Hace pocas semanas cinco hombres fuertemente armados y vestidos de uniforme recorrían el estrecho pasillo situado fuera de la unidad de Cardiología del hospital de Tsjinval, la capital de Osetia del Sur, reconocida como república independiente por Rusia desde de la Guerra de los Cinco Días con Georgia en 2008. Su objetivo era evitar que los periodistas y activistas visitaran a Alla Dzhioyeva, la mujer de 62 años que insiste en haber sido elegida presidenta en noviembre.



La Corte Suprema anuló los resultados y la población de Osetia del Sur volvió a las urnas el 25 de marzo. El exjefe del KGB local, Leonid Tibilov, ganó la primera vuelta, y se ha programado la segunda para el 8 de abril.



Dzhioyeva no puede participar en los nuevos comicios. Ha estado hospitalizada desde que la policía antidisturbios de Osetia del Sur allanara sus oficinas electorales el 9 de febrero, cuando manifestó haber sido atacada en la víspera de lo que se suponía sería su inauguración.

Historia del conflicto

Durante la época soviética, Osetia del Sur era una república parcialmente autónoma según las leyes de Georgia. Tras la caída de la URSS, la región solicitó ser una república autónoma. Cuando la petición fue denegada, crecieron las tensiones entre Osetia y Georgia. La guerra se desató entre ambas hacia finales de 1990. El Gobierno georgiano aceptó un alto el fuego en 1992, que condujo al establecimiento de una fuerza de paz rusa, georgiana y osetia. Estas tropas pudieron mantener la tranquilidad general en la república independiente de facto hasta el año 2004, cuando los esfuerzos del flamante presidente electo de Georgia, Mijaíl Saakashvili, por restablecer la integridad territorial de su país con mano dura condujeron a esporádicos episodios de violencia y decenas de muertes. En 2008 se desató una guerra a gran escala en la república y el Ejército ruso expulsó a las fuerzas georgianas de Osetia del Sur. La Unión Europea facilitó un alto el fuego y Rusia reconoció la independencia de Osetia del Sur. En la actualidad, ambos bandos se acusan mutuamente de incumplimientos del derecho internacional. Las relaciones entre Rusia y Georgia todavía no se han restablecido.



En una entrevista telefónica la política afirmó haberse convertido en una “rehén” de las maquinaciones políticas que rodean a la región. “Varios militantes destrozaron mi cuerpo. Me arrojaron al suelo y sentí cómo clavaban sus armas en mi cuerpo antes de perder el conocimiento. Se comportaron como si fuesen mis asesinos”, afirmó.



El pasado noviembre, la exministra de educación Dzhioyeva recibió un documento oficial emitido por la Comisión Electoral que constataba su victoria electoral, por un 16%. Durante unos pocos días, la república, o, cuando menos, los seguidores de Dzhioyeva, celebraron su triunfo.



Se había convertido en la primera presidenta en la historia del Cáucaso, una región tradicionalmente dominada por hombres. “Alla [reveló] una serie de casos de corrupción a alto nivel y nos explicó por qué no veíamos avances en Osetia del Sur”, sostuvo Zhanna Vaginidze, una activista de la oposición. “Si ella hubiera sido nuestra presidenta, millones de dólares enviados desde Rusia habrían llegado hasta la república y no se habrían distribuido entre unos pocos bolsillos moscovitas y nuestras autoridades actuales”.



El placer por el triunfo no duraría mucho: la Corte Suprema de la república anuló los resultados electorales “por presiones del aún influyente expresidente Eduard Kokoiti, apoyado por Moscú, y su clan”, según afirmó Igor Bunin, director del Centro de Tecnologías Políticas en Moscú.



Actualmente, a pesar de las manifestaciones y los reclamos al Kremlin, Dzhioyeva ha sido retirada del escenario político. A los recientes comicios se inscribieron cuatro nuevos candidatos presidenciales.



Hasta hace poco tiempo, el pequeño enclave montañoso de Osetia del Sur, con una población cercana a las 30.000 personas, parecía indiferente a la opinión internacional. Lo que verdaderamente preocupaba a su población extenuada por la pobreza, el malestar social y casi dos décadas como región disidente y aislada de Georgia, era que Rusia reconociese al país como un Estado independiente y prometiese respaldar su desarrollo.



Tras la guerra con Georgia en 2008, que apenas duró una semana, Rusia prometió millones de dólares a Osetia del Sur para su reconstrucción, así como garantías de seguridad contra cualquier intervención futura por parte de Georgia. En el centro de Tsjinval aún pueden verse pintadas en los muros de edificios en ruinas que rezan “¡Gracias, Rusia!”.



Se suponía que los comicios presidenciales serían un acontecimiento fundamental en la construcción del nuevo Estado, y miles de personas se acercaron a votar. “La población realmente esperó poder tener voz en la elección de su propio presidente, y se involucró de manera activa”, afirmó Varvara Pajomenko, analista del International Crisis Group.



Una ciudad que permanece inmóvil



La desilusión del pueblo se suma a la frustración por el ritmo de la reconstrucción. Han pasado tres años desde el fin de la guerra y se perciben pocas mejoras pueden en la aún dañada ciudad. Todavía hay numerosas cuadras destruidas, en una situación muy similar a como quedaron tras los ataques de Georgia. Son un recordatorio constante del fracaso de la reconstrucción.



En una ciudad en donde muchos habitantes carecen de acceso a calefacción central o agua caliente, los inviernos parecen no tener fin. No existen salas de cine ni un centro comercial. Todo esto conduce a la gente del lugar a preguntarse dónde han terminado los 840 millones de dólares de ayuda que Moscú ya transfirió.



“Fueron Moscú y Kokoiti quienes ordenaron la paliza y la detención de Dzhioyeva”, expresó Melchik Agoyeva, una maestra de guardería ya jubilada. Melchik nunca vio la indemnización de 100 dólares por casa bombardeada que le prometieron.

Fotografías de Anna Nemtsova

En la casa de Dzhioyeva, y antigua oficina de campaña electoral, los muebles aún permanecen dados la vuelta y las alfombras están cubiertas de vidrios rotos tras la redada policial. De las pared cuelgan los retratos de Vladímir Putin y Dimitri Medvédev. Sus seguidores entran a hurtadillas y debaten acerca de la situación política de la república, así como de la detención de Alla. Una asesora, Fatima Margiyeva, afirmó que algunos seguidores habían comenzado a huir de Osetia del Sur. “Todos nos sentimos como si fuésemos rehenes”, expresó.



Anna Nemtsova es corresponsal en Moscú de “Newsweek” y “The Daily Beast”.