La utopía romántica de Deineka

15 de enero de 2012 Ferran Mateo, Rusia Hoy
A mediados de la década de 1930, Deineka, en el transcurso de una reunión organizada por la galería Tetriakov, expresó su malestar por el ambiente que se respiraba: «En el extranjero, por ejemplo en la ciudad de Nueva York, una vez cuelgan las obras de arte en un museo, ya no es con la idea de que mañana las quiten porque el artista hoy es un genio y mañana, un pintamonas». Poco antes de pronunciar estas palabras había viajado a los Estados Unidos y Europa como representante oficial de la exposición itinerante “The Art of Soviet Russia”. Sin ser consciente de ello, aquel viaje supuso una última bocanada de aire fresco antes de ser apartado durante muchos años de la primera línea. Rehabilitado en la era Jruschov, Deineka es un ejemplo de que la historia del arte soviético puede ser entendida como un caprichoso trasiego de colgar y descolgar cuadros.
“En la pausa del almuerzo en la cuenca del Don”, (1935).  Museo Estatal de arte ruso y letón de Riga
“En la pausa del almuerzo en la cuenca del Don”, (1935). Museo Estatal de arte ruso y letón de Riga

En el pasaporte expedido a Deineka en 1934 para su viaje transoceánico se leía la siguiente descripción: «Estatura mediana, ojos grises, nariz común, cabello castaño». Por lo que respecta a la apabullante retrospectiva de la Fundación March, es un Deineka catorce años mayor, con el torso descubierto, quien se encarga de darnos la bienvenida: en “Autorretrato” (1948) el pintor aparece representado con las sienes plateadas, la mirada serena a la par que desafiante, los brazos en jarra, calzón y botas de boxeador. El mismo año que pintó este cuadro, y a raíz del estreno de una ópera de Vano Muradeli en el Bolshói, el Comité Central del Partido publica una resolución contra el formalismo en la música, aunque no se restringe a ese ámbito, sino que de alguna manera encubre otra de tantas “higienizaciones” del medio cultural; si bien en la resolución no se cita el nombre de Deineka, todos sus compañeros piensan que lo están apuntando con el dedo. No en vano, acaba dimitiendo de su puesto como catedrático del Departamento de pintura monumental del Instituto Súrikov. Estos datos nos llevan a preguntarnos: ¿Qué Deineka se refleja en “Autorretrato”? ¿Un hombre que todavía quiere presentar batalla, que no se rinde? ¿O bien alguien que se pregunta a sí mismo qué queda de aquel joven de Kursk que un día hizo las maletas y se fue a estudiar al Moscú de las vanguardias?

“Deportista” (1923) de Malévich y “Autorretrato” (1948) de Deineka, ambos incluidos en la exposición


Uno de los aciertos de la retrospectiva comisariada por Manuel Fontán es presentar las obras del muralista de Kursk acompañadas por otras de artistas contemporáneos suyos (Ródchenko, Altam o Popova, entre muchos más), lo cual permite establecer interesantes diálogos. Por ejemplo, “Deportista” de Malévich nos muestra una utopía del cuerpo en un momento del arte soviético diferente al del momento en el que se enmarca el Autorretrato” de Deineka. Aunque a primera vista parezcan planteamientos muy alejados, el autor de los mosaicos de las estaciones de metro Mayakóvskaya y Novokuznévskaya no fue ajeno a esos años de ebullición creativa. «Estoy llenando las oquedades de Kursk del cubismo más puro», escribió en 1918. En la conferencia inaugural, Christina Kiaer, profesora de la Northwestern University, hizo hincapié en no se debían ver como ajenas estas dos obras. Kiaer se interrogó por el carácter vanguardista de Deineka, cuya obra pasó prácticamente inadvertida en Occidente a pesar de contar con defensores desde un buen principio, y citó a Matisse. El término «vanguardista», explicó, tiene unas connotaciones muy concretas en el espectador occidental que no se ajustan al desarrollo que tuvo en el arte soviético. «Si alguien considera que la vanguardia rusa murió a manos del realismo socialista es que no ha entendido nada», afirmó  Fontán. Y es que el rechazo de la «vanguardia occidental» por parte de los artistas soviéticos no fue tanto una decisión impuesta como una oposición al modo «individualista y burgués» de un arte que, lejos de proyectar una idea conjunta de sociedad, se centraba en la sensibilidad individual. Por lo que respecta a Deineka, tampoco le ayudó contar con el beneplácito del gobierno de Stalin durante toda su primera etapa ni tampoco la etiqueta «kitsch» que pronto colgaron al realismo socialista. Esta es la razón, podría decirse reivindicativa, por la que se ha titulado la exposición «Aleksandr Deineka, una vanguardia para el proletariado».


    La primera etapa más vanguardista, a nuestros ojos, de la producción de Deineka está abundantemente representada en la Fundación March y contextualizada. En ella, se revela un artista embriagado por la construcción de una nueva sociedad cuya traslación al plano artístico se encuentra en pleno debate. Si seguimos después el itinerario hasta el final con  “La inauguración de una central eléctrica del koljós” (1952), lo que comprobamos es que en todo momento las obras son una transferencia del sueño socialista al lienzo, pero con un peso de la realidad cada vez mayor. Ha pasado suficiente tiempo para comparar la promesa y el presente.

El propio sistema se encargó de concebir y amamantar soñadores que dieran forma a esas visiones. La metástasis del sueño socialista fue degenerando hasta el punto de volverse irreconocibles realidad y representación. Y por el camino, además, el Saturno de botas de caña devoró a sus hijos. Ni el autor de «La defensa de Petrogrado» estuvo a salvo de recibir la acusación de que su obra contenía «restos del capitalismo hostil a la causa socialista». Como Shostakóvich, seguirá con su creación artística pero siempre en el punto de mira, hasta su restitución, hecha oficial en 1957 con una exposición individual.

“Corredores” (1932-33). Museo Estatal Ruso, San Petersburgo.

Deineka escribió:
«El hombre vive de representaciones figurativas, de fantasías reales. Sin ellas resulta muy difícil imaginar el mañana, sin ellas el tiempo se vuelve impersonal. Al arte se le ha otorgado una maravillosa cualidad: la capacidad de resucitar el pasado y recrear el futuro».
Y en ese mundo recreado viven los deportistas de Deineka, los estajanovistas vestidos de blanco inmaculado, las mujeres con la mirada puesta en el horizonte mientras dan paladas de carbón, los niños que, frente al mar, siguen la trayectoria de los aviones, los soldados que se arrojan con bravura contra el enemigo. En resumen, atletas del sueño socialista, piezas de una maquinaria que también produciría monstruos. Esa Arcadia, representada en gigantescos murales o en las estaciones de metro, tiene en Deineka algo que nos seduce: una inocencia perdida que lucha por mantenerse optimista en unos encuadres y movimiento escénico influenciados por el cine y la fotografía. En su contemporáneo Hooper, con el que muchas veces se relaciona su obra, esa inocencia, saqueada por otro tipo de sociedad, parece irremediablemente irrecuperable.


Fundación March


“Aleksandr Deineka (1899-1969). Una vanguardia para el proletariado”, Castelló 77. Madrid

A la exposición le acompaña un completísimo catálogo de 500 páginas que incluye textos de Manuel Fontán del Junco, Christina Kiaer, Ekaterina Degot, Borís Groys y Fredric Jameson.

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