Una solitaria vaca negra y blanca pasta al borde de la carretera en el suroeste de Rusia, a 100 kilómetros de la ciudad de Kursk. Los consultores agrícolas Klaus John y Serguéi Jarovoi se dirigen a una de las explotaciones de su empresa, Prodimex. Prados, plantaciones de girasoles y extensiones de grano maduro bordean la accidentada carretera. John señala el animal y dice: “Así es la industria lechera rusa”. Tras varios kilómetros divisamos otra vaca.  

  Numerosos rusos son autosuficientes, pero no sólo en lo que respecta a la leche, sino que muchos también cultivan hortalizas y patatas en sus dachas. Más de la mitad de la carne de vaca proviene de animales sacrificados por sus propietarios, y más del 90% de las patatas se cultivan en huertas privadas.  

Créditos en lugar de subvenciones  

Cada día, los niños reúnen el ganado para llevarlo a pastar. “Como si Pedro apacentara las cabras en los verdes pastos alpinos. Es una imagen idílica, pero eso no alimenta a un país de 147 millones de habitantes”, afirma John. Cada año, Rusia importa un millón de toneladas de carne de cerdo de los países de la UE.  

Por eso el presidente Dmitri Medvédev habló de autarquía al referirse a la política alimentaria. Declaró que para el año 2020, el 85% de la carne y el 90% de la leche deberían ser de producción nacional, lo que equivale a un incremento del 20%.

El Estado ayudará con créditos baratos, sobre todo para la cría de ganado. Hasta ahora, Moscú aportaba al sector agrícola alrededor de 7.000 millones de euros anuales, una cantidad considerablemente inferior a la de la Unión Europea; Bruselas se gasta 100.000 millones. Sin embargo, John asegura que en la actualidad, es posible producir en Rusia a precios del mercado internacional. Según este experto, la agricultura rusa es plenamente competitiva incluso sin subvenciones.  

A pesar de ello, el país se encuentra entre los mayores importadores de productos agrícolas del mundo. Con una cantidad de ganado vacuno de once millones de cabezas, se encuentra todavía muy lejos de los 42 millones que había en el momento del colapso de la Unión Soviética.  

En opinión de los expertos agrícolas, el país aún deberá importar leche, soja y carne de vaca durante mucho tiempo. Sin embargo, en cuestión de diez años Rusia podría ser autosuficiente en lo que respecta a la carne de cerdo. El año pasado, esta producción creció un 8,6%. Y también las aves de corral experimentaron un crecimiento de 375.000 toneladas, lo que equivale a un 10%.  

Actualmente hay un excedente de cereales y colza que se destina a la exportación. En 2009 se cosecharon 108 millones de toneladas de grano. Al año siguiente, la cosecha cayó hasta los 60 millones a causa de la sequía y los incendios forestales, pero este año se espera una buena producción. Si se cumplen las predicciones se alcanzará el nivel de 1990, cuando se registró una producción de 117 millones de toneladas. A modo de comparación, podemos decir que en Alemania se recogen cada año alrededor de 45 millones de toneladas de grano.  

Una revalorización del 400%  


Quienes actualmente invierten en el sector agrícola ruso esperan obtener un elevado rendimiento. En julio, un fondo checo-holandés adquirió la empresa RAV Agro-Pro, que posee 160.000 hectáreas de terreno en la fértil región de las Tierras Negras. En los próximos años, el fondo espera obtener una plusvalía del 400%.  

En las revistas rusas especializadas en agricultura se habla de inversiones en nuevas y existentes explotaciones. También las empresas relacionadas con la agricultura tratan de posicionarse mejor. En 2008, cinco productores de semillas alemanes se unieron en una alianza estratégica llamada German Seed Alliance y centrada principalmente en Rusia.  

De todas formas, la agricultura está aún totalmente desaprovechada: “La mayor parte de las explotaciones están gestionadas de forma ineficiente”, sentencia Serguéi Jarovoi. “En la región de las Tierras Negras, podríamos producir hasta un 40% más”. Cada vez que John y Jarovoi visitan las explotaciones les suele aguardar una sorpresa, allí donde los operarios de las fumigadoras se han saltado una hilera, brota de todo menos remolacha azucarera. A mediodía, las cosechadoras paran varias horas. Comprar una máquina de estas resulta mucho más caro que en Centro Europa, pero además, sólo rinde la mitad. Las pérdidas generadas por semejante ineficiencia están previstas y, aun así, el negocio es rentable.  

Campos tan extensos como distritos  

Otro de los motivos de la ineficiencia está relacionado con la estructura del sector agrícola. Los pequeños agricultores son demasiado pequeños y las grandes explotaciones existentes son demasiado grandes. Para un holding con una extensión de terreno equivalente a la de un distrito alemán, resulta difícil gestionar las distintas explotaciones o hacer frente a grandes fluctuaciones en la producción. Además, los consorcios empresariales que cotizan en bolsa reparten sus beneficios entre los accionistas, por lo que no existen reservas para épocas difíciles, algo que se hizo especialmente patente durante la crisis financiera de 2008 y sus terribles consecuencias. Algunos de estos conglomerados no pudieron pagar los salarios durante meses. Por eso los expertos agrícolas abogan por una estabilidad que venga de abajo: los pequeños campesinos deberían unirse en empresas familiares de tamaño pequeño o mediano y comercializar sus productos.  

Subir los salarios para combatir el éxodo rural  


Sin embargo, muchos padres no ven el futuro de sus hijos en el campo. Así es el caso de Olga Jujukina; su hijo se ha criado entre vacas, tractores y heno. Ahora parte a la ciudad para estudiar. “Será directivo”, afirma la madre.  

Los ingenieros agrónomos de las grandes empresas se quejan del envejecimiento de la población en las áreas rurales. “Lo que falta es mano de obra con formación que sepa manejar la maquinaria y la tecnología más moderna”, opina Alexánder Musnik de la explotación agrícola Soldatskaya, en las proximidades de la ciudad de Kursk. Tras los estudios, pocos quieren volver al campo.  

“Ni siquiera hay cines, y son pocos los restaurantes. Además, todos nuestros amigos viven en la ciudad”, explica el licenciado Serguéi Jarovoi. Ahora trabaja en la metrópoli de Vorónezh; solamente va al pueblo a pasar el fin de semana. Los licenciados de las facultades de ingeniería agrónoma no cambian la ciudad por la periferia ni siquiera a cambio de un sueldo más alto. A los que viven en pueblos a menudo se les llama peyorativamente dereventchina (garrulos) o koljosnik.  

Por eso hace falta mano de obra tanto del país como extranjera: “Para los rusos que tienen una buena formación, no merece la pena desde el punto de vista económico, irse al extranjero”, razona John. En cambio, para los extranjeros resulta interesante trabajar en Rusia, y no sólo por el dinero: “He venido sencillamente porque la vida es más interesante”, afirma Torbjörn Karlsson.  

Y este sueco no está solo. Por la tarde, después de trabajar, los expertos agrícolas de Alemania, Sudáfrica y Suiza se reúnen a tomar una cerveza en algún bar de Vorónezh, donde se encuentra la sede de su empresa. El tema de conversación gira alrededor de los precios del grano, el porcentaje de humedad del suelo y las rocambolescas experiencias con la policía de tráfico rusa. Cada uno de ellos trabaja para un consorcio distinto, pero intercambian experiencias, pues la competencia no es demasiado fuerte. Al parecer, hay tierras y beneficios suficientes para todos.      

Entre guerras y koljoses: la agricultura rusa desde 1900  


En torno a 1900, Rusia era uno de los mayores exportadores de grano del mundo. Casi una tercera parte de las exportaciones mundiales provenían del imperio de los zares. La Primera Guerra Mundial, la Revolución y los años de Guerra Civil provocaron la despoblación de las áreas rurales y un fuerte descenso de la producción agrícola. Hubo que esperar hasta la segunda mitad de la década de 1920 para que la producción volviera a aumentar. En 1929, Stalin decidió colectivizar todo el sector agrícola. Sin embargo, muchos agricultores prefirieron sacrificar sus caballos, vacas y cerdos antes que entregárselos a los koljoses que se habían formado por todas partes. Como consecuencia hubo un nuevo hundimiento de la producción agrícola, en particular en el sector del ganado vacuno. En 1940, gracias al incremento del uso de maquinaria, la producción de grano volvió a alcanzar el volumen de la época de preguerra. Pero la Segunda Guerra Mundial hizo que la producción de carne y grano se redujera a la mitad.  

A comienzos de los años ochenta, la Unión Soviética era el mayor productor de trigo, centeno, cebada y algodón, aunque los koljoses y los sovjoses administrados por el Estado operaban de forma sumamente ineficiente.  

Tras el colapso de la Unión Soviética, se hundieron definitivamente y en 1998 Rusia producía tan sólo la mitad de grano que en 1990. Hasta hace poco no ha sido posible detener el derrumbe. En 2008, con 108 millones de toneladas, la cosecha superó por vez primera la de 1990.  

En el sector vacuno la situación fue aún más grave ya que en numerosos lugares se sacrificaron ganados enteros para obtener rápidos beneficios. Hasta día de hoy, el sector no se ha recuperado: las cabezas de ganado vacuno rondan los 11 millones, es decir, 31 millones menos que en los años 80.  

En la actualidad, el 10% de la población trabaja en el sector agrícola, y su volumen de facturación en 2009 ascendió a 1,53 trillones de rublos (unos 38.000 millones de  euros).