La colina Staro-Vagankovski en Moscú es casi el único punto desde donde se puede contemplar el Kremlin de arriba a abajo. Hasta el año 1564 aquí se encontraba la casa de uno de los oprichnik del zar Iván el Terrible. Posteriormente se convirtió en la residencia del propio zar. Se cree que en este lugar, a una gran profundidad bajo tierra, se encontraba la famosa biblioteca de Iván el Terrible, la “Liberia”, que según la leyenda, en los tiempos remotos había pertenecido a los emperadores bizantinos. Se contaba que tras la caída de Constantinopla la colección de libros fue trasladada a Roma, y después a Moscú en calidad de dote de la zarina Sofía Paleolog, esposa del príncipe ruso Iván III.  
 
Según una de las historias, Iván el Terrible utilizaba un túnel subterráneo para ir del Kremlin a casa de su madre, que vivía en la colina Staro-Vagankovski. Hoy en día, existe un pozo que podría ser que condujera a ese túnel. Valeri Manzhos, jefe del departamento ocupado de la explotación turística del conjunto arquitectónico “Casa de Paskhov” explica: “La finalidad del pozo no está clara. Hay innumerables versiones, y carecemos de una descripción que explique para qué ni cuando se construyó”. La extraviada biblioteca todavía continúa estimulando la imaginación de escritores y periodistas. No está claro si se trató de un tributo a la leyenda o simplemente de una casualidad, pero el hecho es que varios siglos después de la época de Iván el Terrible, en esta colina, precisamente, se estableció el edificio de la biblioteca pública más grande de Rusia.

El palacete clasicista y la colección de rarezas
 
A finales del siglo XVIII se construye en este lugar un palacete clasicista para el oficial de regimiento Semiónov Piotr Paskhov. Se trata de uno de los edificios más bonitos y que con más facilidad se recuerdan de Moscú. El proyecto arquitectónico es obra de Vasili Bazheni, que también diseñó el Castillo Mijaíl de Pablo I en San Petersburgo y el conjunto del palacio y los parques de Catalina II de Tsaritsino en Moscú. A diferencia de otros palacetes moscovitas, la Casa de Pashkov ha llegado hasta nuestros días casi con su aspecto inicial.

Cifras y datos

Para guardar 41.315.500 ejemplares de libros, se utilizan unas instalaciones cuya superficie es igual a la de 9 campos de fútbol.

A cada bibliotecario le llegan para guardar 29.830 ejemplares.

Para poder hojear rápidamente durante un minuto cada uno de los ejemplares que se conservan tendría que dedicar 79 años de su vida, sin dormir ni descansar.

Se necesitan 25 camiones para transportar todo el sistema informático de la Biblioteca.


En el 2012 se cumplen 150 años desde que la Casa de Paskhov albergara la colección de la biblioteca del Museo Rumiantsev. El conde Nikolái Rumiantsev, en cuyo honor la biblioteca llevó su nombre durante mucho tiempo, fue el primer propietario de una colección de libros, manuscritos, monedas, material etnográfico y otros objetos únicos. Le llamaban el Colón de las antigüedades rusas. Además de acaparar rarezas, le interesaban la historia y la cultura. Tras su muerte en 1826 la colección pasó a ser la propiedad del estado, tal y como se establecía en su testamento. El conde legó todos estos tesoros “para el uso de la Patria y el bien de la educación”, unas palabras que todavía coronan la fachada de la Casa de Pashkov. Posteriormente, el emperador Alejandro II ordenó trasladar el museo desde Petersburgo, su refugio inicial, a Moscú.

Durante cuarenta años, Lev Tolstói fue uno de los asiduos lectores de la Biblioteca Rumiantsev. De hecho, hasta el año 1939, en el departamento de manuscritos había  un despacho con su nombre donde se guardaban los manuscritos del famoso escritor, cedidos a la biblioteca por su esposa Sofía Andréyevna Tólstaya.

La Leninka

Tras la Revolución de 1917 el museo Rumiantsev desapareció. La biblioteca se rebautizó con un nuevo nombre, Biblioteca Lenin, y se convirtió en el depósito de libros estatal. La “Leninka”, tal y como era conocida, incorporó a sus fondos todas las colecciones abandonadas, sin propietarios y nacionalizadas. De esta manera, el número de volúmenes se cuadriplicó. Además, en Leninka se permitían guardar los manuscritos y libros prohibidos por la censura soviética. Gracias a ellos han llegado hasta nuestros días valiosísimos libros de talentos represaliados: científicos emigrantes, escritores-filósofos, personalidades culturales y miembros de los numerosos círculos y uniones literarias de los años 20.

A causa de la falta de espacio se empezó a construir un nuevo depósito. Cuando empezó la Segunda Guerra Mundial este todavía no se había acabado de construir pero los trabajadores, temiendo un posible incendio en la Casa de Pashkov empezaron a trasladarse al nuevo edificio de hormigón. En aquella época el traslado no se hacía de forma mecánica y cada día se transportaban más de 600 cajas de libros manualmente.
 
Durante la guerra en la Casa de Pashkov funcionaba una sala de lectura. Una de las   bibliotecarias, Zoya Kolchina, recordaba: “en la biblioteca se estaba caliente, había luz y se estaba muy bien, unas lámparas de pantalla verde iluminaban las mesas. El mecanismo para entregar las peticiones y los libros era primitivo, pero nos iba bien. Los libros y los periódicos del depósito principal se enviaban en una caja de madera contrachapada, que con unos patines se deslizaba por un cable tendido en el aire que llegaba hasta la recepción del edificio principal”.
 
A finales del siglo pasado, bajo el edificio se construyó la estación de metro Borovítskaya y los fundamentos de la antigua construcción no aguantaron por lo que bajaron el nivel y los recubrimientos se agrietaron. Las autoridades de Moscú empezaron la restauración, pero como no había dinero suficiente se pararon las obras. “Hasta el momento de la restauración, había una línea ferroviaria bajo tierra, con la que se transportaban libros desde la Casa de Pashkov hasta el edificio principal. Según cuentan los más veteranos, hace unos diez años los jóvenes en prácticas fumaban en el túnel sentados en las vagonetas. Ahora se han quitado los raíles y las vagonetas, pero se conserva el túnel”, cuenta Valeri Manzhos.
 
Afortunadamente, gracias a un grupo de gente con iniciativa y medios, la Casa de Pashkov fue restaurada en el año 2007. Ahora las paredes de este edificio albergan además un museo de rarezas bibliográficas, un depósito de notas y mapas. Yulia Vishniakova, trabajadora del departamento de investigación cuenta: “Guardamos libros de valor, los así llamados monumentos literarios, como ediciones de Alberto Durero o Alexánder Pushkin publicadas en vida de estas personalidades. También tenemos una edición de las fábulas de Krilov del año 1855”, con la letra impresa en plata. La joya del depósito son los “elzerviris”, libros  impresos a finales del siglo XVI con una tipografía holandesa que pertenecía a la familia Elzervir, cuya particularidad es el formato pequeño, cómodo para los viajes.
 
El depósito de manuscritos es la sección más antigua, más amplia y una de las más cerradas de Casa de Pashkov. “Es difícil tener acceso a esta parte, tanto al depósito como en general. Hay cuatro trabajadores que se ocupan de la digitalización y actualmente están trabajando en el fondo de la Academia Espiritual de Moscú”, comenta Manzhos. “La superficie subterránea bajo la Casa de Pashkov es de 4.000 metros cuadrados. Además del propio depósito, en los sótanos hay tres habitaciones adyacentes ya que en el depósito las condiciones de la temperatura ambiental y de la humedad no son muy agradables”.
 
En la Biblioteca Lenin hay más de 40 millones de unidades en total, de las cuáles está digitalizada una pequeña parte. Existe un ambicioso proyecto para digitalizar todos los fondos para el año 2015. Todos los materiales que existen en versión electrónica son accesibles a través de Internet. Pero eso no significa que la biblioteca se vacíe y los libros vayan a acabar acumulando polvo en las estanterías. Los libros electrónicos todavía no pueden sustituir el romanticismo de los impresos.