. «Cartas sobre España» se publicó por entregas entre 1847 y 1851 en «El contemporáneo» y, gracias al éxito cosechado, más tarde en formato libro.

Si bien Nikolái Karamzín firma la primera obra de temática española en lengua rusa, es Pushkin quien enciende el interés por nuestro país. Su contacto con la cultura española no fue directa sino mediada por los libros. Durante su destierro en Chisinau disfrutó de la surtida biblioteca de Pietro Liprandi, descendiente de catalanes, que incluía en sus estanterías páginas en español que llamaron la atención del autor de «Eugenio Oneguin». Desde entonces, su obra literaria estará salpicada de guiños a la revolución burguesa española, a su literatura, y de nombres propios como los del general Riego, Don Juan o el Cid. Poco a poco los temas de raíz española se fueron abriendo camino entre los lectores rusos, en especial con la aparición de las primeras traducciones de El Quijote, Lope de Vega o el Romancero, o de las obras de inspiración española de autores franceses como Merimée. Y la cosa no acaba ahí. Gógol escribió «Memorias de un loco» (1834) en el que el personaje principal, Aksenti Poprischin, pierde la cordura y se cree el rey de España, y Lérmontov dedicó un drama teatral en verso, «Los españoles» (1839), a la Inquisición y la situación de los judíos conversos para abordar la situación de estos últimos en Rusia. Más allá de la literatura, otras disciplinas empezaron a estar presente en territorio ruso, de la primera compra de pintura española en el Ermitage a la visita de compañías de danza española o las exitosas giras de Pauline Viardot, la cantante lírica extranjera más querida por el público ruso. La música también puso su granito de arena. El viaje a España de Glinka, en especial, y el paso de Rimski-Kórsakov por Cádiz, dejarían obras en el repertorio ruso como las «Oberturas españolas» o «Capricho español».

En el interés de Vasili Botkin por España también tuvo parte de culpa Francia. El efímero matrimonio con la joven modista gala Armence-Ismerie Rouillard en 1943 tuvo su punto y final en el mismo viaje de bodas a París. De aquella experiencia Botkin tuvo la necesidad de pasar página y el primer remedio a mano fue volver a visitar un país del que había guardado buenos recuerdos, Italia. Más adelante, después de entrar en contacto con el socialismo utópico francés, en una carta de 1845 dirigida a Belinski, anuncia: «Dentro de unos días marcharé de París a España, donde pienso quedarme tres meses, o más en función de lo que resulte». Y entrando por Irún, visitó Navarra, Castilla y León, Madrid, Andalucía y el norte de Marruecos. Hijo de un comerciante de té, mostró grandes dotes intelectuales en la escuela y una gran habilidad por los idiomas, que le sirvió cuando su padre, sacándole de los estudios para ponerlo a trabajar en el negocio familiar, empieza sus viajes de negocios. El té le permitió experimentar de primera mano los movimientos liberales, el arte y la literatura europea. De gran perspicacia y dotes de observación, occidentalista convencido, traza en sus cartas –que no son cartas al uso sino una colección de ensayos basados en la correspondencia que sí mantuvo con su familia y amistades- lúcidas descripciones de un país, España, que se encuentra en plena turbulencia, víctima de revoluciones y guerras, sin una idea clara de nación, de la que se va enamorando poco a poco tras una primera impresión más bien frustrante, hasta que estalla en los últimos compases con un: «¡Ah, si toda la vida transcurriese siempre con tal felicidad!» durante una puesta de sol granadina.

El carácter nacional de un país siempre carga con los tópicos. Sin embargo, la visión lúcida y extrañada de un viajero como Botkin, entregado a la observación de los detalles y costumbres más variados como la música, el paisaje, la moda, el arte o la política provocarán más de una sonrisa al lector español. Sobre todo cuando subraya problemáticas que, muchos años más tarde, aún siguen candentes. El gran observador es aquel que se deja sorprender, porque la sorpresa mueve a la curiosidad, y la curiosidad a la interrogación. Con ese método Botkin disecciona las faltas de una nación con cierto atraso, ociosa, pero de gran dignidad, que hiciera bien, en sus palabras, de no querer copiar a Europa, sino todo lo contrario: «¡Ay!, si los españoles pudieran, a cambio de aquello que copian tan torpemente de Europa, transmitirle un poco de su alegría tímida, bondadosa, despreocupada, de la cual Europa no tiene ni la menor idea».

Aunque no se puedan evitar los juicios negativos derivados de los gustos personales –por ejemplo, no soporta el aceite de oliva-, Botkin demuestra sus dotes descriptivas como amante y conocedor del arte, autor de numerosos artículos y textos dedicados a la pintura y la música. Nada parece perderse a su curiosidad, pero sobre todo, sabe distinguir las motivaciones que explican cada gesto en el paisaje humano español, ahí radica su valor. En sus primeras impresiones cerca de Vitoria anota:

-«El camino a Vitoria es tristemente pintoresco: hay pocos pueblos; rara vez se ven casas solitarias, grandes y medio derruidas. Al español no le gusta arrugarse; él no vive decorosamente sino a lo grande. ¡Pero todo está abandonado, y aún se ven por todas partes las huellas de la guerra civil! (…) ¡¿Existe acaso la posibilidad de pensar y soñar aún con la vieja España católica, con la España de los romanceros, cuando la España actual apenas en el primero paso sobre su suelo fértil se insinúa tan claramente a los ojos?!».

De la belleza del paisaje cantado por la literatura y ciertas actitudes autóctonas escribe:

«La belleza de España ha entrado hace tiempo en los refranes. Desde hace mucho tiempo los poetas cantan sus naranjales y limonares… ¡Pero, ay! Esto también constituye uno de los equívocos existentes a cuenta de España. (…) Probablemente en este suelo fértil podrían crecer también la encina, el tilo y el castaño. En España la riqueza yace a los pies del hombre, solamente es preciso inclinarse a por ella; pero los españoles aún no aman inclinarse».

Rápidamente aparecen las primeras observaciones sobre el sentir nacional:

«Hay que ver qué es para el español su gobierno y con qué desprecio habla de él. (…) para el español resulta oscuro el concepto de la unidad estatal y el de la igualdad de derechos y de obligaciones. Cataluña y las provincias vascongadas consideran hasta ahora al ámbito constitucional como a un despotismo. “Nos va bien, y a vosotros, mal”, dicen ellos a los españoles, “queréis privarnos de la abundancia y obligarnos a compartir con vosotros vuestra pobreza”».

Al llegar a la capital se pregunta quién ha decidido su ubicación, por inadecuada. «Yo no amo las capitales que se tragan en sí toda la vida de una nación», escribe también en clara alusión al caso ruso. A la elección de Madrid como capital por parte de Felipe II ve Botkin la única y empobrecedora función de ser la residencia de la Corte. Como toda capital que se precie, la política es el tema estrella de las conversaciones:

«En Madrid, aunque ustedes sólo estuvieran predispuestos a la vida contemplativa y artística, aunque quisieran mantenerse al margen de la política, serán inevitablemente arrojados con violencia a ella. Hablen con quien hablen la expresión “el gobierno” será, si no la primera, exactamente la segunda que ustedes oirán».

Del estado de tristeza y atraso culpa a un pasado en el que prevaleció el desgobierno, una administración caprichosa y poco dada a la preocupación por el interés general.

«Todos califican a España de “misterio político” (…) pero al respecto debo señalar que Europa conoce my poco a España. (…) El país quiere alejarse de su pasado y quiere al mismo tiempo conservar sus viejas y arcanas leyendas; hace y rehace sus Constituciones a la manera extranjera y conserva toda su vieja y horrible administración».

Pero no olvida los detalles de la vida cotidiana:

«Cada tienda, cada peluquería tiene sus clientes que se reúnen allí para hablar; a veces estas reuniones son tan grandes que los clientes no tienen siquiera la posibilidad de entrar en la tienda. Como consecuencia de esto en algunas tiendas aparece colgado un cartel con la inscripción siguiente: “Aquí no se tienen tertulias”».

Sobre la hospitalidad española, Botkin no escatima buenas palabras:

«Siéntese en un café en cualquier mesa, con cualquier grupo de los que conversan, independientemente de a qué nación se pertenezca, vuestra presencia no molestará nunca la conversación. Métase valientemente en ella».

o bien:

«El español es un pueblo hospitalario por excelencia; además de esa amable atención que prestan los españoles a las cartas de recomendación, las relaciones en España son extraordinariamente fáciles; es suficiente una conversación en un cafetín para que el extranjero sea invitado a alguna casa».

Es en el sur, y especialmente en Granada, donde Vasili Botkin declara incondicionalmente su admiración por el paisaje mediterráneo español, que desbanca al italiano, país del que había vuelto «enfermo de tanta belleza».

«He visto la naturaleza de Italia y Sicilia, pero en España tiene completamente otro carácter: aquí es majestuoso e inabarcable (…) Entre la naturaleza italiana y la española existe la misma diferencia que entre la poesía de los pueblos septentrionales y meridionales. En la septentrional hay menos precisión, menor colorido y claridad en los modelos pero, en cambio, capta a través de su neblina los matices del sentimiento, como movimientos arcanos del espíritu, que nunca se dan con la clara y colorida certidumbre de los poetas meridionales».

Dedica su última carta a la Alhambra y su entorno, del que el autor duda que haya en Oriente un caso más ejemplar en cuanto a «ligereza, gracia y delicadeza de gusto». Si bien el lector español puede sentirse atraído hacia la autocomplacencia de los rasgos que aplaude Botkin, sirva este texto para disfrutar por igual de la otra cara de la moneda, la crítica. Sirva de ejemplo una pregunta que lanza Botkin en plena sintonía con el curso actual de los recortes y los problemas con el modelo productivo con los que actualmente se enfrentan los españoles: «¿Acaso no radica también en esto la razón por la que la ciencia, el arte, la industria y el comercio, todo cuanto sirve para aumentar la ambición de la gente, se encuentre aquí en tal abandono?».

«Cartas sobre España» de Vasili Petróvich Botkin

Edición y traducción de Ángel Luis Encinas

Miraguano Ediciones