La compra se realizó a través de la sociedad MSI (Monaco Sport Investment), propiedad del mismo Ribolóvlev, que pasa a controlar el 66,7% de las acciones del club. El resto del capital queda en propiedad de la Asociación Deportiva Mónaco, que representa los intereses del Principado. “Soy un apasionado del fútbol. Tras haber vivido el tiempo suficiente en Mónaco, me doy cuenta de que el club no solo es uno de los equipos deportivos más destacados del Principado, sino que representa algunos de sus signos de identidad, como la tradición y el orgullo. Creo que tiene un enorme potencial. Espero que ahora pueda hacerlo realidad, tanto en casa como en Europa”, declaró el propio Ribolóvlev en un comunicado oficial tras el acuerdo. El magnate ruso no solo pondrá el dinero, sino que también se implicará en algunas decisiones puntuales del club desde su nuevo cargo de presidente del consejo de administración, del que pasarán a formar parte igualmente otros representantes de MSI cercanos a Ribolóvlev.



La operación ha sido recibida con buenos ojos desde el Principado y hasta el propio Alberto de Mónaco ha mostrado su aprobación públicamente: “El acuerdo abre una nueva página en la historia de este club tan querido. Espero que el equipo pueda redescubrir su antiguo prestigio, que lo convirtió en una de las joyas deportivas del Principado”. El club, fundado en 1919, se encuentra en horas bajas tras descender la pasada temporada a la segunda división de la liga francesa. Atrás quedan los tiempos en que el AS Mónaco se codeaba con los grandes de Europa. Liderado por el español Morientes y entrenado por Didier Deschamps, el equipo jugó en 2004 la final de la Champions League. Después comenzó una silenciosa decadencia que espera revertir ahora con el desembarco del nuevo dueño.

Dimitri Ribolóvlev nació en 1966 en Perm, junto a los Montes Urales y, como sucede con casi todos los oligarcas rusos actuales, hay que buscar el origen de su fortuna en las privatizaciones posteriores a la caída de la URSS en los años 90. Ribolóvlev adquirió por un precio irrisorio la mayoría accionarial de la empresa Uralkali, productora de fertilizantes de potasio, cuando esta salió al mercado libre. Pocos años después, la compañía se convirtió en un gigante internacional, con el 30% de las ventas mundiales de este tipo de fertilizantes. Sin embargo, un costosísimo divorcio obligó a Ribolóvlev a vender sus acciones en 2010 a cambio de unos 5.000 millones de euros, por cierto, dejando como nuevo accionista mayoritario a Suleimán Kerímov (dueño del Anzhi de Etoo y Roberto Carlos). El culmen del divorcio llevó a Ribolóvlev retroceder 14 puestos en el ránking Forbes de mayores riquezas del mundo (del 79 al 93), lista en cuyos primeros puestos aparecen hasta 15 rusos, lo que convierte a Rusia en el segundo país tras EEUU. Pese al divorcio y la venta de Uralkali, la economía de Ribolóvlev goza de buena salud gracias a inversiones en otros sectores, como el oro. A comienzos de diciembre regaló a su hija Ekaterina el apartamento más caro de Nueva York, con un precio de 88 millones de dólares.

La compra del AS Mónaco, además de un capricho o un reto, es un movimiento de relaciones públicas que sitúa al magnate en el mapa de la vida social monegasca, reducto de lujo y exclusividad. Como nunca llueve a gusto de todos, algunas voces lamentan estos días desde Rusia que Ribolovlev no haya preferido invertir su patrimonio en un club nacional (por ejemplo el Amkar Perm, equipo de su ciudad natal), como hiciese este año Suleimán Kerímov con el Anzhi.

 

Abramovich, Prójorov y Vekselberg, los antecesores



De todas formas, Ribolóvlev no es el primer oligarca ruso que compra un equipo deportivo extranjero en horas bajas para situarlo en la élite. Abramovich abrió camino cuando adquirió el Chelsea inglés en 2003. Canceló la deuda del club y se calcula que ha invertido en el equipo cerca de 166 millones de su capital personal. En 2004, el magnate se enfrentó a una investigación de la UEFA por un posible conflicto de intereses, puesto que una empresa de la que era accionista mayoritario (Sibneft) era a su vez principal patrocinador del CSKA y las normas prohíben que una misma persona pueda ser propietaria de dos equipos que participen en la misma competición. Las suspicacias surgieron a partir del enfrentamiento entre ambos clubes en la fase de grupos de la Champions de aquel año. Sin embargo, la investigación concluyó que no se podía considerar a Abramovich dueño del CSKA y que, por tanto, no existía conflicto de intereses. Un año después, Abramovich vendió a Gazprom su participación en Sibneft por cerca de 12.000 millones.



Otro ejemplo sonado es el de Mijail Prójorov, tercer hombre más rico de Rusia y ahora candidato en las elecciones presidenciales de marzo, que en mayo de 2010 se convirtió en el primer no americano dueño de una franquicia de la NBA: los New Jersey Nets, históricamente uno de los peores equipos de la liga, pero con una ubicación estratégica colindante con Nueva York. El precio: 200 millones de dólares por el 80% de las acciones. El proyecto de Prójorov pasa por trasladar, a partir de la temporada 2012-13, la sede de la franquicia a Brooklyn, al Barclays Center, pabellón del que es propietario en un 45%. Además, cambiaría el nombre del equipo por el de Brooklyn Nets. Solo ha habido un capricho que se le ha resistido por ahora a Prójorov, el de fichar a su compatriota Andréi Kirilenko, quien, contra todo pronóstico, parece que continuará en el CSKA de Moscú.



Aunque quizá el caso más extravagante fuera el de Víktor Vekselberg, quien en 2006, en plenas vacas flacas de la economía argentina, llegó a un acuerdo con la AFA (Asociación de Fútbol de Argentina) para nada menos que “alquilar" la selección nacional de fútbol para jugar 24 partidos amistosos por todo el mundo. Vekselberg pagó 18 millones de dólares a la AFA a cambio de la parte proporcional de los ingresos de taquilla y los derechos de TV. Pero el contrato escondía además otras cláusulas cuanto menos peculiares, como el derecho a dormir en habitaciones contiguas a las de los jugadores, sentarse en el banquillo durante los partidos, asistir a la charla en el vestuario y hasta designar a siete jugadores de cada convocatoria… El seleccionador José Pekerman acabó dimitiendo. El contrato, de tres años de duración, expiró en 2010 y resultó ruinoso para la federación argentina.