Durante los últimos tres meses decenas de miles de personas han salido a la calle para protestar por la falta de elecciones libres y la ineficacia del gobierno. Sin embargo, las manifestaciones parecen haber alcanzado su techo, como reconoce el escritor Grigori Chkhartishvili (aka Borís Akunin): “La fase romántica y eufórica se ha terminado. La gente ha comprendido que no es posible enfrentarse a las fuerzas antidisturbios (OMON) con globitos y lazos blancos. Ahora vendrá un período de aletargamiento”, explicó Chkhartishvili tras las elecciones presidenciales.

Vídeo-reportaje sobre las protestas:

La cristalización de manifestaciones públicas de frustración en relaciones políticas de fuerza resulta complicado, como ya hemos visto con el “15M” español o el “Occupy Wall Street” norteamericano. De hecho, el relativo “triunfo” de este tipo de manifestaciones masivas suele estar relacionado con una de estas tres variables: que se vean canalizadas por instituciones políticas, que el régimen político esté realmente carcomido, o que haya intervención de terceros actores.

Lo primero llevaría a una apropiación interesada de la protesta, que incluiría algunas de sus protestas pero exprimiría su energía; lo segundo a la sustitución de un poder tirano por otro, como aconteció en Rusia en 1917; y lo tercero es lo que hizo la URSS en la mayoría de los países de Europa del Este tras la segunda guerra mundial.

No obstante, a corto plazo las manifestaciones pueden tener efectos netamente positivos. Como explica Maria Lipman, analista del Carnegie Centre de Moscú, “ellos pueden ser una minoría, y localizarse particularmente en Moscú, pero han puesto en cuestión la legitimidad de Putin y esto traerá cambios”. De la misma opinión es el Rector de la Nueva Escuela de Economía de Moscú, Serguéi Guríyev, quien en una recomendable entrevista de Pilar Bonet reconoce que “las protestas obligarán a Putin a luchar contra la corrupción”.

En Rusia, la expansión de internet ha sido decisiva no sólo para organizar las protestas sino también para escapar de la habilidad del gobierno de controlar contenidos e imponer agendas informativas. En este sentido, el núcleo de las protestas estaba formado por gente de entre 23 y 39 años, de ingresos medio-altos y con estudios universitarios (el 66%), según un estudio del Levada Center. También había un gran número de jubilados pero, curiosamente, las generaciones que menos participaron eran las de entre 40 y 60 años de edad.

La reacción del poder político a dichas manifestaciones se ha efectuado en varios niveles y de forma gradual (posiblemente porque no esperaban una participación tan masiva). Así, tras las elecciones hemos visto represión policial, pero antes hubo contra-manifestaciones a favor de Putin, iniciativas oficiales en internet para que la gente hiciera públicas sus quejas Rusia sin estúpidos, e incluso originales campañas flashmob.

También hubo alguna salida de tono, como la del fiscal general de Rusia Yuri Chaika, quien sugirió que las protestas estaban financiadas desde fuera pero no demostró por quién, o de qué forma. También durante las contra-manifestaciones pro-Putin se acusó a los “críticos” de “traidores e idiotas” y de querer “una revolución sangrienta”, e incluso el ahora presidente ruso Vladimir Putin los ridiculizó describiéndolos como “esos que se cuelgan un condón en la chaqueta”.

No obstante, en un país tan rico culturalmente como Rusia, y con gente tan radicalmente original, las protestas no se iban a limitar a las manifestaciones masivas de frustración. De hecho, en la historia moderna del país hay muestras de gran imaginación e ironía a la hora de lanzar críticas.

Probablemente, la protesta que más ha influido en la historia moderna de Rusia es la “Decembrista”, alzamiento liberal en 1825 que acabó en un intento (ridículamente fallido) de golpe de estado. En dicho levantamiento un grupo de tres mil oficiales liderados por el coronel Pavel Pestel tomaron la plaza del Senado y ahí se quedaron sin saber qué hacer. La represión fue sangrienta, y los que no fueron ejecutados acabaron en Siberia (Dostoyevski fue uno de ellos). Como dato curioso, los “Decembristas” habían tomado como ejemplo el levantamiento de Riego en España (véase el estudio de José Milhazes), y acabaron igual de mal que el valiente liberal asturiano.

Pero en el siglo XIX ruso también se dieron formas de resistencia más sutiles, como los escritos satíricos de Gógol, Saltikov-Schedrin, o Iván Krilov. De hecho, esa práctica fue bastante importante también durante la URSS, época extremamente rica en chistes (anekdoti), literatura y viñetas. Por ejemplo este: Brezhnev llama a un grupo de cosmonautas y les arenga: ‘Camaradas! Los americanos han aterrizado en la luna!! Así que en después de consultar al Soviet supremo hemos decidido que nuestra siguiente expedición será al sol’. Pero Leonid Ilich, nos quemaremos! ‘No os preocupéis camaradas, el Partido ha pensado en todo: partiréis de noche’.


Otro de los modelos de resistencia rusos es el de Oblomov, personaje novelesco decimonónico caracterizado por su extrema pereza, desidia e indolencia. En un artículo publicado recientemente en El País, el escritor Enrique Vila-Matas lo recuperaba  como ejemplo muy acertadamente: “la silenciosa rebelión de los oblomovs que surgen de entre las gavillas de jóvenes tumbados por el paro. La consigna es apartarse, hacer uso del ‘derecho de irse’ que reclamaba Baudelaire. Para ejercer ese derecho y afiliarse al oblomovismo la solución más práctica es quedarse quieto, descubrir que para huir de un lugar lo mejor es quedarse en él… Exacto. Ni un movimiento. No hacer nada. No colaborar. Que se estrellen ellos. Vivir mentalmente con naturaleza hamletiana, en la atmósfera de estos días de transición incierta y de indeterminación fluctuante. Y dejar que sea lo impetuoso, con sus finanzas de lenguaje criminal, lo más parecido a ese río vulgar de la vida que pasa a nuestro lado; una vida que por suerte a veces fluye ajena a nosotros, en el más puro espacio hueco e impreciso”.

Este tipo de resistencia “oblomoviana” resultó decisivo para el desmantelamiento de la URSS. Por un lado la gente dejó de colaborar activamente con el régimen, las ausencias en el puesto de trabajo se volvieron habituales, la economía sumergida se extendió, y la participación en los eventos oficiales fue reproducida como mero motivo de borrachera o como tiempo libre para escapar a la ‘dacha’. De esta forma, el régimen podía mantener cierta legitimidad formal pero en la práctica no era respetado ni tenía instrumentos para hacerse respetar (sobre todo durante la Perestroika).

Como formas de resistencia originales destacan el “stiob” (humor cínico), y movimientos artísticos como los “necro-realistas” o los “mitki”. Este tipo de prácticas fueron capaces de crear espacios culturales de libertad que no estaban necesariamente opuestos al estado sino al margen del estado. Los necro-realistas eran un movimiento artístico que realizaba acciones públicas “absurdas”, como correr desnudos por el metro, escribir obituarios o mostrar vídeos violentos grabados en el bosque. Mientras que los Mitki era un grupo presente sobre todo en Leningrado que vestía con estética marinera y se dedicaba a exagerar las celebraciones, emborracharse y cantar.

En ese tiempo la comunicación (obshchenie) entre las personas se intensificó, aunque fuera hablando de temas relativamente banales y sólo con la gente que consideraban “de los suyos” (svoi). Así, se creó un espacio paralelo al oficial, y aparecieron categorías como “neformali” y “vnye”, relacionadas con prácticas informales de evasión. En esas prácticas el rock ruso jugó un papel fundamental, sobre todo a través de artistas como Víktor Tsoi, Borís Grebenshikov o Serguíi Kuriojin. 

En la actualidad, los más cercanos a este tipo de protestas son movimientos como “Voina” y “Pussy Riot”, las “Monstrations” de Artem Loskutov, los vídeos animados de PG Dreli, los cuadros de Grigori Yushchenko y fotos de Sinie Nosy.


Esta fotografía de Sinie Nosy dio la vuelta al mundo, pero posiblemente las acciones con más repercusión han sido las del grupo de arte-punk “Voiná”, quienes han llegado a voltear y a quemar coches de policía, realizar actos sexuales en museos públicos, utilizar pollos como si fueran consoladores en un supermercado, llenarse el cuerpo de cucarachas o dibujar penes gigantescos en uno de los puentes centrales de San Petersburgo. Esto ha llevado a que al mismo tiempo que reciben premios en Rusia por su innovación artística sean perseguidos por la policía, encarcelados y en algunos casos obligados al exilio.

Muy cercanos a los “Voiná” (en la ideología y en la práctica, ya que algunos de sus miembros son pareja sentimental) está el grupo “Pussy Riot”, banda de punk feminista (inspirada en el movimiento norteamericano del los 90 “Riot Grrrl”) que protesta por la falta de igualdad de género en Rusia y por la represión de gays y lesbianas. Sus principales acciones están recogidas en estos dos vídeos:

En los últimos días han saltado a los medios generalistas por haber actuado en el altar de la Catedral del Cristo Salvador de Moscú.

Varias de las integrantes del grupo han sido detenidas y afrontan penas de hasta siete años de cárcel por “vandalismo” y por “incitar al odio religioso”. De momento dos de las detenidas (Nadezhda Tolokónnikova y María Aléjina) se han declarado en huelga de hambre. Otra de las acciones del grupo durante las elecciones fue portar carteles con el lema “Virgen María, echa a Putin” frente la Catedral de Kazán de San Petersburgo e intentar robar una urna electoral gritando que estaban ayudando a Putin.

Las “artistas” han provocado la reacción de varios sectores de la sociedad, desde la condena “moral” por parte del clero, a la simpatía de los más jóvenes, pasando por la crítica del bloguero y abogado Navalni, quien ha calificado el “asalto” de la catedral como “estúpido” y “gamberro”.

Lo cierto es que este tipo de acciones han evolucionado cada vez más hacia la confrontación, y tanto los “Voiná” como las “Pussy Riot” han acentuado su carácter político frente al lúdico.

Más en consonancia con la resistencia “oblomoviana” resulta la propuesta que la periodista Yulia Latínina realizó en su artículo en el “The Moscow Times” . Latínina concluye que lo mejor que pueden hacer aquellos votantes que piden unas elecciones más justas es contra-pagarle a los votantes que son pagados por el Kremlin, pero para que no voten. Así el resultado de las elecciones se ceñiría más a lo que quieren los rusos y todo el mundo estaría contento.