Un grunge muy chic

Ígor Isáyev no es un graduado más de la escuela de diseño Saint Martens que pasa el día en la MTV y aparece en el Sunday Up Market. Es un profesional con experiencia que ha colaborado con las mejores marcas mundiales y ha abierto una tienda en el centro Moscú, en el bulevar Nikitski, llamada Grunge John Orchestra.Explosion. Ha estudiado en Italia, Bulgaria y Rumanía las más avanzadas tecnologías de producción, empezando por la del tinte y terminando por la de creación de tejidos de membrana. Ígor ha decidido aplicar sus conocimientos en Rusia.

Infancia y juventud de Ígor Isáyev

En su entrevista a RBTH, Ígor ha hablado de la industria de la moda, de los gustos de los rusos, de la historia de su empresa y de su percepción creativa del mundo.

"Grunge" aparece en el nombre de la marca. Es una palabra que apela directamente a Kurt Cobain, Courtney Love, la revista estadounidense Sassy, la generación X… Si hablamos de moda remite a las colecciones de Anna Sui en 1995, Christian Francis Roth, Zuli Beth y, por supuesto, al fracaso comercial de la colección de Mark Jakobs en 1993 para la casa Perry Ellis. ¿Qué es grunge para ti? ¿Por qué te atrae esta visión del mundo?

Para mí el grunge es, más bien, una imagen. Es una plataforma ideológica basada en cosas conocidas que me resultan cercanas espiritualmente. En el grunge veo cosas con historia, conocidas, que están en el subconsciente como gastadas. Hay gente que tiene dificultad para vender eso, pero nosotros de momento no hemos tenido problemas con la demanda. Queremos crear cosas que no pertenezcan del todo a esta subcultura, sino que sean más amplias. Es decir, uno puede hacer un grunge total, con todo desaliñado y roto, pero nosotros hacemos ropa que se puede llevar mucho tiempo gracias a la calidad de los materiales, aunque todo tenga pinta de tener treinta años o más. Eso es lo que se pretende.

Aparte de la ropa de fabricación propia, ¿qué marcas has llevado antes? ¿Sigues las creaciones de otros diseñadores? ¿Qué marcas son las que más aprecias? 

Antes me gustaba la tendencia underground, que ahora se ha vuelto marginal, cosas como Carol Christian Poell, los japoneses tipo Attachment... Hace tiempo también me gustaba Stone Island. Pero ahora es imposible destacar algo concreto. Si me gusta una cosa, la compro.

Al parecer, estás intentando crear una comunidad alrededor de la marca. ¿Cómo definirías a un miembro protípico?

Antes siempre pensaba que la gente intelectual no dependía de las marcas. Aunque tengo que decir que en la nuestra se ven materiales y patrones de calidad. Y además, estilo.

La gente que la lleva tiene estilo propio y no depende de la opinión de los demás. Es decir, es autosuficiente, segura de sí misma, intelectual.

También hay que contar con los jóvenes, pero para los de dieciséis o dieciocho, nuestros  precios son demasiado altos, y además, les importa la moda dentro de la comunidad. Yo también he sido joven y lo recuerdo. Si quería, por ejemplo, unas Dr. Marten’s, sólo valía el modelo que tuviera varillas de hierro dentro y ningún otro, el resto se consideraba una bagatela. Lo mismo les pasa a ellos. De momento, tienen sus complejos internos. Es normal, tienen que coger experiencia. Hoy llevan lo que llevan. Mañana van a comparar la calidad y acabarán acudiendo a nosotros, pero con el paso del tiempo.

Has trabajado mucho en Italia, has creado chaquetas para muchas marcas. ¿Qué es lo que has aprendido?

Bueno, allí existe una industria que trabaja muy correctamente, a diferencia de la rusa. Aquí me he topado con grandes problemas y sigo en las mismas. Cada vez son más numerosos, porque cada vez hay menos plantas industriales, sobre todo de calidad. Las costureras envejecen y las marcas nuevas que están haciendo algo se dedican sobre todo a promocionarse y suelen tener un nivel muy bajo.

¿Qué es lo que te hizo volver a Rusia y empezar desde cero?

Tengo que decir que no pensé que todo fuera tan complicado. En Rusia, la industria como tal no existe.

Si te digo la verdad, pensaba que iba a tenerlo todo a mano. Me imaginaba que iba a fabricar pequeñas series para una o dos tiendas, pero nos hemos encontrado con la dificultad de que aquí es imposible empezar a producir grandes cantidades rápidamente. Aunque los almacenes TSUM  contactaron con nosotros en cuanto abrimos para pedirnos ropa, no podíamos darles nada porque todo lo que teníamos eran encargos. Y es que aquí no hay una industria como la italiana; en Italia yo podía comprar lo que quisiera y todo lo que no podía conseguir en un sitio, me lo traían. Sin ningún problema. En cambio aquí hay que encargarlo todo. Es imposible hacer cosas de calidad si uno no trabaja con proveedores europeos. Por ejemplo, hilos de buenas marcas, accesorios correctos, todo eso sólo se puede conseguir por encargo.

Llevas más de quince años en la industria. ¿Qué te parece, en qué han cambiado los gustos de los moscovitas y qué es lo que ha permanecido?

En realidad, el mercado de Moscú empezó a cambiar hace diez años. Hasta entonces había tiendas, mucho street-retail. Luego empezaron a surgir tiendas para jóvenes en Smolénskaya, y más tarde, con el primer centro comercial Manezh, establecimientos tipo Bulldog. Intenté hacer ropa de gente joven para esta última, pero los centros comerciales lo cambiaron mucho. Ahora la situación vuelve a transformarse. En Moscú, en los últimos dos años, ha vuelto a crecer muchísimo el street-retail debido a que ahora es muy difícil adquirir superficies comerciales en la planta baja. En primer lugar, la ciudad no está hecha para ello, no hay calles aptas para el street-retail. Hay que rehacerlo todo. No es fácil.

Modelos mostrando su línea de ropa Grunge

Antes la gente se vestía de negro. Luego, todo tenía que ser muy sobrio y serio. A la gente le gustaba aparentar que tenía dinero, lo que significaba llevar un abrigo de cachemir, y si se trataba de un plumífero, tenía que estar adornado con pieles caras, y cuanto más cuero, mejor, con todo tipo de accesorios, etc. Era algo generalizado. Más tarde se empezaron a vender las marcas japonesas y los tejidos vintage, que pueden ser más caros que el cachemir. Poco a poco empezó a haber gente que viajaba fuera. Me acuerdo de que cuando me metía en un avión, casi todo el mundo llevaba gorros de visón, de los que ya no se ven en Moscú. Todo esto ocurría hace muy poco tiempo. Al menos, yo tengo esta impresión. Así que ahora Moscú es, en apariencia, una ciudad muy europea, incluso interiormente, en su contenido. La gente de treinta  años o menos son europeos, es difícil distinguirlos, mientras que antes se veía a la legua que uno venía de Rusia. Hoy en día, puede ser que se note por el físico y por la tensión que refleja su cara. No cabe duda de que Moscú está cambiando para mejor.

Una pregunta estándar para un diseñador. ¿Qué es lo que te inspira?

En principio, cualquier cosa puede hacerlo, incluso hablar con una persona agradable. Pero para mí, la principal fuente de inspiración sigue siendo la música, todo lo relacionado con la cultura musical y lo que la rodea.

Vale, entonces, ¿qué tendencias o grupos?

¡Oh, es un listado muy amplio! Tengo más de 6.000 discos originales. Bueno, pues, desde el new jazz hasta el rock psicodélico, el new rock y la música electrónica.

Te has criado en la ciudad de Ivánovo, conocida por su tradición en la confección. ¿Ha influido este hecho en tu decisión de dedicarte a la ropa?

No influyó para nada. Empezó en el instituto, cuando participaba en un conocido grupo infantil con el que íbamos a dar conciertos a Moscú. En las fiestas salíamos por televisión, y veía a mucha gente. Me aficioné a la música desde la guardería, y cuando tenía quince años,  empezaron a aparecer las revistas occidentales. Allí había fotos de nuestros grupos preferidos y nos fijábamos en los posters. Luego, mi hermano y yo formamos un grupo, después otro, y teníamos que ponernos algo para salir al escenario. Así empezó todo, poco a poco: había que hacer unos vaqueros o unas sudaderas con inscripciones, así que teñíamos la ropa, la arreglábamos, aplicábamos los dibujos con serigrafía y hacíamos aplicaciones de cuero para dar otro aire a las cosas heredadas de nuestros abuelos.

Quise entrar en la facultad de diseño textil, pero no pude. Me echaron de los exámenes por llevar ropa demasiado llamativa. Y yo que pensé que había que sorprenderles con la moda… Llego y veo a chicas con chaquetitas blancas guateadas, faldas negras y pantys color carne. En la época soviética nadie quería cambiar nada.

Has irrumpido inesperadamente en el escenario moscovita y estás creciendo rápidamente. Sobre ti escriben las revistas Afisha y Furfur. ¿Durante cuánto tiempo maduraste la idea y te estuviste preparando para emprender la batalla?

Durante toda mi vida he querido crear una marca propia. Pero antes de hacer algo propio, tenía que ganar experiencia. Si no hubiera trabajado para marcas internacionales, difícilmente habría conseguido algo. Invertí mucho tiempo en mi formación. Siempre quise saber más de lo estrictamente necesario sobre la producción. La idea ha ido evolucionando desde hace bastante tiempo, y hace unos quince años empecé a vender mis modelos en los almacenes TSUM. Eran cosas para jóvenes. Así es como llegué a Europa. Los representantes de las cadenas internacionales se interesaron por mis diseños. Me propusieron colaborar, y durante diez años estuve visitando las plantas industriales mensualmente, creando nuevos accesorios y bocetos que tuvieron éxito en las pasarelas.

En tu tienda central uno puede elegir los materiales para cada uno de los quince modelos de chaquetas, individualizándolos. Lo mismo ocurre con los vaqueros. Personalización en todo. Es un procedimiento típico del sector del lujo (haute coûture) o bien de los pequeños talleres privados. ¿No te da miedo intentar abarcar lo inabarcable? ¿Hasta qué punto resulta actual para Moscú?

Ahora me da miedo. No esperábamos que esta propuesta fuera a tener tanta aceptación. No podemos con ello físicamente. Los clientes quieren tenerlo todo inmediatamente, pero para ello se necesita un gran equipo. Y nosotros sólo somos doce personas, y eso, incluyendo el laboratorio. Podemos cortar los vaqueros y alargar las mangas de una chaqueta, pero de momento hemos decidido desistir de hacer grandes cambios.

Yo hago todos los bocetos, elijo los accesorios, también llevo a cabo las pruebas, y esto ocupa todo mi tiempo. Los sastres también están completamente ocupados con la producción. En Moscú no hay sastres con formación tecnológica. Viene a trabajar gente que asegura que sabe hacer lo que le pedimos, pero en el proceso productivo se ve que cometen un montón de errores. 

Has participado en la principal feria de moda en Europa del Este, Collection Premiere Moscow (CPM 2011). ¿Te ha aportado algo? ¿Has conseguido los contactos necesarios para expandir la marca por las regiones? ¿Participaréis en CPM en febrero de este año?

Se consiguieron muchos contactos, mucha gente quiere vender nuestra ropa en las regiones, pero nosotros nos mostramos reservados ante este tipo de cooperación. Lamentablemente, las tiendas propuestas no siguen la línea de nuestras colecciones. Por ejemplo, en la nueva colección vamos a hacer ropa con tejidos de primera calidad con apariencia second hand. ¿Crees que esto les va a interesar a los consumidores de las regiones? Incluso en Moscú sólo nos interesan dos o tres tiendas. Tenemos un corner en TSUM, y es posible que se abra otro en el centro comercial Tsvetnói.

Hasta donde yo sé, te propones el objetivo de “abrir una tienda pequeña en cada ciudad digna del mundo”. ¿Podrías nombrar, por ejemplo, siete lugares así y describir en dos palabras por qué los has elegido?

Nuestra ropa es muy del estilo de Europa Occidental, así que serían Londres, París, Bruselas, Florencia… Pero claro, nuestro sueño es vender ropa en Japón. Sin embargo, a pesar de que los alquileres sean tan altos en Moscú, teníamos muchas ganas de empezar en Rusia. Somos rusos y lo pasamos mal sin nuestro país.

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