Uno de los chistes del monologuista cómico Jason Byrne en estos tiempos es que la “recesión” es tan grave que la gente se queja: “¡Ya no puedo irme de vacaciones más que dos veces!”

Este chiste no habría tenido demasiada gracia durante el periodo previo a las elecciones presidenciales de este 4 de marzo en Rusia. En 2009, el PIB del país cayó la friolera de un 7,9%, el mayor descenso en un país del G20, pero, dejando eso de lado, la economía ha crecido siempre, cada año, desde principios de siglo, de modo que muchos rusos pueden estar más que contentos con lo que les ha tocado en suerte.

Pero los rusos siguen siendo pobres. “El mundo en 2012” prevé para Rusia un PIB per cápita de 13.650 dólares este año, 4.000 dólares por debajo incluso de países como Grecia, que ha sufrido más de cinco años de recesión pero que tiene unas predicciones de ingresos de 17.710 dólares per capita en 2012.

La mayor parte de los analistas, tanto rusos como occidentales, atribuyen la popularidad real de la que goza entre la población rusa el primer ministro, Vladímir Putin, al aumento de la calidad de vida y al incremento de los ingresos que han experimentado desde el 2000, y al giro positivo de la economía rusa tras el caos de los años 90.

Pero el apoyo a Putin es bastante más frágil. La mayor parte de los economistas argumentan que el gobierno ha fracasado estrepitosamente en la labor de diversificación de la economía, y que su política económica consiste principalmente en la redistribución de los ingresos de las exportaciones, resultado del afortunado incremento de los precios de los productos básicos desde 2000. El país depende más que nunca de la exportación de energía, y quedan todavía enormes bolsas de pobreza extrema.

Sin embargo, el ruso medio tiene una opinión diferente, de acuerdo con la cita de Napoleón: “No quiero un buen general, quiero uno con suerte”. Consideran que Putin es un ganador, todo lo contrario que sus desventurados predecesores Borís Yeltsin y Mijaíl Gorvachov, que eran unos perdedores que luchaban contra los bajos precios del petróleo.

Esto se ve, por ejemplo, en el hecho de que, mientras las protestas en Grecia reflejaban principalmente los problemas económicos y en cierta medida también el tradicional extremismo político del país, en Rusia las protestas eran puramente políticas, y comenzaron tan solo después de las extendidas acusaciones de fraude en las elecciones parlamentarias del 4 de diciembre de 2011. A la gran mayoría de los rusos ni siquiera se les pasan por la cabeza los riesgos que comporta la falta de diversificación en la economía rusa, el meteórico aumento de la burocracia y la corrupción, una posible recesión europea y global, la fuerte dependencia en los bienes de consumo y el proceso de transformación energética global motivado por el shale oil (un tipo de petróleo no convencional) y el gas. Tampoco entienden que las promesas electorales de Putin de generosos presupuestos simplemente no tienen sentido y son insostenibles.

Además, muchos creen en la “estabilidad” del eslogan de la campaña electoral de Putin, sin darse cuenta de que este principio significa “estancamiento” en un mundo globalizado.

Pero el analfabetismo económico y el deseo de estabilidad tras los turbulentos años 90 no son las únicas razones que tienen muchos rusos para votar a Putin. Para entender realmente cuál es su gran electorado base, es preciso recordar que el actual nivel de renta per cápita es muy reciente. De hecho, hasta la década de los 90 no hubo nada parecido a una sociedad de consumo en ningún punto de la antigua Unión Soviética.

Hoy parece difícil de creer, pero, mientras que los privilegiados de la era soviética tenían apartamentos y casas de campo más amplios que el resto de la población, ni siquiera la cúpula del Partido Comunista tenía coches como los occidentales, ni televisores, radios, frigoríficos o lavadoras. Y tampoco esta clase de gente era propietaria de sus hogares: todo pertenecía al Estado.

Además, es verdad que las tiendas especiales para la elite ofrecían más de lo que podía adquirir la gente normal, pero su oferta no era comparable ni de lejos a la amplia gama de productos de cualquier supermercado occidental. Los artículos domésticos normales eran, simplemente, imposibles de conseguir, lo que obligó a generaciones enteras de turistas, diplomáticos y estudiantes occidentales a llevarse a Rusia sus propias reservas de enchufes, papel higiénico y pasta de dientes. 

Así pues, mientras que el norteamericano y el europeo medios tienen décadas de experiencia con todo tipo de comodidades modernas, los rusos actuales son la primera generación que puede disfrutar de la sociedad de consumo, principal razón de sus ostentosas muestras de consumismo.

No obstante, al mismo tiempo, se dan cuenta también de su “fragilidad” en el contexto de la turbulenta historia, presente y pasada, de su país. Mantener este nuevo estilo de vida en 2010 sale muy caro. Los rusos que pagan varios miles de dólares de hipoteca al mes probablemente son, en una economía con unas bases tan reducidas, todavía más vulnerables a la recesión que sus homólogos occidentales. Esto es incluso más tangible en regiones alejadas de Moscú y San Petersburgo, donde se concentra gran parte de la riqueza del país. Y esta es otra razón más para que el gobierno se obstine en mantener la estabilidad.

Como ha ocurrido en todas partes, una mayor calidad de vida lleva invariablemente a exigir una mayor participación política y, con toda probabilidad, este proceso es irreversible ahora en Rusia. Por otra parte, el gobierno va a tener grandes dificultades manejando una economía con grandes problemas estructurales en un entorno global cada más más difícil y competitivo.

Ian Pryde es el fundador y director ejecutivo de Eurasia Strategy & Communications en Moscú.