Cómo burlar la censura: el samizdat

La eslavista italiana Valentina Parisi nos habla del samizdat, las prácticas de autoedición que permitían que obras literarias, ensayos e incluso piezas musicales circulasen en la URSS burlando la censura.

Fotografías de Kirill Rudenko

“¿Cómo empezó? ¿En qué día de aquel invierno cambió el viento y todo se volvió horrible? En otoño, nosotros todavía traba...” Este es el íncipit original de los “Relatos de Kolimá” de Varlam Shalámov, prisionero durante cinco años en el gulag de Kolimá, en el periodo de las purgas estalinistas. Publicados hoy en español por la editorial Minúscula, en los años 60 los “Relatos de Kolimá” circulaban en la Unión Soviética solo a través del samizdat, donde frecuentemente el estilo elíptico del autor era interpretado como “incompleto” por algunos lectores, que intervenían integrando o completando aquellas palabras que Shalámov había truncado voluntariamente, como “traba..”, que se volvió, en la difusión que llevaron a cabo los lectores, “trabajábamos”. El autor nunca estuvo completamente de acuerdo con las prácticas de manipulación del texto que llevaban a cabo sus lectores y editores del samizdat; sin embargo, estos contribuyeron a la difusión de obras que de otro modo hoy serían desconocidas debido a la censura.


Samizdat en ruso significa “autoeditado” e indica un fenómeno de gran difusión, entre finales de los 50 y principios de los 60, en la URSS y los países de órbita soviética. Se trata de la práctica de copiar a mano, o con papel carbón, obras censuradas que los lectores encontraban interesantes y que después hacían circular en su círculo de amigos, alimentando un circuito de edición alternativo al del régimen. En los años del “socialismo tardío” el samizdat ha sido vehículo no solo de textos literarios, sino también de análisis político-económicos, recetas de cocina, boletines informativos sobre violaciones de las libertades civiles, ensayos sobre yoga y filosofías orientales y páginas de desconocidos que nunca dejaron de serlo.

Además de la circulación de samizdat en papel, se difundió también una forma de samizdat en audio, con la que experimentó Borís Taighin ya a partir de los años 40. Los “Magnizdat”, más conocidos como “música en las costillas”, eran grabados en placas de radiografía usadas, dado el elevado coste de los vinilos.


La autoedición, común en la URSS a partir de los años 50, hurtaba el texto al control de su autor, pero es precisamente en este aspecto en el que radica la originalidad de la práctica, y lo que hace del samizdat una forma de difusión innovadora y única. “El acto revolucionario del samizdat es transformar las competencias tradicionales del lector, que no está ya confinado al rol pasivo de usuario, sino que se vuelve parte activa, editor de algunas obras”. Así lo afirma Valentina Parise, eslavista italiana y traductora del ruso y del polaco, que resume de este modo el objeto de su libro dedicado al Samizdat: “El lector excesivo. Ediciones periódicas del samizdat soviético, 1956-1990” (en prensa; en Italia aparecerá en la casa editorial Il Mulino).

Para saber más

Antología de publicaciones del samizdat (en ruso): http://antology.igrunov.ru/

Selección de textos de archivos oficiales sobre el fenómeno, recopilados por el escritor Vladímir Bukovski (en ruso e inglés): http://psi.ece.jhu.edu/~kaplan/IRUSS/BUK/GBARC/buk.html

Exposición de libros de Samizdat en Berlín, con fotografías interactivas (en inglés): http://www.othervoices.org/1.2/skuepper/samizdat.php

“El lector / editor de samizdat se vuelve excesivo porque viola las fronteras en el campo de la elección de las obras que hay que poner en circulación, con copias manuscritas o mecanografiadas, burlando la censura, en lo que se llamaba “Tamizdat”. Tam en ruso significa “allá”, es decir, fuera de los límites de la Unión Soviética, poniendo así de manifiesto todos los intereses del público”, cuenta Parisi.

 
Tras haber dedicado su tesis doctoral a un grupo de poetas conceptualistas moscovitas activos en los años 70 y que, debido a las características de su producción habían elegido publicar mediante samizdat, Valentina Parisi pasó a analizar los inicios de esta forma editorial.

 
Uno de los proyectos más interesantes es la revista Sintaxis, nacida a finales de los años 50. “Muchas ediciones periódicas, explica Valentina Parisi, tienen títulos relacionados con el campo semántico de “palabra”, como Voz, Vocecilla o incluso Herejía. Eso pone de manifiesto la posición de aquella nueva generación de artistas y escritores, que no accedían a ser publicados por el Estado”. Sintaxis era un almanaque poético fundado en Moscú por el joven periodista Alexánder Ginzburg, que tiene el mérito de ser una de las primeras ediciones con periodicidad regular, y según varias opiniones, con publicaciones de una calidad excepcional, como poemas de Joseph Brodsky. Además, Ginzburg había dado una orientación interurbana a la revista, dedicando un número entero a Leningrado.


Algunas ediciones periódicas se ocuparon posteriormente de recuperar el patrimonio de textos que no se publicaban desde los años 20, cuando, con la centralización de todas las editoriales bajo la égida del Gosizdat, la casa editorial del Estado, no solo hubo una fuerte concentración de títulos, sino que también se censuraron obras publicadas antes de la revolución y custodiadas en bibliotecas.


En los años 80 la revista Transponans, gracias a su amistad con el historiador de la vanguardia rusa y primer archivista y coleccionista Nikolái Chardzev, logró publicar una serie de inéditos, entre los que se hallaba un artículos de Kazimir Malévich. Por primera vez, en la portada de la revista apareció el símbolo del copyright, la C dentro del círculo, con la advertencia explícita de no reproducir los contenidos sin el consentimiento de los redactores.


Sin embargo, Transponans no fue la única experiencia de editorial clandestina nacida del samizdat. En los años 60, Borís Taighin, conocido por haber dado vida a una casa discográfica underground que grababa samizdat de audio usando radiografías como soporte, había comenzado una labor de recogida y organización de poemas que circulaban solo en forma manuscrita o que eran simplemente recitados en voz alta.


Este material lo publica en pequeños volúmenes mecanografiados, copiados personalmente con su máquina de escribir, y funda la editorial Be-Ta (a partir de sus iniciales), con la que publica casi 500 títulos de antologías poéticas, por supuesto, en tiradas reducidas. De hecho, se sabe que el proceso de copia con máquina de escribir y papel carbón permitía producir un máximo de cinco copias a la vez. La quinta, que resultaba casi ilegible, se llamaba en argot “slepaja”, esto es, “ciega”. “Algunos testimonios afirman que la disidente Liudmila Alexéyeva escribía más de cinco copias a la vez, pero en este caso había que teclear como si se clavasen clavos”.


La tendencia a fundar verdaderas casas editoriales se difundió mucho más en Polonia y en Hungría que en la Unión Soviética, donde hasta mediados de los 70 la tecnología del samizdat, con todas sus limitaciones de número de ejemplares, se había mantenido como el único medio para hacer circular textos prohibidos.


“Un nuevo instrumento tecnológico, explica Valentina Parisi, se difundió a finales de los años 70 con el creciente uso de la fotocopiadora. Claramente, la copia era mucho más rápida, pero también más peligrosa, porque estas máquinas estaban disponibles solamente en las oficinas, de modo que quien se dedicaba a copiar las obras de este modo debía ser mucho más cauteloso”.

 
Lo que emerge de las narraciones de Valentina Parisi y que acerca todas las prácticas de difusión del Samizdat es el papel clave del lector. En los años 70, por ejemplo, las actividades de copia a mano se reservan solo a los textos nuevos o a partes de textos, mientras que se procedía a fotocopiar las obras más conocidas, o, como mucho, a copiarlas a máquina.

Un caso emblemático está representado por las novelas de Nabokov, que, publicadas en los Estados Unidos, solo llegan a la URSS a través del canal de Tamizdat y se difunden en copias mecanografiadas, con vistas a mayor facilidad de aprovechamiento del texto. “Una vez más era el lector quien tomaba las decisiones no solo en la elección de los textos que se difundían, sino también sobre las formas de su difusión”, concluye Parisi.


Bibliografía


Leon Aron: “Samizdat en el siglo XXI: La nueva literatura rusa de la crisis”, en FP: Foreign Policy (Edición Española), 2009, nº. 34, págs. 92-94

Jacob Edmond: “Revistas, antologías y clubs: la cultura poética samizdat en la década de los setenta y ochenta” en Nerter: Revista dedicada a la literatura, el arte y el conocimiento, 2009, nº 13-14, págs. 14-23

Gordon Johnston: “What is the history of samizdat?” en Social history, 1999, vol. 24.2, págs. 115-133

Thierry Wolton; “La contra-información en los países socialistas (El Samizdat y otras formas de expresión paralela)” en José Vidal Beneyto (coord.), Alternativas populares a las comunicaciones de masas, Centro de Investigaciones Sociológicas, 1979, págs. 181-192

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